Nueva columna semanal sobre un elemento importante para nosotros. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La lluvia

Las calles de la infancia son el mapa de la vida. No importa lo que pueda hacerse después, si trasladarse pronto a otra ciudad y hacer vida en ella o por los rincones del mundo. Aquellas calles permanecen como caminos que llevan a la identidad y al espíritu de quien uno es en verdad. Recorrí las calles de Pico de los Artilleros desde mi nacimiento y durante unos siete años. He vivido y recorrido las calles de Móstoles desde esa edad y aún puedo recordar —y espero no dejar de hacerlo jamás— aquéllas aún precarias que recorríamos de manera aventurera, descubriendo un nuevo mundo. La lluvia y el invierno forman parte de aquellos tiempos. Las katiuskas, los charcos, los renacuajos, los parkas, el barro, las bufandas, los guantes y los jerséis. Desayunábamos a las ocho y, mientras lo hacíamos, escuchábamos un cuento en la radio (en Cadena Ser, creo recordar). Enseguida salíamos de camino a la parada para coger la ruta que nos llevaba al colegio.

También están los parques, a los que no nos permitían salir si llovía demasiado, y las salidas con los primeros amigos, que venían a buscarnos a casa, a veces de improviso, y esperaban en la habitación, cotilleando alguna de nuestras cosas o leyendo alguno de nuestros tebeos o libros, mientras acabábamos de prepararnos. Ya en la calle emprendíamos el descubrimiento de nuevos lugares, salíamos de nuestros caminos de siempre para descubrir otros barrios, otras manzanas y otras casas que no eran las nuestras. La lluvia nos tomaba desprevenidos en ocasiones y corríamos a resguardarnos en algún soportal, aunque nos agradara mojarnos, llegar calados y sentir el frío, sabiendo que nuestra madre habría de regañarnos con cariño instándonos a quitarnos la ropa mojada, secarnos y ponernos una limpia, cuidando de no manchar el suelo con los zapatos.

De mi madre recuerdo su paso acelerado. Estaba acostumbrada a hilar una tarea tras otra pensando siempre en la siguiente que debía realizar y tenía ese paso interiorizado. No eran prisas sino determinación. Me costaba seguirle de niño el ritmo cuando me llevaba al colegio. Adoraba que lo hiciera y aún más con el frío y la lluvia del invierno. Esa climatología siempre me ha hecho sentir bien, como si me abrazara y me aportara mayor calidez que un abrazo. Existe cierta melancolía y nostalgia en la lluvia que nos transmiten tristeza. A veces es como un llanto que no podemos exteriorizar y agradecemos sentirlo azotar los cristales, golpear los adoquines de las aceras y humedecer nuestro cabello y nuestra piel. Incluso en esas ocasiones, es un llanto que consuela y que —pienso— nos aporta esa calidez única.

La lluvias de entonces no son las de ahora. Tampoco los tiempos ni, sobre todo, las personas. Nos sabíamos las marcas y los modelos de coches, algo que no es habitual ahora. Prácticamente, nadie habla de ellos siquiera y la mayoría han desaparecido. Las calles eran más amplias y la vida se encontraba en las relaciones personales. Nuestra habitación tenía un alto valor porque en ella se encontraba nuestra esencia, nuestros secretos, nuestra privacidad y todo nuestro ser. Salíamos solos a llamar por teléfono, a pasear, a despejarnos, a mirar tiendas, a respirar aire puro al campo, siempre cercano… a encontrarnos con nosotros mismos en nuestra soledad valorada. Ahí estaban algunas respuestas, en nuestra soledad. Sobre todo nuestra identidad, la que nos sostenía en compañía de nuestros amigos como un secreto misterioso bien guardado hasta abrirnos a la chica o al chico que hiciera vibrar nuestro corazón y nuestra mente. Ahí comenzaron los paseos en pareja y los momentos más bellos bajo la lluvia. El descubrimiento de pequeños parterres escondidos y poco transitados donde sentarse juntos en un banco, abrazarse y besarse inexperta y placenteramente.

La lluvia también se vive tras ese cristal llorando, el sonido del viento azotándolo y el tacto de una bata cálida reconfortándonos. Otra forma de introspección en nuestra identidad cambiante en aquella época en que aprendíamos a gestionar emociones nuevas que nos quedaban grandes. Hay quien no presta atención a la lluvia, hay a quien le desagrada y hay quien la detesta. Sin embargo, estoy convencido de que ella sana igualmente nuestro espíritu, limpia el aire y las calles, rejuvenece nuestros pulmones y revitaliza nuestro corazón. Hoy las calles no se circunscriben a nuestro barrio ni al de nuestros colegas y amigos, las zonas no se limitan a las de nuestros estudios, a la plaza del Pradillo o a la Avenida de la Constitución. Hoy contemplamos la ciudad bajo la lluvia y vivimos problemas de alcantarillado que antes no eran tales. Hemos madurado y tenemos una conciencia diferente y más amplia. Conocemos las emociones básicas que sentimos, aunque nos sorprendan en un momento inesperado. Podemos recorrer aquellas mismas calles que recorríamos de niños, sonreír al encontrarnos en el portal donde vivían nuestros amigos o aquella chica de nuestra clase, de nuestro instituto o de la panadería en la que comprábamos el pan a la una y media, en primera hornada, y a las dos, en segunda y última. Podemos detenernos a contemplar ese tiempo bajo la lluvia en calles que, siendo la misma, ya no lo son, pues han variado sus gentes, el decorado, el tránsito, los comercios… Detenernos es la clave, posiblemente. Permitirnos mojarnos como lo hacíamos antes, pese a que nuestro cuerpo sufra más el envite y le lleve más trabajo recuperarse de él.

La lluvia se ha llevado a muchos de nuestros mayores, de aquellos adultos de los que aprendíamos y a los que hemos visto envejecer y marcharse, dejándonos tantas enseñanzas, valores y sonrisas colmando las calles interiores de nuestra infancia. La lluvia los trae a nuestra memoria junto a los tiempos que venimos viviendo más cerca o lejos de nuestros barrios de siempre y nuestra ciudad. No hubiéramos pensado jamás que tendríamos una ciudad nuestra y es que la íbamos haciendo nuestra con cada vivencia, con cada acontecimiento y cada experiencia; cada lágrima, cada risa, cada sufrimiento, cada emoción, cada exaltación y cada satisfacción. Ahora sabemos que aquellos adultos tenían razón, más que los de ahora, incluso. Sabemos que dejamos de ser los mismos aunque nuestra identidad y nuestro espíritu perduren y sabemos que la ciudad también deja de ser la misma aunque su alma prevalezca. La lluvia se mantiene constante temporada tras temporada y atraviesa los tiempos recordándonos la permanencia de lo elemental, reduciendo la vida a lo sencillo, a los instantes, y atrapándonos en un ensimismamiento que nos conecta con nuestro ser, con nuestra esencia, como si aún estuviéramos y sintiéramos aquella habitación nuestra, aquel rincón, aquella cabaña secreta en la copa del árbol. Podemos pasear a solas por las calles bajo la lluvia y podemos llevar de la mano a nuestra chica o a nuestro hijo. Hay cosas que no varían con el tiempo y que, aun haciéndolo, muestran intacto su espíritu. Las lágrimas de lluvia siguen deslizándose por el cristal, por nuestra piel y por aquel rostro tierno del que nos enamoramos en silencio cobijándolo entre nuestras manos inocentes.

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