Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La vivienda
Hoy lo pienso y sonrío como si escuchara a un chiquillo expresar su deseo inocente de ser astronauta, aunque este deseo esconda motivaciones nada inocentes. Dejamos atrás la adolescencia y entramos en la juventud con una energía inusitada y una sensación de independencia tan vigorosa como ilusoria. Sin embargo, son la energía y sensaciones necesarias para emprender un trayecto vital. Algo similar a la fuerza motriz inicial que requiere un avión para despegar o un tren para iniciar la marcha de un largo viaje. Esa juventud y esa sensación —a la par que anhelo— nos impulsa a desear una autonomía más completa que implica un lugar propio donde vivir y, sobre todo, donde ser, encontrarse y arraigar, crear una familia. Quizá lo común sea planear esa independencia con una pareja estable, pero es posible que esas situaciones vayan siendo menos frecuentes.
Todo llevaba un orden en tiempo de nuestros mayores. Encontrar un trabajo y conocer a una chica iban casi de la mano en un hombre, aunque el trabajo podía venir después —no mucho después— de la chica. La decisión de casarse y formar una familia en un hogar propio llegaba entre los veinte y los veintitrés años. Si no era posible el hogar, había un tiempo de compartir casa con los padres o con algún hermano o algún pariente o amigo, pero esa situación circunstancial duraba poco tiempo. Adquirir una vivienda era relativamente fácil porque había más oferta y porque la adquisición suponía invertir menos del veinte por ciento de los ingresos. Los hogares eran más entrañables porque no se quedaban vacíos sino que la mujer asumía la encomiable tarea de mantenerlos y de cuidar a los niños que pudieran vivir. Soy consciente de que este orden suena incluso detestable en nuestros días, pero no lo era entonces y tampoco lo es ahora. Siempre ha sido la base de un hogar y del orden natural, en mi opinión.
La pareja contaba con el apoyo de la familia, que ayudaba en esos primeros pasos en la creación de ese hogar propio. Era una etapa bonita y repleta de ilusión para los jóvenes. Algunos de los muebles básicos de la casa eran donados por familiares en concepto de regalo de bodas o sencillamente mostrando ese apoyo determinante. Los primeros años avanzaban con lo elemental: quizá el salón se veía sobrio y debían comer en la cocina sobre alguna mesa improvisada. Nada de eso era importante porque lo esencial era ese hogar propio y lo hermoso era partir de ese cero y crecer juntos. No necesitaban la casa amueblada al completo con los muebles, las pinturas y las decoraciones escogidas. Incluso el coche podía esperar.
Era un modo de vida que a muchos de nosotros nos trajo felicidad. En primer lugar, por tener siempre cerca a nuestra madre y, en segundo, por tener un ejemplo de integridad, esfuerzo y responsabilidad en nuestro padre. Ambos, nos aportaron el valor del sacrificio y los valores que nos impulsan hoy contra el viento y la marea que azotan estos pilares básicos.
Los tiempos actuales han barrido con menosprecio este orden. Ya van décadas en que el acceso a la vivienda por parte de los jóvenes resulta un esfuerzo titánico en el que empeñar cerca del ochenta y el noventa por ciento de los ingresos. Móstoles ya lleva un par de años en lo más alto del precio de alquiler de viviendas habiendo superado los catorce euros por metro cuadrado. Y este es el dato oficial porque la realidad habla de alquileres de casas de cincuenta o sesenta metros cuadrados que no bajan de mil doscientos euros, lo que significan al menos veinte euros por metro cuadrado. La especulación del alquiler en la Avenida de los Abogados de Atocha es uno de los ejemplos más sangrantes, aunque no el único. La «solución» del gobierno regional fue otorgar una ayuda de novecientos euros a los menores de treinta y cinco años, una ayuda infructuosa dadas la cuantía económica y las condiciones y trámites exigidos. Otra solución fue facilitar alquileres municipales a bajo precio, que multiplicaron su cuantía al poco tiempo.
Evaluar la coyuntura a vista de pájaro es relativamente sencillo: por un lado, se ha fomentado muy activamente la construcción de viviendas (Móstoles es un claro ejemplo en los últimos cinco años; véase El Soto como muestra); por otro, y ante la inaccesibilidad de los jóvenes a la vivienda, se les ofrece el alquiler, cuyo precio se ha desorbitado sobremanera. Más que soluciones parecen acciones cuyo objetivo es incentivar la subida de los precios e incrementar los ingresos de las arcas municipales y regionales, otrosí de fomentar la precariedad del alquiler frente a la accesibilidad a un hogar estable. Es decir, diríase que conviene la inestabilidad del ciudadano. Desde luego, ninguna de estas medidas enfrenta la causa verdadera de un problema evidente.
Este mes se anuncia como importante novedad y mejora en la regulación del plan denominado «Mi Primera Vivienda», la ampliación hasta cincuenta años de la edad máxima para acceder a ella. Es decir, una persona de cincuenta años puede acceder a su primer vivienda acogiéndose a este Plan de dudosa conformación y ejecución. Por supuesto, también incorpora a las familias con hijos menores de edad.
