Nueva columna semanal con una historia emocionante y de muchas incógnitas. Móstoles Insólito: Capítulo III del Relato 60. Siete
Las luces continuaron detrás de ellos al incorporarse a la M-50.
Carlos las observaba por el retrovisor cada pocos segundos. Eran dos faros blancos, demasiado juntos para distinguir el tipo de vehículo, que mantenían la misma distancia sin acercarse ni quedarse atrás.
—Puede ser cualquiera —dijo Elena.
—Lleva siguiéndonos desde la salida.
—Eso no significa que nos siga.
—Ha tomado exactamente los mismos desvíos.
Lucía se giró sobre el asiento.
—Sigue ahí.
—Ya lo sé.
—A lo mejor es la policía —dijo Dani.
—Pues mejor —respondió Elena—. Paramos, se lo entregamos y se acabó.
Desde la cama trasera, el robot habló sin levantar la voz.
—No deben detenerse.
Elena se volvió hacia la cortina.
—Tú no decides.
—El vehículo que nos sigue no pertenece a los servicios de emergencia.
—¿Cómo lo sabes?
—No lleva activados sistemas prioritarios y su matrícula no se corresponde con ningún vehículo oficial registrado.
Carlos miró de nuevo por el espejo.
—¿Puedes leer la matrícula desde aquí?
—La leí antes, a través del retrovisor.
—¿Y de quién es?
—Vehículo de alquiler. Registrado esta tarde en el aeropuerto.
Elena se quedó en silencio.
—Eso no prueba nada —dijo finalmente.
—No.
—Entonces deja de hablar como si estuvieran viniendo a matarnos.
El robot no respondió.
Carlos aumentó la velocidad.
La autocaravana protestó con un zumbido grave. No estaba hecha para correr y mucho menos para competir con un turismo. El motor subió de revoluciones mientras pasaban junto a una señal que anunciaba la salida hacia la A-2.
—¿Por dónde vamos? —preguntó Carlos.
—Continúe por la M-50.
—¿Hasta dónde?
—Le indicaré.
—No. Quiero saber adónde nos llevas.
La luz azul de los ojos apareció de nuevo.
—A una instalación de enlace situada al suroeste de Madrid.
—¿Del CNI?
—Vinculada al Ministerio de Defensa.
—¿Dónde exactamente?
—En las proximidades de Cuatro Vientos.
Lucía miró a su padre.
—Eso nos pilla de camino a casa.
—Más o menos —respondió Carlos.
—Pues qué casualidad —dijo Elena.
—No es una casualidad —intervino el robot—.
Es una instalación militar relativamente próxima al aeropuerto de Barajas y dispone de capacidad de aislamiento tecnológico.
—Hablas como un folleto.
El robot guardó silencio.
Dani abrió la puerta corredera y se asomó a la cama.
—¿Cómo te llamas?
—Dani, déjalo.
—No tengo nombre.
—Todos tienen nombre.
—Tengo un identificador.
—¿Cuál?
—Unidad Autónoma de Supervisión Siete.
—UAS-7 —leyó Lucía desde su asiento—. Vaya nombre.
—Podemos llamarte Siete —dijo Dani.
El robot giró la cabeza hacia él.
—No es necesario —dijo el robot.
—Pues Siete —insistió Dani.
—Dani —repitió Elena.
—¿Qué? Vamos a estar con él un rato.
El robot volvió a mirar al techo.
Carlos redujo la velocidad al acercarse a un tramo en obras. Un carril estaba cerrado y varias balizas amarillas obligaban a pasar despacio.
Las luces del coche que los seguía se aproximaron.
—Ahora sí que viene —dijo Lucía.
Elena se volvió.
El turismo apareció detrás de la autocaravana, un vehículo oscuro y bajo. Durante unos segundos circuló a pocos metros de ellos. Después encendió el intermitente y comenzó a adelantar.
—¿Veis? —dijo Elena—. Solo quería pasar.
