Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los lápices

Hace tiempo que no los utilizo más que de una manera muy esporádica. Mi juventud los sustituyó enseguida por los portaminas —qué nombre curioso éste— del cero cinco y mi madurez por los del cero siete. Sin embargo, aún conservo muchos de ellos, algunos usados y otros aún nuevos, y los tomo en mi mano para sentirlos e incluso me atrevo a dibujar con ellos unas palabras o algunos trazos que proyecten un objeto o una idea.

Los lápices hablan de una vida social determinada en un tiempo específico. Mi inicio en el colegio se produjo con el lápiz como única herramienta de escritura. Tenía seis años y cursaba primero de E.G.B., el curso en el que aprendíamos a leer y escribir, el comienzo de todo. Practicábamos la caligrafía en los cuadernos Rubio y era obligatorio el uso de cuadernos (generalmente grapados) con margen y doble línea. Con ellos aprendíamos a respetar el margen izquierdo y a trazar perfectamente la caja de las letras. Escribíamos con lápiz para poder borrar los errores y porque no estábamos preparados para usar el bolígrafo. Escribir parece una tarea sencilla ahora, pero no lo era antes. Había normas y había penalizaciones y castigos por no cumplirlas, otrosí de afectar a las notas. Con el margen izquierdo rojo era sencillo respetar el inicio de las líneas, pero también había un margen superior, uno inferior y uno derecho. Muchos caían en los márgenes derecho e inferior al apurar la hoja, y eso suponía un fallo garrafal. Otros, o los mismos, se salían de las líneas de caja y las líneas de su escritura se arqueaban caprichosamente como combas peleándose; otros, igual apuraban tanto el margen derecho que dejaban una letra sin acabar. No era fácil hacerlo bien con seis años, pero sí lo era para mí y yo disfrutaba. Mi padre siempre nos mantuvo por delante de las clases del colegio, por lo que algo había practicado ya en casa. Él numeraba las hojas del cuaderno para evitar que yo las arrancara y alguna vez me vi en serios problemas con él para explicar que era la profesora quien la había arrancado del cuaderno.

Se puede decir que, entre unas y otras cosas, la presión en el acto mecánico de la escritura la tuve desde bien temprano, hasta el punto en que con diez años mi padre me obligaba a cumplimentar caligrafías con una antigua estilográfica con plumín de grosor ancho, lo que dificultaba mucho no emborronarla, ya que mi escritura —ahora lo sé— requiere un plumín extrafino. Además, aquella estilográfica no incorporaba los sistemas actuales de precisión para que la tinta no salga a borbotones o «se desangre».

A mitad de segundo curso de E.G.B., la profesora decidió por primera vez quién podía comenzar a escribir con bolígrafo. Aquel era un paso importante, quizá tanto como el resultado de una evaluación (otra palabra precisa) y no esperábamos demasiado resultar elegidos pues eran realmente pocos los que conseguían esa autorización a esas alturas de la enseñanza. Después irían permitiendo progresivamente a todos escribir con bolígrafo, pero esa primera vez resultaba uno de los momentos más decisivos en nuestra vida inocente. Solo se permitió este privilegio a tres de los treinta y seis alumnos que debíamos ser y me sorprendió ser uno de ellos. Me emocionó tanto que entré en casa dando a gritos la noticia a mi madre, que no parecía muy sorprendida, absorta probablemente en los miles de quehaceres y obligaciones domésticas. A decir verdad, más emocionado que gritando porque a no gritar nos enseñaban desde bien temprano.

Así comencé a utilizar el bolígrafo azul de punta gorda. Los lápices no quedaron atrás, seguíamos utilizándolos incluso en los cursos posteriores. A partir de sexto o séptimo, ya en el colegio Balmes, los utilizamos a menudo en las clases de dibujo, que me apasionaban al grado de sentarme a dibujar en los recreos. Años después, descubrí lo mucho que tenían que ver ambas disciplinas, la escritura y el dibujo, y comencé a asociarlas.

Las clases de manualidades de los primeros cursos requerían el uso de lápices y pinturas; descubrir éstas supuso un paso más allá en la pasión por los lápices, que ya no eran solo una mina gris de grafito y arcilla sino que podían dar color a cualquier dibujo. Había cajas de doce y cajas de veinticuatro y de treinta y seis. Lo normal era la de doce, por mera cuestión práctica y económica. A mí me gustaba cuidar las cajas, las pinturas y los lápices con extrema delicadeza. Mi padre me había enseñado también a cuidar de los lápices: no sacar punta si no es estrictamente necesario, no dejarlos caer al suelo y no apretarlos contra la hoja al escribir. Por extensión, se aplicaban a las pinturas estas tres premisas. Es fácil pensar que esta última, la de no apretar la mina contra el papel, ha influido de manera determinante en mi manera de escribir. Nunca he sido de perforar el papel al hacerlo y la escritura requiere delicadeza.

