Nueva columna semanal sobre el paso del tiempo y la evolución. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Las colonias
Tan perjudicial es anclarse al pasado como desconsiderarlo para anclarse al presente. Como en el arte, es beneficioso tomar perspectiva para contemplar una visión general. Así me ha sucedido esta semana tras varias focalizado en aspectos muy concretos del presente que demandaban mi atención prioritaria, y me he detenido a reflexionar sobre una línea temporal en la que convivimos esta ciudad y la mayor parte de mi existencia. Reflexionar sobre lo que fue, ha venido siendo y tiende a ser; sobre la evolución de esta ciudad vivida desde mi perspectiva vital. El nuevo cambio de trenes y algunas conversaciones recientes con amigos me ha llevado a esta y otras reflexiones vitales. Así, me he sorprendido con un detalle que había olvidado insólitamente ya que fue un acontecimiento que me impresionó de manera considerable en su día. De pronto, he recordado los convoyes de transporte de vigas que debían cruzar por parte de la ciudad: un enorme camión escoltado por dos coches guías (uno delante y otro detrás) y precedido por la policía municipal cortando la circulación a su paso.
Su avance era tremendamente lento, eran bloques de hormigón enormes y pesados y los giros eran realmente complicados. El largo podía superar fácilmente los veinte y veinticinco metros y el ancho podía ocupar más de dos carriles actuales de coches. Podéis imaginar lo espectacular que resultaba para un chico de doce años observar aquel movimiento, máxime cuando adoraba los camiones y deseaba ser camionero. Al tirarse al suelo a jugar con sus coches y camiones, reproducía todo aquel espectáculo con sus juguetes: tráfico bloqueado por un camión tratando de hacerse paso a cámara lenta acompañado de todo aquel despliegue de seguridad. Visto desde la madurez, resultaba un traslado incluso peligroso, como casi todo lo que uno admira cuando es un chaval inocente y entusiasmado.
Pude verlos y disfrutarlos un par de veces. Con el paso del tiempo, no volvieron a pasar. Supongo que sería algo coyuntural, más bien. La ciudad era otra, claro; las calles eran más amplias y el tráfico era considerablemente menos intenso, por ejemplo. Y en tanto se abrían paso por las precarias calles estos camiones con aquellas desmesuradas vigas, los trenes azules de la serie 440 nos llevaban a Atocha y nos traían de vuelta a casa en cómodas butacas granates en las que resultaba fácil quedarse dormido plácidamente. El Seat 131 de mi padre tenía unos asientos amplios y cómodos también, parecían sofás más bien, y esto me lleva a considerar lo cómodas que, paradójicamente, eran algunas butacas entonces en comparación con lo prácticas que son hoy. El pragmatismo y la comodidad no acostumbran a llevarse bien y esto habla también del transcurso de estos años, acerca de cómo hemos pasado de la buena calidad y lo confortable a la calidad media, incluso baja, y lo práctico. Estas imágenes hablan mucho de la sociedad y del sentido en que hemos cambiado y ha cambiado la ciudad, ya claramente saturada.
Los trenes de la serie 440 circularon desde 1976 y se sustituyeron por la serie 446, los trenes actuales, entre 1989 y 1990. Aquellos rodaron durante trece o catorce años y estos, que serán reemplazados pronto por los T-100 y T-200, lo vienen haciendo durante treinta y seis años. Estos nuevos trenes son de la marca alemana Stadler, en tanto que los anteriores se fabricaron por un consorcio de empresas liderado por la guipuzcoana C.A.F. (Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles) y la valenciana MACOSA (Material y Construcciones), ambas empresas de prestigio españolas. Esta última, MACOSA, acabó absorbida por la francesa Gec Alstom y, tras varios movimientos empresariales, ha acabado siendo parte de Stadler. Seat también desaparecerá con motivo de la «reorganización» de marcas llevada a cabo por el Grupo Volkswagen, que ha impulsado la marca Skoda y sustituido los coches Seat por los Cupra. Todo esto es una imagen también de la evolución, de cómo perdemos la nacionalidad de grandes y míticas firmas constructoras. Hoy no otorgamos demasiada importancia a las marcas nacionales y todo se consume en el pragmatismo y en la economía financiera.