El coche quedó a su altura.
Carlos miró hacia la ventanilla del conductor.
Había dos hombres en el interior. El copiloto sostenía algo entre las manos. No parecía un teléfono.
El turismo dejó de acelerar.
Se mantuvo junto a ellos.
—No les miren —dijo el robot.
—¿Por qué? —preguntó Carlos.
—Están verificando la matrícula.
El copiloto levantó el objeto y una pequeña luz roja recorrió el lateral de la autocaravana.
Dani se agachó.
—Nos están apuntando.
—No es un arma —dijo el robot—. Es un lector óptico.
El coche aceleró de repente y se colocó delante.
—¿Qué hacemos? —preguntó Elena.
—Mantenga la distancia.
El turismo frenó.
Carlos pisó el pedal con fuerza. La autocaravana se inclinó hacia delante y varios objetos cayeron al suelo en la parte trasera.
—¡Joder!
El coche volvió a acelerar.
—Está intentando obligarnos a detenernos —dijo Lucía.
—Eso ya lo veo.
Elena buscó su teléfono.
—Voy a llamar a la Guardia Civil.
—No tiene cobertura —dijo el robot.
—Pues en cuanto tenga.
—No debe hacerlo.
—Ya estoy harta de que me digas lo que debo hacer.
El robot se incorporó con dificultad. Una de sus piernas seguía sin responder y tuvo que apoyarse en la pared.
—El vehículo ha enviado nuestra matrícula. En menos de diez minutos podrán bloquear las salidas próximas.
—¿Quiénes?
—El personal de recuperación chino.
—Estás dando por hecho que son ellos.
—La empresa que ha alquilado el vehículo presta servicios al fabricante de las unidades transportadas.
Elena miró a Carlos.
—¿Eso también lo has leído de la matrícula?
—He accedido al registro del contrato.
—¿Cómo?
—A través del sistema de la autocaravana.
Carlos apartó la vista de la carretera.
—¿Has entrado en el sistema?
—Necesitaba conexión.
—¿Qué conexión? Si no tenemos cobertura.
—La autocaravana mantiene un enlace de emergencia independiente.
Carlos tardó unos segundos en comprenderlo.
—¿Estás utilizando el sistema SOS?
—Sí.
—¿Sin permiso?
—Era necesario.
—Pues desconéctate.
—Si lo hago, perderé acceso a la información de tráfico.
—He dicho que te desconectes.
Los ojos azules del robot parpadearon.
—Conexión interrumpida. Conservo en caché los datos que descargué justo antes de cortar el enlace.
En el salpicadero se apagó durante un instante la pantalla del navegador. Al volver a encenderse, la ruta había desaparecido.
—Muy bien —dijo Elena—. Ahora estamos perdidos.
—Sé llegar a la M-40.
—No debemos tomar la M-40 —dijo el robot.
—¿Por qué?
—Hay un control en la conexión con la A-5.
—¿Un control de quién?
—Guardia Civil.
—Perfecto —respondió Elena.
—Han recibido la orden de detener una autocaravana relacionada con el accidente.
Dentro del vehículo se hizo silencio.
Carlos miró a Elena.
—¿Ya saben que somos nosotros?
—Las cámaras de la carretera registraron su detención junto al lugar del impacto —explicó el robot—. El vehículo de seguimiento ha confirmado la matrícula.
—¿Y qué van a decir? —preguntó Lucía—. ¿Que hemos robado un robot?
—Probablemente.
—No lo hemos robado.
—Nos lo hemos llevado —dijo Elena—. La diferencia es pequeña.
Carlos golpeó el volante con la palma.
—Solo queríamos sacarlo del fuego.
—Y después decidiste arrancar.
—Porque no había cobertura.
—Y ahora estamos huyendo de la Guardia Civil.
—No estamos huyendo.
Elena lo miró.
—Estamos evitando un control porque un robot del CNI nos lo ha dicho.
Dani miró hacia atrás de nuevo.
