Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La petanca
Aunque no es una imagen frecuente ya, aún he podido contemplar a los mayores jugar a la petanca en el pequeño parque que se encuentra frente a las pistas de tenis del Polideportivo Iviasa, a la altura del número 15 de la calle El Greco, y en el parque contiguo a la gasolinera de la Avenida de Portugal, número 80. Quiero creer que habrá más parques en donde aún se reúnan los jubilados a jugar esas partidas tan entretenidas. La imagen es la de los jubilados, pero muchos jugamos en algún momento de nuestra juventud, incluso alguna de nuestras amigas, y nos divirtió tanto que nos dejó con deseos de seguir haciéndolo.
Los años ochenta y noventa dejaron esas imágenes en los parques. Todo eran hombres, quizá porque los roles de género se encontraban muy marcados en su tiempo. Después, fueron desapareciendo esas imágenes, quizá porque pocos han ido tomando el relevo y por los prejuicios de considerarlo algo para viejos. Sí, ellos lo practican porque es una actividad de bajo impacto físico y es un modo de combatir la soledad, socializando con amigos de juego y confraternizando con alguno de ellos. También es una actividad económica y accesible, no requiere equipamientos ni alquiler de pistas ni asociarse a ningún club ni gimnasio. Y les ayuda a mantener su mente activa, además de su cuerpo. La visión de verlos jugar me agrada porque recuerda a los tiempos de chiquillo en el parque, cuando todo era más fácil: cualquier niño o niña podía acercarse a ti a preguntarte si podía jugar contigo o viceversa, y el juego solo consistía en divertirse y entretener la tarde. No había más interés que compartir el juego con alguien, pasarlo bien y tener un nuevo amigo, aunque no volviésemos a vernos. Ellos hacen lo mismo. Se acercan a mirar, igual dicen algo, comienzan a hablar, acaba dejándose oír un «oye, por qué no te sumas; mira, hacemos tripletes en lugar de parejas».
Cualquier persona de aquellos barrios en aquellos tiempos podrá hablarte de aquella imagen en el parque de la calle El Greco: un grupo de amigos jugando a la petanca y creciendo, cada semana eran más, hasta el punto de organizarse en dos o tres partidas al tiempo. Era una imagen agradable y saludable, como tantas que vivimos en aquellos años gloriosos. Es posible que muchos hayan pensado o piensen en lo terrible que sería acabar así en la vejez. No saben, en verdad, lo que se pierden. Yo solo veo envidiable felicidad, salud y sonrisas. Desearía, más bien, que se unieran las mujeres (por favor, no en partidas de hombres contra mujeres o algo similar) y que se unieran jóvenes de todas las edades. Sería agradable poder contemplar esas partidas habituales de petanca, partidas en las que distintas generaciones se unan en el juego como hacíamos de niños en el parque cuando nos encontrábamos solos o poco acompañados y veíamos a alguien con quien compartir el tiempo. La vida podría ser un poco así… sin que aflore la peor naturaleza del ser humano. Sin embargo, son imágenes perecederas que a duras penas se sostienen y es probable que sea ley natural de vida.
Existe un tiempo entre la juventud de los veinte y los treinta años y la vejez de los setenta y ochenta años, un tiempo en el que nos absorbe el trabajo y las responsabilidades, y en el que consideramos que vivir es hacer muchas cosas (cuantas más, mejor): viajar, salir por la noche, ir al gimnasio… Y está bien hacerlas, son vida en verdad. Pero en ese lapso intermedio de tiempo tendemos a estar tan perdidos en el ajetreo del movimiento y el ruido que no somos capaces de percibirlo hasta pasar los sesenta. Estaría bien que pudiéramos dedicar tiempo a detenernos en un parque a observar cómo juegan a la petanca los mayores, no digo ya participar con ellos en el juego. Sería una imagen hermosa de Móstoles, como lo fue no tan antaño.
Quizá solo utilice la petanca como imagen y hable de más cosas al hablar de ella. Tal vez haya un trasfondo en todo esto y es posible que también se añoren valores de entonces, cosas que no hemos de volver a recuperar si no es con un poco de suerte o un afortunado golpe del destino que modifique la trayectoria de la vida, la tendencia fatídica que llevamos, cubierta de galas tecnológicas y de modernidad mal entendida. Los mayores que juegan a la petanca no piensan en estas cosas mientras juegan y no hablan de temas que no sean amables y divertidos. Recuerdan a chavales disfrutando de la mañana en la mejor compañía. A veces hablan de sus cosas, pero no del mundo ni de nada que no tenga que ver con la vida sencilla en torno a esas bolas metálicas acercándose lo más posible al boliche. La más cercana suma un punto y gana quien consiga trece. La petanca es un deporte federado y se estima que el treinta y cinco por ciento de las licencias federadas pertenecen a menores de dieciocho años, existiendo entre veinte y treinta y cinco mil licencias en nuestro país. En cuanto a los aficionados sin registrar que juegan a título recreativo, se considera que pueden existir unos doscientos mil en nuestro país. Prácticamente, la población de Móstoles. Eso sí, nadie se dedica en exclusividad.
El nombre del juego deportivo procede de una expresión en lengua provenzal: pès tancats, que significa «pies juntos» y hace referencia directa a la postura estática de pies juntos que se ha de adoptar para lanzar la bola. Esa posición me recuerda a la que había que tomar para bailar el chotis. Mi madre me enseñaba en el baile de alguna boda y yo era feliz bailando con ella y sintiéndola disfrutar como una adolescente. Me pregunto si los hijos bailan ahora con sus madres y si éstas les enseñan a bailar. Hablo, claro, de bailes tradicionales, no a mover el cuerpo de cualquier manera atizado por un ritmo repetitivo. Antes se bailaba la melodía, pero quizá fue el rock el que rompió con eso, solo que no se olvidó de las melodías, que se siguieron bailando al ritmo de las guitarras eléctricas. Muchos mayores de la petanca han bailado tanto el chotis como el rock antes de perderse en los ochenta, donde, por cierto, la melodía recobró buena parte de su protagonismo y las baladas conquistaban corazones y pistas de baile.
En el fondo, es muy posible que todo tenga que ver con el grado de inocencia o, más bien, con su pérdida. Tardábamos más en perderla y esto era algo positivo porque nos llevaba a la inquietud por saber y a la experiencia sana de las primeras veces. Cada generación es menos inocente que la anterior y pierde antes esa inocencia. Sin duda, esto es un cambio sustancial en diferentes aspectos. Quizá tampoco sea frecuente ya detenerse a contemplar a un grupo de personas jugando a la petanca en un pequeño y tranquilo parque de Móstoles. Quién sabe. Lo cierto es que son imágenes que regocijan, me dibujan una sonrisa y me hacen sentir francamente tranquilo y en paz. De pronto, percibo la elementalidad de la vida, la fuente de la felicidad, observando aquellas imágenes que incorporan alguna anécdota del instante. Un día he de acercarme a jugar con ellos y dilapidar el tiempo que no tengo ahora porque lo empleo en obligaciones y otras cosas. Un día he de permitirme ser mayor.
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