Nueva columna semanal sobre un tema de rigurosa actualidad en la sociedad. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los perros
La ciudad y los perros, esa difícil convivencia. Asilvestrarse la ciudad o domesticar a los perros. La convivencia fue sencilla al principio. Pocas personas tenían perro en la ciudad y no parecía existir problema alguno de convivencia. Aunque no siempre, parecía común cuidar de que los perros no orinaran en las ruedas de los coches ni hicieran sus necesidades en medio de la calle. Procurar que no molestaran a otras personas era un buen hábito igual. Existían otros valores, había respeto hacia los demás y unas prácticas de convivencia. Claro que había excepciones, pero comportarse adecuadamente bajo esos preceptos era lo habitual. Ahora bien, por algún motivo que personalmente hilo, aunque no de manera única, con la individualidad y la soledad que promueven y producen las sociedades capitalistas, acoger un perro en casa se ha convertido en un símbolo de estatus y en una imagen personal de bondad en el siglo XXI.
Tener una segunda casa en los años ochenta facilitó el crecimiento de muchos pueblos rurales y fue la imagen más nítida de la sociedad del bienestar unida a la tradición de viajar todos los veranos a la playa o a algún lugar exótico. Se incorporó enseguida a esta imagen la renovación del parque automovilístico. Los chicos presumíamos de las vacaciones y del coche nuevo que se había comprado nuestro padre. Así fuimos creciendo aquellos chicos y las madres comenzaron a aprender a conducir, el segundo vehículo se incorporó pronto a las familias como símbolo de prosperidad. Segundo coche, segunda casa… y los perros, que vinieron a sustituir masivamente a los canarios y los periquitos de los años setenta. El afán de tener un perro en casa se ha extendido de tal manera que ya no resulta suficiente para destacar entre el resto (¿será acaso esta la razón?) sino que ahora se tienen dos y tres perros aunque se viva en un piso de sesenta metros cuadrados. Incluso pueden convivir con dos o tres gatos, de los que podríamos hablar en otra ocasión.
Tanto han proliferado los perros en los hogares que —eso sí, tras varios casos de agresiones muy graves incluso a niños— ha habido que aprobar leyes para llevarlos atados, para asegurarlos con daños a terceros y para recoger sus excrementos de la calle. Leyes que se incumplen de manera sistemática sin mayor consecuencia. A este hilo (permítaseme la malicia jocosa), cabría preguntarse si el llamado Impuesto de Basuras no debería recoger también el número de perros que residen en una casa, además del número de personas que habitan en ella.
Todo fue yendo en cierto orden inicialmente, pero la disciplina y la responsabilidad no duran demasiado por desgracia, otrosí de otras causas que están llevando a la sociedad a una total falta de valores y de respeto por el prójimo. Hay mucha semejanza de los perros con los niños en estos problemas de convivencia que la mayoría podemos apreciar en el día a día. No cabe esperar que un dueño aparte al perro para que no moleste a un viandante ni cabe esperar que los padres llamen la atención a un niño cuando no deja pasar a los mayores o está molestando con sus juegos. Se tiene la sensación de que hay una mayoría convencida de que educar es dejar que ambos (niño o perro) campen a sus anchas sin ningún tipo de ley y hagan cuanto deseen, como deseen y en el momento que deseen, sin consecuencia alguna. Es más cómodo así porque los mayores se despreocupan de sus obligaciones y se piensa que todos resultan favorecidos con la libertad (padres, niños y perros). Pero lo cierto es que existe una gran diferencia entre la libertad y el libertinaje, entre la convivencia y el egoísmo más frívolo y entre lo colectivo y la individualidad, y resulta penoso vernos avanzar en las segundas convencidos de que todo es válido y de que el problema reside en los demás.
Perros que caminan sueltos y dueños pisando los jardines para que su perro paseé por ellos bajo el pretexto baladí de su cuidado emocional cuando en realidad lo hacen para no recoger los excrementos, son otra muestra de la despreocupación por los demás y por lo colectivo (y, dicho sea de paso, por la vida vegetal). Hay personas a las que no les gustan los animales o que no desean al perro encima o incluso lo teman. Existe una desconsideración hacia ellas, que además son vistas como malas personas o seres inhumanos. Pues sí, uno no es mejor persona por tener un perro ni por tener tres y, además, cinco gatos, y el resto no son peores personas por no tenerlos o por no desear tener a uno cerca. Tampoco han de apartarse los viandantes al paso de un perro sino que es el dueño quien debe procurar apartarlo para no molestar al prójimo y educarlo. Igual que no puede permitirse que orine en las puertas de los comercios ni dejarlos atados a su entrada en tanto se realizan las compras. Son los valores de convivencia y respeto que se han perdido de una manera más que preocupante y los hábitos de esta sociedad apuntan a su definitiva pérdida.
Pasear por algunas calles de la ciudad se hace verdaderamente desagradable al ir pisando los restos de orines de varios días en las aceras que desprenden un desagradable hedor, máxime en los días calurosos; orines de los perros de los propios residentes en esa calle. Valga como ejemplo la calle del Río Guadiana por la que hube de transitar recientemente, pero sin duda otras calles de la ciudad sufren igual muestra de incivismo. Y no solo orines sino que también es posible encontrar más de un excremento en medio de la acera e incluso en la entrada a los portales.
Por supuesto, hay muchas personas respetuosas en este sentido que, lejos de caer en la desidia y la dejadez, son conscientes de sus obligaciones y responsabilidades. En lo general, nuestras obligaciones y responsabilidades suelen ser mayores y más esenciales que nuestros derechos. Reflexiono ahora, por ejemplo, en los carteles de «no pisar el césped» y en los vallados bajos que rodeaban los jardines para preservarlos de pisadas. Hoy, más necesarios que nunca, ya no existen. Quizá hayan desaparecido juntos con las normas básicas, escritas y sobreentendidas, de convivencia y respeto. Ya no guardamos silencio en las salas de espera de ambulatorios y hospitales, la libertad de nuestro perro está por encima de la libertad de los demás y cada uno puede hacer cuanto le place sin considerar la presencia de nadie. Esta es la sociedad que viene desarrollándose y en la que se «educan» las nuevas generaciones. La mejor recomendación sería recapacitar bien antes de entrar un perro en casa, que, como los niños, son para siempre y conllevan responsabilidad y obligaciones. La sociedad somos todos y la convivencia se fundamenta en el respeto y en los valores.
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