Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La levedad
Comienzo a escribir estas líneas con la memoria en Rosa Sevilla, una vecina muy querida de Móstoles que acaba de fallecer. Una persona afable, sabia y sonriente. Pasó momentos difíciles con el fallecimiento de su marido, Jacinto, que contrajo ELA, esa enfermedad terrible. La conocí a través del grupo Móstoles City, donde agradezco haber conocido a personas extraordinarias. El grupo se creó para erradicar una plaga de insectos que se extendía por el barrio. Rafi y Mari Carmen comenzaron a agrupar a vecinos afectados. Sin embargo, el grupo se mantuvo tras la erradicación de la plaga y se transformó en un lugar de acogida y de unión. Jorge, Cecilia, Marisa, Verónica, Sonia, Rosa, Jacinto y una larga lista de buenas personas comenzaron a formar parte de él. Cada ciertas semanas había una convocatoria para desayunar y acudíamos del orden de quince o veinte personas. Me gustaban esos momentos y me sorprendieron sobremanera porque mostraban un unión y una camaradería encomiables. Sin embargo, estos desayunos no se mantuvieron en el tiempo. El grupo siguió creciendo hasta alcanzar las siete mil personas y, con ello, comenzó a complicarse la celebración de estas citas. En contrapartida, se constituyó la Peña Móstoles City con doscientos cincuenta socios de inicio. Hoy están adscritas veinticuatro mil personas al grupo y la Peña sigue formando parte de nuestras fiestas y realizando actividades como la recogida de alimentos para Cáritas que realizó el año pasado.
Rosa y Jacinto formaban parte de esta Peña desde su fundación igual que formaban parte de este grupo que no cesa de crecer y que forma parte identitaria de esta ciudad. Jacinto era una persona seria y formal, introvertida y de corazón bondadoso, colmado de cariño. Rosa era una persona afable, activa, vital y llena de amor hacia los demás. La noticia de su partida llega a mí en un momento de reflexión sobre la ciudad, una reflexión que trata de encontrar sentido y armonía en la contemplación de aspectos que me desagradan de esta ciudad. Las madres como Rosa o como la mía nos mostraban sabiduría con su ejemplo de vida; no dar demasiada importancia a aquello en lo que no puedes intervenir por más que desees hacerlo, sería una de sus lecciones. Contemplar el devenir sin empeñarse en una resistencia inútil, aceptando con paciencia las cosas que vienen y son.
Estas fiestas patronales —leo en el periódico— han supuesto cerca de medio millón de visitantes más. Móstoles crece a un ritmo desmesurado, no solo en habitantes sino en visitantes. Quizá sea otro signo identitario, esa manera de crecer desmedidamente a lo largo de las décadas. Crecer es algo positivo, la medida en que lo hace es uno de los aspectos que me desasosiega. Me esfuerzo en no prestarle demasiada importancia, pues no puedo hacer nada al respecto. Soy un hombre tranquilo, de ahí que no me mudara a la capital, entre otros motivos, cuando llegó mi hora de independizarme. Hoy parece que la capital es quien viene a nosotros como si nos absorbiera en su crecimiento desenfrenado, y pienso que realmente lo hace al igual que ha sucedido y sucede con otras poblaciones. La vida —digámoslo así— mantiene su devenir hacia el mismo horizonte.
Las personas que hemos sabido del mundo mucho antes de la tecnología sabemos bien sobre la vida y los valores, y sobre lo que era el esfuerzo y el crecimiento, el camino hacia la madurez, los senderos de nuestras inquietudes y anhelos, y las relaciones personales cara a cara. Hemos conocido los tesoros que traía el aburrimiento y como éste incentivaba nuestra creatividad. Sabemos de la lentitud del tiempo porque lo hemos saboreado con dedicación y sin prisa alguna, participando conscientemente de él. Hemos contemplado paisajes que nos ampliaban la mirada a través de prados y descampados, de cielos abiertos y calles a medio hacer. Ahora nos preguntamos cómo será crecer en este mundo tan frenético y desequilibrado, tan «moderno» y tecnológico, y de valores tan cuestionables cuando se logra reconocer alguno. Y hemos de subsistir en él, de sobrevivir y de continuar creciendo en él, como si hubiéramos de nadar de espaldas sobre petróleo habiéndonos adiestrado nadando a crol en agua. La madera de la que estamos hechos nos da para eso y para más, pero no implica que nos agrade o no suframos, más bien nos resentimos emocionalmente y vemos alejarse los buenos tiempos como advertimos acercarse otros inciertos. Nuestra mirada se modifica al contemplar más camino a nuestra espalda y observar un final de andadura más cercano. Nos encontramos más allá del medio camino y sabemos que hemos madurado porque ya hemos vivido el fallecimiento de personas cercanas y queridas. Nuestros padres, algunos amigos y compañeros, a un hermano y a personas cercanas. Vivir y sentir la muerte en nuestro entorno, su aliento y el dolor que causa en nuestro alma, modifica la perspectiva de la vida y, sobre todo, del presente. Adquirimos una mayor conciencia del tiempo y, al menos los que nos educamos y aprendimos de la vida antes del imperio de la tecnología, comenzamos a degustarlo recordando aquellos tiempos de infancia y adolescencia en que nos importaba nuestro tiempo con los amigos, con la familia y en nuestra soledad. Esa puede ser otra importante diferencia: la soledad era sinónimo de un mundo propio enriquecido con nuestras penas y alegrías, nuestros amores y desamores, nuestros éxitos y frustraciones, al son de nuestra música y nuestros pasos perdidos… La soledad era algo repleto de emociones y sentimientos, nos conectaba con nuestro ser y nos enriquecía y hacía sentir bien en múltiples ocasiones, que no en todas. La soledad es, hoy, un páramo yermo en el que solo se puede encontrar frustración, sufrimiento y dolor. Donde antes podría encontrarse recogimiento, ahora solo queda la negrura de una profundidad.
No todo es así, quiero pensar; esa es la armonía que trato de hallar. Reflexiono en que los jóvenes, que ya no lo son tanto, saben también del eco de aquellos tiempos. No de los tiempos en sí tan solo sino de ese mundo sin tecnología, sin la obsesión por construir y crecer, sin la presión de ser alguien productivo, de alcanzar un estatus social y económico, y destacar de alguna manera siendo uno más.
Habitan grandes personas en la ciudad de Móstoles y van desapareciendo aquellas generaciones que hicieron de la ciudad lo que es hoy, cuando no van siendo retiradas de la actualidad. La villa acoge a nuevos habitantes y generaciones. Quizá el precio que pagamos sea alto, demasiado alto; quizá perdamos la esencia de lo que era Móstoles o acabemos conservándola en una vitrina para documentos históricos. El devenir es esto también, dar paso, ceder y contemplar antes de nuestra marcha. Lo bueno de la gente querida, las personas grandiosas y sabias, es que prevalecen en el corazón de quien tuvo la fortuna de compartir tiempo con ellas y pudo aprender de sus lecciones de vida y sentir su visión de ella. Los legados emocionales y culturales y la transmisión de valores pasan así de unas personas a otras. Esa es nuestra esperanza y nuestra ilusión en un mundo mejor, en un Móstoles mejor y en unos tiempos diferentes que, pese a la corriente del río imperial, se nutran de esas semillas ancestrales.
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