—Siete no nos ha obligado.
—Tú no te metas.
El niño bajó la mirada.
El turismo oscuro seguía delante de ellos. Redujo la velocidad y se colocó en el carril derecho, como si esperara que la autocaravana lo adelantara.
—No pase a su lado —dijo el robot.
—No pensaba hacerlo.
—Tome la próxima salida.
—¿Cuál?
—La vía de servicio.
Carlos vio la señal apenas unos segundos antes de alcanzarla. Giró con brusquedad y la autocaravana entró en una carretera secundaria que discurría paralela a la autovía.
El turismo continuó recto.
—Se lo han tragado —dijo Lucía.
El robot no respondió.
La vía estaba mal iluminada. A un lado había naves industriales cerradas; al otro, parcelas vacías y descampados cubiertos de hierba seca.
—¿Ahora qué? —preguntó Carlos.
—Siga recto.
—¿Sabes dónde estamos sin conexión?
—Sí.
—¿Cómo?
—Cartografía interna.
Elena soltó una carcajada nerviosa.
—Un robot español, enviado por el CNI, modificado para vigilar robots chinos y con mapas secretos de Madrid. Todo súper normal.
—No he sido modificado para vigilar robots chinos —dijo Siete.
—Ya sabes lo que quiero decir.
—Fui enviado como unidad de acompañamiento técnico.
—¿Y cuándo descubriste lo de los espías?
El robot tardó en contestar.
—Durante el vuelo.
—Eso ya nos lo has contado.
—Una anomalía eléctrica obligó a reiniciar los sistemas de carga. Durante el reinicio, varias unidades emitieron señales no registradas.
—¿Y tú las interceptaste?
—Sí.
—¿Por casualidad?
—Mi función consiste en detectar anomalías.
La respuesta resultaba lógica, pero Elena siguió mirándolo.
—¿Por qué no avisaste al CNI desde el avión?
—Las comunicaciones estaban restringidas.
—¿Y los pilotos?
—No tenían acceso a la información de la carga.
—¿Los técnicos chinos sí?
—Sí.
—¿Y no sabían que tú podías descubrirlo?
—No debían saberlo.
El robot volvió a tumbarse.
Lucía se inclinó hacia su madre.
—A mí me cuadra.
—A ti te cuadran demasiadas cosas.
—Pues dime qué hacemos. ¿Lo dejamos en una gasolinera?
Elena no respondió.
La vía de servicio terminó en una rotonda. Carlos siguió las indicaciones de Siete y tomó una carretera estrecha que atravesaba un polígono casi desierto.
El turismo oscuro reapareció al fondo.
—Nos ha encontrado —dijo Lucía.
Carlos aceleró.
—No vamos a perderlo con esto.
—A setecientos metros hay un paso inferior —dijo el robot—. Después, gire a la derecha.
—¿Y qué hay allí?
—Una zona sin cámaras.
—Eso no suena nada bien —dijo Elena.
—Es necesario cambiar de ruta.
Carlos siguió las indicaciones.
Pasaron bajo la autovía y entraron en un camino asfaltado apenas iluminado. Las ramas de los árboles golpeaban los laterales de la autocaravana.
El coche apareció detrás de ellos.
Esta vez llevaba las luces largas.
—Se acerca —dijo Dani.
—Lo estoy viendo.
Siete se incorporó de nuevo.
—Reduzca la velocidad.
—¿Estás loco?
—Reduzca a treinta kilómetros por hora.
—Nos alcanzará.
—Confíe en mí.
Carlos miró a Elena.
—Ya hemos llegado hasta aquí.
—Ese no es un argumento.
El coche se acercaba.
Carlos levantó el pie.
La autocaravana comenzó a perder velocidad.
—A la derecha hay una entrada —dijo Siete—. No está señalizada. Gire cuando se lo indique.
Los faros llenaron el interior del vehículo.
—Ahora.
Carlos giró el volante.