Sacar punta al lápiz era un momento apreciado y diría que especial. A veces jugábamos a sacarla de manera que la viruta no se rompiera. Dependía no solo de la habilidad personal sino del sacapuntas que tuvieras, y la mayoría teníamos uno sencillo de plástico. Se forman preciosas formas con la viruta enrollada y más de una vez pensé en hacer alguna manualidad con ellas, pero son tan frágiles… También adoraba verlas caer a la papelera como si nevaran de un cielo invisible, acaso del cielo de los lápices.

A los trece años ya había decidido aspectos claves de mis utensilios de escritura: utilizaba bolígrafos de punta fina y de tinta negra. Quizá parezca ahora algo baladí, pero entonces resultaba algo revolucionario y yo sentí trascendental aquella decisión por resultarme un asunto identitario. Igual que el uso de tinta verde en lugar de tinta roja en el bolígrafo complementario o el uso de hojas lisas, sin líneas, cuadros ni márgenes.

El problema que teníamos con el lápiz era siempre el mismo: los trazos se difuminaban al apoyar sobre ellos la palma de la mano para escribir en una hoja ya escrita, bien para cumplimentar o para hacer alguna corrección, y el tiempo también acaba borrando las letras. De hecho, una técnica de dibujo se fundamentaba en esos difuminados con el dedo o con algodón.

Hoy han cambiado mucho las cosas. Quizá ni siquiera se utilicen apenas los bolígrafos. El lápiz ha quedado relegado y algo olvidado, es posible que ni los carpinteros lo utilicen ya. Siempre ha sido un instrumento entrañable para mí y estos días ha venido a mi mente al contemplar Móstoles en el recuerdo. Pensaba en Móstoles aprendiendo a escribir con lápiz, los mayores aplicando normas de escritura para que la caja de las letras sea uniforme, las líneas de escritura sean rectas y paralelas y se respeten los márgenes de las hojas. La ciudad en los años ochenta y noventa escribía ya con bolígrafo, es posible que azul de punta gruesa, y el rojo, e incluso utilizaba ceras y tizas de colores. Así vamos creciendo y evolucionando todos, definiendo nuestro estilo con más o con menos conciencia y alcanzando cada presente como si diéramos un paso más hacia algún punto ignoto del futuro, que es el anónimo que queda siempre delante, fuera del alcance de nuestra vista, pero aparentemente a la mano de nuestros sueños y temores.

Hoy no son importantes los lápices ni los bolígrafos, ni siquiera aprender una caligrafía y escritura sobre el papel correctas. No parece que nadie se preocupe demasiado de eso porque ya está la tecnología en todas sus facetas ocupándose de «facilitarnos» la vida en estos y otros asuntos y menesteres. Sin embargo, la escritura supuso el mayor salto evolutivo de la Humanidad y no es un asunto despreciable mantener nuestra capacidad manual de realizarla y de hacerlo bien. La letra, la ortografía, los espacios, los márgenes, la alineación… forman parte de un preciado bien cultural. Así nuestra ciudad, igualmente. Está bien adaptarse a los «tiempos modernos», pero no deberíamos pagar el alto coste de los valores más humanos.

Desearía que la ciudad escribiera con una hermosa estilográfica y tuviera un letra elegante y clara; desearía que aún mantuviera el uso del lápiz para los que han de aprender a escribir, pero también para los que ya saben hacerlo, y que los maestros fueran tan firmes como empáticos con el más difícil de los alumnos, igual que con el resto, pero poniendo mayor atención en él pues es quien más apoyo necesita.

En fin, sueños y suspiros de quien comenzó a escribir con lápiz y vuela con las plumas. Hay muchos elementos que hablan de nuestra historia, de quiénes somos y de nuestra trayectoria. Todos ellos nos son comunes y forman parte inherente de nuestra ciudad también, de un Móstoles que ha ido escribiendo su historia y aún sigue haciéndolo, en cada época con unos utensilios de escritura y una caligrafía diferentes. Y los lápices son uno de esos elementos entrañables que pasan desapercibidos a primera vista, pero que hablan mucho y con cariño de cada una de nuestras vidas.

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