Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los quioscos
Hay recuerdos de niño que me llevan a los domingos. Eran días diferentes al resto y el mundo entero parecía cesar su actividad para permitirnos disfrutar del día. Podíamos salir a pasear y, con mucha suerte, conseguir que alguno de nuestros padres nos diera un par de pesetas o incluso un duro o nos comprara algo en el quiosco del barrio. Quizá soldados o un coche desmontado de plástico cuyos elementos debías separar de la malla a la que venían unidos para montarlo o para jugar con los soldados, o tal vez un tebeo de Mortadelo, de Zipi y Zape o de la Rúe, más modernos, o de Roberto Alcázar y Pedrín, con más solera. Nunca los domingos se han gozado tanto, en mi opinión, ni el tiempo ha transcurrido con tal parsimonia en ellos. Después nos vinimos a Móstoles, que era como trasladarse a vivir al campo y nos parecía estar en medio de una nada haciendo lo posible por mudar en algo. Las calles comenzaron a tomar forma enseguida y pronto se inauguraron quioscos en todos los barrios. Cada uno de nosotros guarda en el corazón una huella trascendental de al menos uno o dos quioscos que frecuentaba semanalmente o incluso a diario. Mi quiosco se encontraba en la Calle Españoleto y estaba regentado por una familia que vivía —años más tarde supe— en el número 16 de la Calle Miguel Ángel. Solía atender el padre, un hombre serio y callado, de rostro imperturbable. Me gustaba pasar por el quiosco a ojear lo que tenía, sobre todo las revistas (la Súper Pop, la Teen, la Vale, la Pronto o incluso la TP (Teleprograma) o la Teleindiscreta), pero también las revistas de coches, los coleccionables y los tebeos. Los periódicos se encontraban al pie de la ventanilla por la que nos atendía aquel hombre tranquilo y reservado, rodeado de chucherías como los chicles Cheiw, los Kojak, los Peta-Zetas y un sinfín de golosinas que nos entusiasmaban. En una de las repisas de la estantería que tenía tras de sí guardaba el tesoro más preciado, si cabía: los cromos. Había chicos que llevaban un taco tan grande de cromos que no podían ni guardarlo en el bolsillo y apenas podían manejarlo para mostrarlos en el intercambio: sile, sile, nole.
Coincidió que la ruta 4 del colegio Balmes tenía una parada en ese quiosco y la siguiente en el cruce de la calle Velázquez con la calle Goya. Ambas paradas quedaban a escasos dos minutos de mi casa, pero habitualmente tomaba el autobús en esta última y me bajaba en la del quiosco. Varios amigos y compañeros comenzaron a hacer lo mismo, así que era inevitable ojear el quiosco, a veces buscando algo concreto, como un sobre de cromos en el que alguno estuviera interesado o la portada del Interviú. Podía darse que yendo juntos alguien hubiera encontrado cinco duros. Entonces, había quien se los quedaba y había quien se ponía a discutir si él los había visto y el otro los había cogido o si, en realidad, era una moneda de todos y lo suyo era comprar chucherías y repartirlas equitativamente entre nosotros. No podíamos entretenernos mucho porque nuestras madres nos regañaban, así que volvíamos enseguida a casa.
Era frecuente reservar las revistas semanales o mensuales. Y, ya más adolescentes, nos acercábamos a preguntar si había llegado el último número. Los quioscos eran una parte vital de nuestra existencia. Incluso el malote y alguna malota se acercaban a comprar a escondidas (por más que se esforzaran en disimular) un paquete de tabaco. Vistos desde abajo cuando éramos niños, los quiosqueros ostentaban una figura de alguna manera paternal y respetable para nosotros, como alzados en un trono al que apenas alcanzábamos de puntillas para pedir un regaliz negro, uno rojo, un chicle de fresa ácida y otro de clorofila. Eso podían ser seis pesetas antes de que el Cheiw subiera a un duro. Nos sobraban cuatro pesetas, así que podíamos añadir un chiche de fresa y otro de menta, para abarcar casi todos los sabores. Los Chupachups y los Kojak estaban a un duro ya. Así eran nuestras cuentas apenas caía una moneda en nuestras manos inocentes.
