Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los centenarios
España vivía bajo la dictadura del general Miguel Primo de Rivera en 1926, instaurada tres años antes con el apoyo del rey Alfonso XIII. El 28 de enero de 1930 el general si vio obligado a presentar su dimisión al rey y se trasladó a París, donde murió solo apenas unos meses después. El general Dámaso Berenguer asumió la jefatura del Gobierno militar de excepción («dictablanda») hasta que el catorce de abril de 1931 se instauró la Segunda República y el nueve de diciembre se aprobó la Constitución. José Antonio Primo de Rivera, hijo del primer dictador, fundó la Falange Española el veintinueve de octubre de 1933. El catorce de marzo de 1936, a raíz de un atentado y tras arrestar a su fundador, la organización fue declarada ilegal acusada de cometer actos violentos y de tenencia ilícita de armas. La Guerra Civil estalló en julio con el golpe de Estado iniciado en el norte de África y liderado por el general Francisco Franco. José Antonio Primo de Rivera fue fusilado por la Segunda República en noviembre y su muerte fue silenciada por el alzamiento durante dos años, refiriéndose a él como «el ausente» durante ese período. Tras su victoria en 1939, el general Francisco Franco instauró un régimen autoritario y totalitario que se extendió en el tiempo hasta su muerte en 1975. La Falange Española dejó de existir formalmente el 19 de abril de 1937, siendo fusionada con los tradicionalistas y otras fuerzas del bando sublevado en la creación de un partido único (FET y de las JONS).
Tras la muerte de Franco se instauró la actual democracia constitucional y el país comenzó a experimentar cambios económicos, sociales y políticos de tremenda relevancia. Los años ochenta llegaron en este contexto. Aquellos que nacieron en 1926 se encontraban en la denominada edad de la sabiduría, pasados los cincuenta años. Ellos vivieron esa historia de manera pormenorizada y sobrevivieron a todo tipo de cambios y situaciones de distinta índole. Sin duda, los ochenta debieron suponer una bocanada vital de aire fresco para ellos. Móstoles los busca ahora, a sus vecinos centenarios, a aquellos que han atravesado esos tiempos y aún caminan por nuestras calles, que han vivido dos repúblicas, dos dictaduras y una democracia, y continúan formando parte de nuestra sociedad habiendo sobrevivido a tantos años de Historia y a tantas experiencias vitales y emociones; los busca para homenajearlos durante la III Semana del Mayor, un acto sin duda histórico en el municipio y cargado de significación.
Es agradable que una ciudad rinda tributo y abrace a sus mayores, máxime a los que tienen tanto que contar y de los que hay tanto que aprender. Son las personas que pueden hablarnos de nuestra Historia y de nuestros orígenes, el colectivo que transmite el conocimiento y la experiencia a un pueblo, que encarnan su sabiduría, al fin y al cabo. Pocas ciudades rinden homenaje a sus mayores cada año. Claro que lo importante son los cuidados y la atención que reciben cada día, pero me parece de extrema importancia que una ciudad focalice su atención anualmente en sus mayores, honrando a sus centenarios y organizando talleres, encuentros y actividades físicas y lúdicas específicas para ellos.
Una de las más gravosas consecuencias de la edad es la desconexión paulatina del individuo con el entorno, con los tiempos y con la sociedad modernos, y con el mundo en general. Se acusa el cansancio de la vida y el doblegamiento a sus intempestivos golpes. Sentidos como la mirada y la comprensión se van cerrando, también como mecanismo de defensa, y la soledad va desgastando el alma, no solo por la ausencia de compañía sino por la pérdida de todo cuanto se ha ido amando. A esa desconexión propia, originada desde el interior, cabe añadir la ajena, la que procede del exterior, de «los demás». El presente va desprendiéndose sibilinamente de las personas a medida que su edad suma años, como si solo estuviera interesado en los jóvenes de veinte años y tal vez algo en los de treinta en según qué ocasiones. Las empresas, la sociedad, el mercado (que hoy influye como nada en nuestra existencia) y las políticas van dejando de interesarse en aquellos que caminan hacia la edad de la sabiduría y aún más en aquellos que han traspasado esa edad y alcanzado esa sabiduría. Incluso Sanidad los va relegando, restando prioridad a sus dolencias y patologías. Así nuestros mayores sienten la soledad por partida doble, abrumándolos y aislándolos.
Sé que no son todos los casos, pero sí los frecuentes. No es necesaria la ausencia de compañía para sentirse solos y, aún peor, incomprendidos. De ahí que las actividades municipales orientadas a atender a los mayores en sus necesidades, tanto alimentarias como físicas, intelectuales y emocionales, produzcan tanta satisfacción social. Nuestros mayores desearían hablar y desearían ser escuchados. Si aún no has interiorizado este hecho, lo harás con la edad. ¿Y quién está dispuesto a escuchar?, ¿con quién podrían hablar de tantas y tantas cosas? De la Historia que han atravesado y de las historias que han vivido, de su trayectoria vital y de sus recuerdos. ¿Con quién podrían compartir risas y tristezas?
Qué bueno resulta que, al menos, puedan también tener su Semana, una semana dedicada a ellos, porque lo merecen. Y Móstoles lleva tres años manteniendo esta iniciativa que trata de superarse cada año un poco. Viene siendo así, al menos en los últimos años: empeñándose en ir aportando cada año una variable de mejora en las actividades que instaura y mantiene. No considero que esta, en concreto, sea una más. Desconozco si tiene motivos políticos, sociales o humanos, pero es una actividad (una labor) esencial en el municipio. No solo ésta, la Semana del Mayor, sino todas aquellas destinadas a hacer de la vida de los mayores una existencia valiosa y satisfactoria, para ellos, para quienes los cuidan y protegen y para el resto de la sociedad. El encuentro de los jóvenes con los mayores resulta enriquecedor, se han dado actividades de carácter privado este año en colegios de nuestro municipio, como las llevadas a cabo por los alumnos de segundo de la ESO del Colegio Villa de Móstoles con los mayores de la Residencia municipal de Mayores Juan XXIII. Quizá las colonias urbanas, por citar un ejemplo, podrían incluir una actividad similar, tener un día o varios en los que puedan encontrarse e interactuar generaciones tan distantes y dispares. Fomentar el diálogo, la comprensión y la colaboración entre ellas. Sería algo grande mantener ese hábito hasta convertirlo incluso en tradición en distintos ámbitos. Iniciativas de estos calados son las que hacen grande, y no de tamaño, a una ciudad como Móstoles. Mi ciudad.
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