Nueva columna semanal sobre un tema importante para la sociedad actual y futura. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los mayores
Una sociedad se mide por la manera en que cuida a sus ciudadanos mayores. Esta es una máxima conocida. La calidad de una sociedad se refleja en el respeto, atención y cuidados que les brinda, así como en la dignidad y el bienestar emocional, físico y social que les procura. Cuidar a las personas mayores no solo debe ser un deber moral sino un reconocimiento a su contribución al desarrollo social. Sin embargo, la cultura que se respira a pie de calle nada tiene que ver con este principio básico de lo que, a mi parecer, muestra en esencia lo que es una sociedad avanzada.
Por desgracia, resulta sencillo ver imágenes de este calibre: madres arrollando a personas mayores para pasar por una puerta antes que ellos, metiendo prisa a sus hijos, que normalizan el comportamiento, personas paseando a perros permitiendo que estos se crucen con los ancianos y obstaculicen su paso y vehículos impacientes con la conducción de nuestros mayores. Nadie se aparta al paso de nadie, algo inaudito y más propio de zombis que de personas atentas, pero aún menos ante el paso de personas de avanzada edad. Quizá mi educación fuera distinta de niño. Seguro que lo fue, en realidad. Nos repetían advertencias continuamente: pide las cosas por favor, cede el paso y ayuda a los mayores, da las gracias… responder bien, no correr ni jugar en lugares públicos como hospitales, bancos, etc. Sí, eran muchas normas, pensarán ahora un gran número de personas, convencidas de que las normas cívicas son innecesarias y forman parte de un pasado casposo. Sin embargo, esas normas respondían a valores. Las personas se prestaban ayuda, había amabilidad y respeto. Caminaban por la calle sin un balón ni un perro enredándose entre las piernas, sin empujones de niños malcriados y sin topar con quien no cede el paso.
Las salas de espera de los hospitales parecen mercadillos. Personas hablando a gritos por teléfono o entre sí, distrayéndose con videos en el teléfono a un volumen considerable o incluso escuchando clases de inglés que todos puedan oír. Incluso enfermeras y médicos que arrasan con todo a su paso y niños corriendo por el pasillo sin recibir la más mínima reprimenda por parte de sus padres ni de nadie. Lo mismo en mercados, en entidades bancarias o en comercios (en los que ya puedes encontrar incluso perros, así se trate de un comercio que expende alimentos).
Contemplo esta sociedad en perspectiva tratando de ser indulgente, de no dejarme llevar solo por lo negativo, reconociendo que también había fallas en la sociedad de mi infancia, que también podías encontrar a personas incívicas, y acabo por reconocer esa diferencia entre encontrar a personas incívicas en una sociedad a encontrar una sociedad asilvestrada. Cierto es que no podemos afirmar que una u otra sean mejores o peores sociedades pues no ha lugar a la comparativa por infinidad de razones. Sin embargo, sí podemos reconocer que nuestra pasión por la libertad nos ha llevado al libertinaje, así como el capitalismo más voraz nos ha transformado en seres solitarios, competitivos y desnortados. La unión ya no hace la fuerza, ahora la fuerza la hace la desunión. Así parece ser. ¿Quién lleva la peor parte en toda esta amalgama de sinrazones? Las personas mayores, aquellas que, tras más de cuarenta o cincuenta años trabajando, alcanzan el momento de descansar y de disfrutar del tiempo, nuestro mayor y más preciado capital.
Me gustaba verlos jugar a la petanca en los parques (aún puede verse la escena en algún parque). Me gustaba verlos disfrutar con los nietos más de lo que pudieron hacer con sus hijos, claro que no era consciente de lo que esa escena escondía a veces: niños con más abuelos que padres y padres desentendiéndose de sus hijos. Algunos nos fijábamos mucho en los mayores, en cómo vestían, cómo hablaban, cómo se movían o qué decían. Me llamaba mucho la atención, por ejemplo, que se limpiarán con una servilleta al comer cuando no se habían manchado. No pude escuchar historias de mis abuelos porque murieron demasiado pronto, pero me gustaba escuchar las historias que sobre ellos relataban mis padres y me gustaba escuchar a los abuelos y a los padres de mis amigos. Nunca escuché a ningún compañero o amigo hablar mal de los mayores ni tratarlos de manera irrespetuosa. Rememoro ahora aquellas sensaciones de niños y concluyo en que éstas eran de respeto, suponían para nosotros una entidad que inspiraba respeto. Su sola presencia era más que suficiente para comportarnos y su ausencia nos hacía reconsiderar lo que podía suceder si llegaban a enterarse o aparecían de improviso.
También había amor y cariño. Rozar sus manos o sentir su abrazo era algo verdaderamente emocionante. Resulta inusual observar esas escenas, aunque de seguro seguirán aconteciendo si bien no de manera tan regular. Quizá los padres hoy están a otras cosas; al móvil, al trabajo, a las cervezas con los amigos, a sus aficiones o a su vida en libertad. Puede sentirse esa desconexión de los padres con sus hijos. Lo normal era la necesidad de desconectar de los padres, quizá hoy ni siquiera tengan necesidad aparente de conectar. Los padres no están interesados en si un niño se abalanza con su bici sobre las personas que caminan por una acera o si dan un golpe a un anciano o arrasan a su paso con todo lo que se cruza. Los padres están a sus cosas, no a la de sus hijos. Así me parece a veces. Por fortuna, no puedo generalizar de manera absoluta, solo hablar de lo que se percibe a pie de calle. Hace poco vi a una madre jugar con sus hijas y sus amigas a un juego de hace muchos años. Las observaba desde la cafetería en que me encontraba y no podía evitar sonreír. Sé bien por algunos amigos y conocidos que hay padres que inculcan valores a sus hijos y los educan en el respeto y los buenos modales. Igual puedo observarlo en ocasiones con desconocidos y es de agradecer.
Nuestros mayores tienen la sabiduría que otorga la experiencia y el conocimiento. Saben de la vida y han dado la suya por darnos un futuro y un espacio en el que convivir, por enseñarnos a comportarnos en sociedad, por darnos unos estudios, una casa y una manutención, y por procurarnos una vida siquiera algo mejor de la que tuvieron. Muchos de aquellos hijos desatendieron esas lecciones, otros procuramos aprenderla (entonces como cada día) y trasladar esa cultura de convivencia a la siguiente generación y a las personas que nos rodean. Es posible que, de todos modos, sea una lucha perdida o más bien una lucha que permanece en el tiempo y en la que unas épocas ganan unos y otras ganan otros, pero en la que, en todo caso, pierde la cultura y la sana convivencia.
Nuestro mayor tesoro, el conocimiento y la experiencia, lo tienen los mayores. Solo eso es suficiente para valorarlos y cuidarlos como corresponde y agradecerles con nuestro respeto, esfuerzo y consideración cuanto han hecho, cuanto siguen haciendo y cuanto nos dejan en herencia de buen ejemplo. Así, en mi opinión, es como se desarrolla de manera sólida una sociedad de calidad.
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