Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La biblioteca

La primera biblioteca que visité se encontraba en Móstoles. Hasta donde alcanza la memoria, la recuerdo en la calle San Antonio, donde se encuentra hoy el edificio del Centro de Participación Ciudadana Juan José López. Era una pequeña biblioteca de una única sala. Mis hermanas y yo nos acercábamos hasta allí ilusionados y con la sensación de acudir a un lugar especial y agradable. Yo debía de tener unos diez u once años y aquel me pareció un mundo maravilloso. Me hacían feliz los días de biblioteca. Vestirnos, el trayecto andando desde la calle Miguel Ángel a la calle San Antonio, en el centro del pueblo, entrar en aquel espacio como quien entra a un templo, callado, temeroso y disfrutando de aquel silencio que calaba hasta los huesos, y acercarse a las estanterías para buscar las áreas en las que se encontraban nuestros cómics y nuestros libros. El bibliotecario, un hombre mayor y serio, sentado a su mesa en la entrada sellando las fechas en las fichas de los libros.

Un día encontré en el suelo dos billetes de cien pesetas en el suelo y, sin dudarlo, me acerqué a él para entregárselos, pensando que acudiría a buscarlos quien los hubiera perdido. Al salir de la biblioteca, conté a mis hermanas lo extraordinario que me había sucedido. Cuando supieron que se las había dado al bibliotecario, me llamaron tonto a voz en grito. Chillaban diciéndome que no iban a devolver ese dinero a nadie, que se lo quedaría él. Yo permanecí en silencio todo el camino con una sensación extraña y acabé convenciéndome de haber sido realmente tonto, pese a saber, de alguna manera, que había obrado bien. Así nos habían enseñado siempre, a no quedarnos con lo que no es nuestro. Tanto cargaron contra mí, que la anécdota acabó por grabarse a fuego en mi memoria, hasta el punto de recordar con claridad meridiana algunas escenas en el interior de la biblioteca.

Aquella mancha no impidió que siguiera acudiendo con mis hermanas a buscar libros previa devolución de los leídos. La biblioteca se inauguró en 1979, en la antesala de la explosión cultural ochentera, y fue la primera biblioteca con entidad municipal abierta en Móstoles, gracias al convenio firmado por el Ayuntamiento de Móstoles con la Diputación provincial. Enseguida fueron inaugurándose bibliotecas sucursales en los distintos Centros Socio-culturales que, de igual manera, comenzaban su andadura en la ciudad. El traslado de la Biblioteca Central al Centro Cultural Villa de Móstoles en 1985 acabó por reducir nuestras visitas. No fue el traslado en sí, realmente acudimos en más de una ocasión, sino que fue más bien los cambios que experimentábamos nosotros. Por ejemplo, fuimos dejando de hacer cosas juntos porque comenzábamos a tener nuestras prioridades individuales y nuestra propia autonomía cada uno, igual que a tener nuevos amigos y otras inquietudes.

Mi hermano y yo no dejamos de leer. Había libros en casa que mi padre compraba para instruirnos, muchos de Bruguera, que editaba también nuestros cómics, y adquirió una colección juvenil de clásicos de más de cincuenta libros. Yo leía a Emilio Salgari, a Julio Verne y a Daniel Defoe y esta colección juvenil me trajo a H.G. Wells, con La máquina del tiempo, El hombre invisible y La guerra de los mundos; a Robert Louis Stevenson, con La isla del tesoro y El extraño caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde; a Rudyard Kipling, con El libro de la jungla; a Herman Hess, con Siddharta; Mark Twain, con Príncipe y mendigo; a Mary Shelley y Brank Stoker, por supuesto; y a Conan Doyle, entre una larga lista de clásicos que devorábamos mi hermano y yo. Teníamos en casa colecciones como las novelas de Los cinco, de Enid Blyton, y las de Jan, de Knud Meister y Carlo Andersen. Debido al éxito en televisión, mi padre compró la novela Yo, Claudio, de Robert Graves, que comencé a leer con atención hasta que mi padre me sorprendió haciéndolo y me regañó. Me apartó el libro diciendo que no era una libro para mi edad y me obligó a leer El lazarillo de Tormes. Anécdotas, vida y libros.