La autocaravana se metió por un camino de tierra oculto entre dos muros. El turismo pasó de largo. Sus luces desaparecieron unos segundos después.
Carlos frenó.
Nadie habló.
El camino terminaba en una verja cerrada.
—¿Y ahora?
—Espere.
Siete cerró los ojos.
En algún lugar cercano se oyó el motor del turismo reduciendo la velocidad.
—Va a volver —susurró Lucía.
La verja comenzó a abrirse.
Carlos miró al robot.
—¿Qué has hecho?
—He utilizado un código de emergencia.
La autocaravana entró en un recinto oscuro. La verja se cerró detrás de ellos justo cuando los faros del coche aparecían de nuevo al final del camino.
Dentro había un viejo almacén, varios vehículos cubiertos con lonas y una caseta sin luces.
—¿Dónde estamos? —preguntó Elena.
—Antigua instalación logística del Estado.
—¿Abandonada?
—Fuera de servicio.
—Pero puedes abrirla.
—Conservo autorización.
Carlos apagó el motor.
Durante unos segundos solo se oyó la respiración de los cuatro y el pequeño zumbido interno del robot.
El turismo se detuvo al otro lado de la verja.
Dos puertas se abrieron.
—No salgáis —dijo Carlos.
—No pensaba hacerlo —respondió Elena.
Se escucharon pasos sobre la tierra.
Una linterna recorrió el muro y se detuvo en la matrícula de la autocaravana.
Dani se acercó a Siete.
—¿Pueden entrar?
—No sin activar una alarma.
—¿Y eso los detendrá?
—Debería.
—¿Debería?
Un golpe metálico sonó en la verja.
Siete cerró los ojos durante unos segundos.
—He enviado un aviso automático a la instalación de destino.
—¿No dijiste que no podías comunicarte? —preguntó Elena.
—No podía utilizar canales ordinarios. Este recinto mantiene una línea cifrada.
—Entonces ya saben que vamos.
—Sí.
—¿Y quién viene a buscarnos?
—Nadie.
—¿Cómo que nadie?
—Deben llevarme ustedes.
Elena negó con la cabeza.
—Esto es absurdo.
—El protocolo exige evitar contactos externos.
—¿Y nosotros qué somos?
El robot miró a la familia.
—Una circunstancia no prevista.
Fuera volvió a sonar un golpe.
Después, el motor del turismo arrancó.
Los faros se alejaron lentamente.
Carlos esperó varios minutos antes de volver a encender la autocaravana.
—¿Cuánto queda? —preguntó.
—Veintisiete kilómetros.
—¿Y al llegar se acaba?
Siete tardó en responder.
—Para ustedes, sí.
Elena lo miró con desconfianza.
—¿Y para ti?
—Completaré mi misión.
La verja se abrió de nuevo.
Carlos puso la autocaravana en marcha.
Cuando salieron, el turismo ya no estaba.
Dani volvió a sentarse junto a su hermana.
—Vamos a salvar España.
Lucía soltó una risa cansada.
—No se lo cuentes a nadie en el instituto porque te van a tomar por idiota.
—Tú lo has visto.
—Precisamente.
Elena apoyó la cabeza contra el asiento.
—Solo quiero llegar a casa, ducharme y dormir doce horas.
Carlos la miró de reojo.
—Cuando entreguemos a Siete, nos plantamos en Móstoles en media hora.
—Eso dijiste antes de que se estrellara un avión.
La autocaravana regresó a la carretera.
Siete permaneció inmóvil, con los ojos cerrados.
En lo más profundo de su sistema, un proceso que ninguno de ellos podía detectar comprobó por primera vez la distancia restante hasta la instalación española.
Veintisiete kilómetros.
El programa no emitió ninguna señal.
Todavía no.
*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o de las imágenes propias que aparecen en este artículo.
Suscríbete gratis al
Canal de WhatsApp
Canal de Telegram
La actualidad de Móstoles en mostoleshoy.com











