Capítulo II: La Convivencia. Móstoles Insólito: Relato 58. El Humano

La idea apareció sin peso, sin nostalgia. Simplemente estuvo ahí.

Pasé junto a uno de ellos. Dormía de lado. Su respiración hacía vibrar ligeramente el suelo. Me quedé quieto un momento, escuchando. No sentí necesidad de despertarlo. Al contrario. Me pareció importante no hacerlo.

Volví sobre mis pasos cuando la luz empezó a cambiar de nuevo. No supe decir si era más intensa o menos, solo distinta. Regresé a mi habitación. Me tumbé en la cama.

Antes de cerrar los ojos pensé que, si alguien me hubiese preguntado en ese momento si quería volver a donde estaba antes, no habría sabido qué responder.

Y eso, curiosamente, no me inquietó.

Estaba despierto cuando la casa empezó a cambiar. No fue algo brusco. Más bien una sucesión de pequeños detalles que se encadenaban unos a otros. El aire se movió de otra forma. La luz, que hasta entonces había sido uniforme, se volvió más clara en algunas zonas y más tenue en otras. El suelo vibró levemente, como si algo muy pesado se hubiese desplazado en algún lugar lejano.

Estaba tumbado sobre una superficie enorme y mullida. No sabía cómo llamarla.

Me recordaba discretamente a un salón familiar humano, aunque esa idea era solo una intuición, una sensación difícil de explicar. Todo allí parecía pensado para cuerpos mucho más grandes que el mío.

No estuve solo mucho tiempo después de oír el suelo vibrar. El primero de ellos apareció por una de las aberturas del salón. Era más pequeño que los otros y sus formas, más redondeadas, desprendían además una luz diferente. Como más clara.

Avanzó despacio, sin prisa, como si el tiempo tuviera para él otra densidad. Su presencia llenó el espacio sin imponerse. No hizo ningún sonido al verme, pero su postura cambió ligeramente, lo justo para que entendiera que me había reconocido.

Me incorporé un poco. No sentí miedo. Tampoco la necesidad de levantarme.

Emitió un sonido ligeramente agudo en comparación con los sonidos que emitió el ser que ayer me curó las heridas. No supe qué significaba, pero algo en su tono me resultó familiar. Era una de esas cosas que no se entienden, pero se sienten. Se acercó lo suficiente como para que pudiera verle bien y alargó una de sus extremidades hacia mí. No me tocó. Esperó. Fui yo quien me acerqué.

Su contacto fue suave, cuidadoso. Me rozó la cabeza y luego el hombro, con una precisión que me sorprendió. No parecía improvisado. Era un gesto aprendido. Como un ritual.

Poco después apareció otro. Luego otro más. Estos dos últimos, más grandes. Uno de ellos era el mismo que me atendió ayer. Lo reconocí.

El espacio se fue llenando de movimiento lento y ordenado. No hablaban como yo entendía el hablar, pero se comunicaban constantemente mediante gestos, ruidos —lo que para mí eran ruidos—, posturas, pequeñas variaciones en el sonido que emitían. Yo observaba desde mi sitio, intentando no estorbar.

En algún momento me señalaron un… no sé muy bien cómo describirlo. Diría que era un frigorífico. Estaba a una altura pensada para mí. Me acerqué, lo abrí y encontré dentro un montón de comida preparada: bocadillos, fruta fresca, zumos, lácteos. Fue increíble ver toda esa comida allí esperándome, y toda para mí. Variada y rica.

Entonces los miré como pidiendo permiso para coger. Su gesto era complaciente. Me indicaban, o al menos así lo entendí yo, que todo era para mí. Comí lo que quise, sin prisa.

Ellos parecían disfrutar viéndome. Qué cosas. Nadie se impacientó. Nadie me metió prisa. Después continuaron con lo suyo.

Manipulaban dispositivos enormes que proyectaban formas en el aire, superficies que cambiaban de color y textura, objetos que se desplazaban sin que pudiera ver cómo. No intenté entender nada de aquello. Bastaba con saber que funcionaba y que a ellos les servía.

Pasaban los días y yo me movía por la casa buscando los lugares donde estar fuera fácil. Una zona más cálida.

Un punto elevado desde el que verlos mejor. Había aprendido a reconocerlos sin saber muy bien cómo.

A veces uno de ellos se detenía y me miraba. No fijamente. No como se mira algo extraño. Más bien como se comprueba que todo sigue en su sitio.

Recuerdo la primera vez que, en un momento dado, uno se sentó en el suelo. Lo hizo con cuidado, dejando espacio. Me acerqué y me apoyé contra su cuerpo. Su respiración era profunda y regular. Me relajé sin darme cuenta.

Pensé, de forma vaga, que en otro lugar el día ya habría empezado de otra manera. Con prisas. Con ruido. Con decisiones. Aquí no. Aquí el día simplemente se desplegaba.

Después se marchaban y yo pasaba solo una gran parte del día. Dormía, comía, veía la tele —sí, la tele; en mi “jaula” había una tele—, leía —sí, también leía; había muchos libros en las estanterías de mi estancia— e incluso, a veces, podía subirme a una escalera que, evidentemente, era para mí, para contemplar a través del cristal aquel entorno tan diferente pero maravilloso donde ahora vivía.

Cerré los ojos un instante. No porque tuviera sueño, sino porque podía hacerlo. Y eso fue suficiente.

El olor me alcanzó antes de darme cuenta. Un aroma dulce, húmedo, que flotaba desde un recipiente cercano.

No era comida que hubiera probado antes, y sin embargo… algo en ese olor me hizo estremecerme. Despertó algo en mi. Un hilo de memoria que venia desde muy lejos.

Continuará …

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