Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La calma
Las vacaciones estivales son momentos perfectos para la huida. Puede llamarse así porque las más de las veces no se trata de acudir a un destino interesante o al encuentro de una familia o de unos amigos lejanos sino de salir de la ciudad, de escapar de la rutina, de cambiar el ambiente. Se trata de algo que se asemeja a una huida, podríamos considerar. Sin embargo, bien por motivos económicos bien por mera elección personal, muchos mostoleños permanecen en el hogar; aprovechan para llevar a cabo tareas que el escaso tiempo libre les impide realizar durante el resto del año, se deleitan en la sencillez de comenzar y acabar el día sin un horario establecido y disfrutan de las calles de Móstoles, considerablemente más calmadas en esta época, por no hablar de actividades de entretenimiento como la Verbena de Verano.
La calma es el verdadero descanso, en verdad. Levantarse de madrugada, cuando quedan horas aún para que el sol comience a desperezarse, disponer de apenas unos minutos para asearse, vestirse y salir por la puerta para no regresar hasta entrada la noche, con el tiempo justo para ducharse, cenar y volver a la cama lo antes posible para poder dormir las mínimas horas necesarias, generalmente insuficientes, para un descanso exiguo. El transporte público a la capital o a otros municipios, el tráfico exacerbado, las multitudes y la severa cotidianeidad de las horas laborales. Es el ritmo común diario de la mayoría de los habitantes de nuestra villa. Muchos tienen sus negocios aquí, otros disponen de horarios más relajados, algunos trabajan los fines de semana y una buena parte de las madres siguen dedicándose a sus labores, como se denominaba en los años setenta y anteriores al trabajo doméstico tan valioso que realizaban. En todo caso, la cotidianeidad de los días lectivos transcurre bajo el opresivo yugo de las obligaciones laborales y a ritmo del látigo de los criminales horarios. No es de extrañar que haya quien disfrute de la calidez del hogar y del libertinaje de los horarios a la llegada de los merecidos días libres del estío. La piscina, alguna escapada rural con amigos, las noches en la terraza de un bar con unas raciones colándose entre amenas conversaciones bañadas de una bebida fresca…
Disponer, al fin y al cabo, del tiempo a nuestro antojo es, probablemente, lo más cercano que podemos estar de la sensación más auténtica de libertad. En ocasiones, es posible que haya quien se siente en un banco a la sombra de un frondoso árbol a sentir el aire excepcional que pueda levantarse en ese momento, y recapacite sobre su trayectoria vital llevándole ésta a cuestionarse la vida que lleva bajo ese yugo. Todos necesitamos trabajar para sobrevivir y la mayoría acabamos preguntándonos en algún momento de nuestra existencia si nos encontramos en el camino adecuado, si podríamos hacer algo que nos agrade para ganarnos el jornal, si no podríamos mudarnos a un pueblo tranquilo, a un lugar con menos ruido y menos ajetreo cotidiano, si cada día laborable no nos va desgastando más. Soñamos con no tener que trabajar para vivir y llevar una existencia ociosa, pero quizá no se trate tampoco de esto, tal vez se trate de hacer algo que nos reconforte de alguna manera, que no devore nuestro tiempo como una alimaña hambrienta ni derrote nuestras fortalezas físicas y psíquicas. Harto difícil la utopía, soy consciente. Y cada uno seguimos nuestro camino como podemos y nos dejan. Sin embargo, estos momentos de calma en estos días de descanso estival son como pepitas de oro. Nuestras reflexiones en el sentido expresado no nos llevan a sentirnos mal sino a conectar con nosotros mismos, con nuestra esencia. Este es el verdadero descanso y, por supuesto, no es necesario permanecer en Móstoles, es posible que también sea posible encontrarlo a los pies de una playa a la que llegar tras agotadoras horas de viaje. La compensación de nuestros esfuerzos y sacrificios se encuentra sujeta a nuestra propia consideración, se trata de nuestros gustos y preferencias y cada cual tiene los suyos propios.
Hablando de la ciudad, que es la que permanece en su lugar, encuentra su propio momento de calma en estos días en que la dejamos más tranquila. Los habitantes también somos como padres presionando y estresando a sus hijos. Dudo que a la ciudad le guste nuestro frenético ajetreo o que disfrute con sus calles saturadas por doquier de ruido, movimiento y aglomeración. La villa descansa también, sus calles y aparcamientos se vacían y el silencio puede rondar a sus anchas por diferentes rincones. La mayoría de los comercios echan su cierre durante diez o veinte días y lo que parece una molestia para el ciudadano a primera vista resulta un alivio para él a los pocos días. Pospone otra obligación y se suma a ese cierre llevando su atención al descanso no solo físico sino mental.
Parecen solo palabras, pero la calma es tanto más imprescindible cuanto mayor es el desasosiego y nos resulta más sencillo perturbarnos que tranquilizarnos, vivir en el exacerbado ruido y el incesante movimiento que en el silencio equilibrado y la quietud armoniosa. La calma lleva al equilibrio, trae la perspectiva y aclara nuestra mirada.
Claro que es gratificante visitar otros lugares y disfrutar en ellos del libertinaje de nuestro tiempo de asueto. Aunque sea a costa de estresar esos lugares, que permanecen tranquilos en nuestra ausencia el resto del año. Las ciudades soportan nuestros movimientos, nos trasladamos de un lugar a otro y los lugares nos ven llegar y partir, marcharnos y regresar. Todo forma parte del ciclo, no cabe en esto cuestionarnos la vida siquiera un poco. Al fin y al cabo, hacemos lo que sabemos, lo que podemos y lo que nos es permitido hacer. Las más de las veces nos compensa porque llegamos a la vejez con cierta satisfacción y en buena parte incluso admirados por nuestra historia personal, por los sacrificios, las derrotas y los éxitos vividos. En resumen, por todo lo logrado. Los instantes de calma nos muestran esa verdad, además de nuestra esencia y nuestros pasos. Y nos aportan aliento.
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