La realidad cruda es que se requiere del ochenta y el noventa por ciento de un sueldo medio alto para poder arriesgarse al alquiler de una vivienda y no digamos para la adquisición. No es una sorpresa que, en su mayor parte, los nuevos pisos en construcción estén adquiriéndose por propietarios con recursos, a fin de especular en su posterior alquiler. Uno piensa que sería fácil regular el acceso a nuevas viviendas de propietarios de una o de dos, no digo ya de tres o de cuatro. Quizá esté equivocado, incluso al pensar que un Gobierno pueda regular el precio de la vivienda y del alquiler, e incluso de las subidas del alquiler cuando el IPC sigue variable y manipulado.
Soy algo idealista en algunas cuestiones y me cuesta desprenderme de ese idealismo cuando trato de comprender de manera objetiva las coyunturas. También me cuesta entender por qué las bolsas mercantiles suben y bajan, pero los precios solo suben y lo hacen a un ritmo considerablemente más frenético que el de la subida de los salarios, bastante más moderada y reticente. El salario mínimo interprofesional se encuentra actualmente en algo más de mil doscientos euros. La media salarial de trabajos que no requieren una alta cualificación se encuentra en unos mil cuatrocientos. Piensa ahora en aquellas jóvenes parejas de aquel orden natural abriéndose camino en la actualidad. Es posible que llevaran el de muchos jóvenes actuales: quedarse en casa de los padres (creedme, son muchos ya) o trabajar ambos para que uno de los sueldos pueda pagar la hipoteca o el alquiler. Suma hijos y podrás entender la vida con la que han de bregar muchos habitantes de Móstoles, ciudad ejemplar en crecimiento y desarrollo, y muchos habitantes de la región madrileña.
La vivienda no es solo un derecho constitucional sino una obligación moral de cualquier sociedad avanzada que se precie. Sin embargo, mientras una mano especula, dispara los precios y no regula leyes para evitar la piratería y el abuso, la otra concede ayudas para el acceso a las viviendas, tanto en régimen de alquiler, mayormente, como de adquisición, en menor medida. Las ayudas, pese a lo que puedan parecer, no solucionan problemas. Solo son ayudas y, desde hace varios años —permítaseme decir—no están, en realidad, destinadas a los propios, a los ciudadanos nativos y con arraigo nacional.
Cuando miro en perspectiva la evolución de esta ciudad, pero también y sobre todo la de esta región y este país, percibo con claridad el completo derrumbe de todo orden pasado, la pérdida abrumadora de cualquier derecho pasado y el espeluznante arrasamiento de cualquier mínimo índice de calidad de vida. Y me disculpo por el tremendismo porque siempre puede encontrarse algún brote y alguna flor abriéndose paso en el asfalto y entre los adoquines, pero sabemos, por ejemplo, que la construcción de viviendas no tiene como objetivo facilitar hogares sino generar ingresos a una ciudad y, colateralmente, atraer votos.
Soy consciente, asimismo, del incremento anual de la población mundial, que crece a un ritmo aproximado del 0,9% y que ronda los ocho mil trescientos millones de habitantes, actualmente (era de unos tres mil setecientos millones en 1970). Esto implica un incremento de la necesidad de recursos. Para hacerse una idea, se estima que más de sesenta países (entre los que se encuentran China, Japón, Italia y España) han superado ya su pico de población (número máximo de habitantes). La población de Móstoles aún sigue creciendo en progresión geométrica y se encuentra cerca de los 215.000 habitantes. Nuestra vecina Alcorcón se encuentra cerca de los 176.000 habitantes y Getafe en torno a los 195.000 habitantes. Los tres municipios rondan cerca de los seiscientos mil habitantes. Cifras de población bastante descomunales. Así pues, parece razonable la necesidad de incrementar la construcción de viviendas y, por consiguiente, incrementar las infraestructuras. Ahora bien, el precio del crecimiento y el desarrollo es elevado. Una familia requiere dos salarios o uno considerablemente alto para subsistir y considerará seriamente la idea de tener hijos o no tener más de dos, sobre todo si los precios siguen disparándose de manera desbocada y el acceso a una vivienda sigue acercándose a la utopía ante la complacencia de todos.
El orden establecido en los tiempos a los que me refiero facilitaba acceder a una vivienda, quizá pequeña en un inicio, y facilitaba crecer; permitía prosperar en el trabajo, ganar algo más de dinero, tener un hijo más, adquirir una casa algo más amplia, cambiar el coche porque se hacía estrecho para seis personas. En cierto modo, cabía esa ilusión en prosperar, en crecer. Había fe en que las cosas fueran yendo mejor para la familia con algo de sacrificio, con esfuerzo y trabajo. Y así era.
El cambio de siglo solo ha traído desorden y caos, y las familias, cada día más uniparentales y si llegan a darse, pues el individuo cada día camina más solo y aislado, siquiera tienen tiempo de calidad que dedicar a sus hijos. ¿Catastrofista? Quizá pueda pensarse, pero cabe reflexionar en cuánto de esto no es una verdad que se extiende sobre papel absorbente como una enorme mancha de tinta.
Nadie abordará el problema real de la vivienda y la sociedad se ve abocada, cada día más, a la supervivencia del individuo. Yo lo llamo desorden y lo llamo caos, pero quizá no sea más que un nuevo orden, y el marketing ha demostrado que todo lo que incluye la palabra «nuevo» se asimila como «mejor», desvirtualizando así la cruda realidad.
*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o de las imágenes propias que aparecen en este artículo. Suscríbete gratis al
Canal de WhatsApp
Canal de Telegram
La actualidad de Móstoles en mostoleshoy.com