Ya se había trasladado definitivamente la Biblioteca Central de Móstoles al edificio de la Calle Canarias en 1998, a las puertas del cambio de siglo, cuando comencé a regresar esporádicamente a ella. He de mencionar que la creación de este centro neurálgico municipal de los libros fue, otro sí de los políticos, una gran mérito del personal de la Biblioteca que perseveró en el estudio de las leyes y en las peticiones a la Comunidad de Madrid para la creación de lo que hoy es con orgullo nuestra Biblioteca Central Almudena Grandes, donde hoy acuden los mayores a leer el periódico a la hemeroteca y a consultar libros de la UNED, en la planta baja, y los niños y jóvenes disponen de su propia biblioteca infantil y juvenil en la primera planta. Además de la considerable biblioteca de la segunda planta, que dispone de zona de estudio y de trabajo, el edificio dispone de dos salones de actos donde se llevan a cabo distintos actos. La actividad de la Biblioteca Central no se reduce al préstamo de libros sino que abarca un buen número de actividades y eventos a lo largo del año.

La biblioteca forma parte de la vida de muchos de nosotros y, afortunadamente, sigue formando parte de cada generación. Los tiempos han cambiado, las lecturas y las publicaciones han cambiado. Hemos crecido y los nuevos jóvenes traen inquietudes propias de su época. Quizá no se lean ya aquellos grandes autores, espero que algo sí y en textos cercanos al original y no adaptados a la edad. Mientras escribo estas líneas, pienso en cómo puedo trazar una línea que represente mi vida y marcar los hitos de cada época y cada momento con los títulos de los libros leídos; de qué manera descubrí al corsario negro de Salgari, a Robinson Crusoe, a Poe, a Lovecraft y llegué a Capote, Salinger, Handke y Faulkner… Nuestra vida podría definirse por nuestros descubrimientos literarios porque no son solo los títulos o los autores sino los universos que se nos van mostrando (detectives, aventuras, drama, realismo, fantasía, surrealismo… que nos evidencian que el mundo no es único ni monocolor) y las emociones que vamos experimentando, la manera en que se van abriendo posibilidades e inquietudes con las lecturas y cómo éstas nos marcan de por vida con sus líneas hasta el punto de ser capaces de recordar imágenes, los sentimientos que nos movieron y las inquietudes que nos despertaron y que, en muchos casos, aún nos despiertan. He vuelto a releer alguno de esos libros, como Juan Salvador Gaviota y El don de volar, de Richard Bach, u Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, y sigo descubriendo nuevos títulos y autores, algo que aún me motiva y me incentiva mucho. La inquietud por descubrir y la curiosidad por saber mantiene vivo nuestro espíritu. Poesía, teatro (sí, también se lee), narrativa…

Las bibliotecas siempre fueron un templo del saber. No cabe restar importancia al cómic o a libros que puedan parecernos superficiales, en esto del saber no cabe el elitismo, hay que atreverse. Las bibliotecas lo saben bien y disponen de la lectura que uno pueda requerir, con independencia de la edad, el gusto o la necesidad; disponen incluso de lo inesperado que nos pueda sorprender en un momento determinado. Y si no disponen de algún libro, pueden tratar de encontrarlo y traerlo. Sin duda, es el mejor lugar al que podemos llevar a nuestros hijos. No de cualquier manera, sino envuelto en las sensaciones de la vivencia: en vestirse para ir a la biblioteca, en caminar el trayecto juntos, entrar en aquel templo sagrado, sumergirse en el silencio entre las estanterías de libros, escoger un libro, preguntar a las bibliotecarias alguna consulta, sentarse a leer, a echar un vistazo… solicitar el préstamo, regresar caminando a casa con los libros en la mano, deseando llegar para sentarse a leer, dispuesto a entrar en un nuevo mundo y en nuevas sensaciones. Sin duda es el mejor lugar al que podemos asistir periódicamente nosotros como si fuera nuestro jardín privado de calma y de vida, y el mejor al que podemos llevar a nuestros mayores.

La biblioteca siempre será ese lugar al que estar agradecido por tanto, lo primero por acogernos con sus brazos abiertos incluso a pesar de nuestras ausencias, pero también por su labor humana y por las huellas entrañables que imprimen en nuestro alma y que nos salvan a menudo de caer en la oscuridad, otrosí de la salud y la felicidad que nos otorgan.

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