La perspectiva nos permite observar con claridad tanto si la vista resulta agradable como si no. De dónde venimos, por dónde hemos pasado, en qué nos hemos transformado y en qué seguimos haciéndolo. Quizá la vida ahora, que es más global, sea más minimalista y antes, que era más nacional, fuera más abierta. Hablo de las personas, de su visión y su perspectiva. Mas, como vengo expresando en diversas ocasiones, no hay una conclusión sencilla acerca de lo mejor o lo peor de los tiempos. Sencillamente, son diferentes. La ilusión de estrenar nuevos trenes es la misma y, aunque las butacas se hayan transformado en asientos, estos seguirán siendo relativamente cómodos. Quizá no tan confortables y amplios, pero sí cómodos. La vida cambia, amigos, y la sociedad, la economía y la política con ella.
Recordamos aquellos mayores de entonces, criados en la dura posguerra y educándonos en un régimen dictatorial; los bares con los suelos llenos de servilletas usadas, palillos, colillas y huesos de aceitunas, atestados de hombres adultos y humo procedente de sus cigarrillos; los maestros enseñándonos por medio de la memorización y los capones y los estrechos coches en los que logramos viajar las familias numerosas. Y no solo recordamos aquellos detalles sino cómo se han ido transformando en los años en que hemos pasado de niños a adultos y muchos hemos comenzado a perder a aquellos mayores crecidos en aquellos tiempos difíciles en los que, por otra parte, valores como el compañerismo facilitaban el crecimiento de las personas; tener un trabajo gracias a algún amigo o familiar, compartir casa de recién casados con algún hermano, hasta que pudiera buscarse la vida y ahorrar unas perras… Valores como el agradecimiento y la cortesía, que hacían una sociedad mejor y permitían a todos ir prosperando.
Pronto habrá trenes nuevos, más largos y de dos pisos, y la línea seis del Metro incorporará trenes sin conductor en un par de meses, algo que se irá extendiendo sin duda alguna a otras líneas. Cuando contemplas la trayectoria de la ciudad, íntimamente ligada a la propia, es inevitable recordar a nuestros mayores hablándonos de sus tiempos, de cómo algunos se agachaban a recoger del suelo una colilla que aún podían aprovechar, por ejemplo. Las madres cuidaban de la casa y de los niños y realizaban multitud de tareas domésticas que han permitido la estabilidad de la familia y que hoy, muchos de esos niños, tengan una cultura del hogar bien distinta a la imperante; en mi opinión, que aporta más estabilidad y mayor calidad de vida, porque esta no se encuentra en las comodidades sino en la calidad que tenga uno como persona, la madera de la que está hecho y el temple con el que ha sido forjado.
La vida es ese tren que recorre incesantemente las vías, que se actualiza en distintos períodos de tiempo, y al que cada vez más personas suben para ir y volver de un lugar a otro. La novedad de hoy es el recuerdo del mañana. Quizá no vuelva a vivir una renovación de trenes y, más difícil aún, volveré a ver alguno de eso convoyes que me apasionaba tanto contemplar con la boca y los ojos del alma abiertos como platos, observando cada detalle para después reproducir aquel espectáculo con mis coches y camiones de juguete en la alfombra del salón, esperando a que llegara mi madre al comedor, después de barrer los cuartos y el pasillo, y me dijera con cariño: «No juegues en la alfombra que está llena de polvo y además voy a barrer ahí ahora… ¿Has hecho los deberes?». Quizá no vuelva a jugar en una alfombra ni vea hacerlo a un niño. La novedad supone la muerte de las referencias con que nos hemos criado. Puede resultar cruel, nostálgico y necesario a la vez. Asumir el tiempo es asumir la variabilidad de los estados. Nada permanece inalterable y, como la perspectiva, este hecho nos permite observar con claridad tanto si la vista resulta agradable como si no. Como mi madre decía, suerte que podemos vivirlo, observarlo y contarlo. Poder hacerlo ya es una fortuna y la novedad, suponga lo que suponga y conlleve lo que conlleve, siempre trae más vida por delante.
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