Desde aquellos primeros años y a lo largo de los siguientes, vimos envejecer al quiosquero y a su mujer y conocimos a su hijo, que comenzó a estar cada día más presente. Tampoco tardamos en conocer a su novia, que acabaría convirtiéndose en su mujer. El mundo me parecía tan perfecto y amable en esas imágenes que siquiera contemplaba la posibilidad de que aquello pudiera cambiar nunca, más que para dar sitio al nieto del quiosquero, ya hecho un mozo y ayudando a su padre cada vez más habitualmente hasta relevarlo siguiendo una ley de vida natural. Sin embargo, los quioscos fueron desapareciendo con la llegada de la tecnología, que todo lo arrasa de continuo como un virulento fuego incontrolado e inextinguible. Ni siquiera llegué a saber si hubo algún nieto. Casualmente y ya en la madurez, descubrí que vivían allí, en el dieciséis de la calle Miguel Ángel, porque coincidí con ellos en el portal en más de una ocasión, yendo de visita a casa de unos amigos. Ver al hijo del quiosquero y a su mujer me hizo sentir un chiquillo a solas en un portal que no era el mío. Siempre temíamos que alguien saliera a descubrirnos, a regañarnos y a echarnos a la calle. Nuestra educación implicaba mucho respeto por las propiedades y por los lugares que no eran los nuestros. Podíamos convencernos de no entrar en ningún portal a no ser que un amigo o familiar te invitara a hacerlo o fueras a buscar a alguien. Entonces, podías responder al portero o a cualquier vecino que ibas al quinto A, a ver a fulanito o a menganita. Lo corriente era que nadie cayera aparentemente en nuestra presencia, pero toda precaución era poca. De alguna manera, nos inculcaban el miedo al castigo y no hacía falta conocer el tipo de castigo para temerlo. De hecho, el mero bochorno era un castigo considerable ya. A mí me tenía postrado varios días embargándome un sentimiento de culpa y algún otro de otras cosas. Aunque reconozco que las más de las veces era un sentimiento de extrañeza, algo similar a encontrarse en un mundo diferente y quizá fuera así porque los mundos eran mucho más pequeños en aquel entonces. Así transcurría nuestra infancia y nuestra adolescencia. La llegada de los ochenta y los noventa comenzó a liberar mucha de esa presión y, aunque los mantuviéramos de alguna manera, quizá fue cuando comenzamos a relajar los valores aprendidos. En general, como sociedad. Es posible que debiéramos haber procurado el equilibrio de cosas, pero qué joven procura equilibrio alguno, salvo aquellos que se mantienen prudentes a los sucesos mientras los viven.
Pronto abrieron otro quiosco frente a la galería Goya. Por fortuna, creo que aún sigue abierto. Teníamos otro quiosco al final de la calle Miguel Angel, al cruzar con la calle del Pintor Julio Romero, regentado por una mujer que cojeaba, también seria, pero agradable. Y otro más frente a los Multicines Iviasa, que desapareció tras el fallecimiento del hijo de los dueños, que era quien lo llevaba en ese momento. Por no hablar del quiosco de Pradillo y de otros muchos que han ido desapareciendo con los «tiempos modernos». Los quioscos que quedan son virtuales (como los valores humanos actuales) e, incluso esos, van menguando en número. Motivos hay varios y todos pueden resumirse en los voraces avances tecnológicos y en los cambios que ha experimentado la sociedad, víctima de ellos y de los nuevos y más frívolos hábitos que, en mi opinión, ha ido tomando para su interesada comodidad y confort.
A medida que vayamos desapareciendo quienes hemos vivido estas emociones y estos tiempos, los quioscos quedarán más y más olvidados. Aunque, bien pensado, quizá regresen como lo han hecho los puestos de castañas en invierno. Nunca tenemos certeza sobre el futuro por más maneras que apunte; en esto es un poco como los hijos. Quién iba a decirnos que no necesitaríamos más excusas para bajar a la cabina de teléfono y que no tendríamos que encontrar argucias para que no fueran escuchadas nuestras conversaciones telefónicas… que ni siquiera necesitaríamos una cabina ni un teléfono sujeto al cable. Quizá los quioscos logren sobrevivir incluso careciendo de gran parte de la vida que tenían antes y despojados en buena medida del significado que tuvieron para nosotros, chiquillos, adolescentes y jóvenes que, ya adultos y maduros, los contemplamos con nostalgia de tiempos cada día más y más lejanos. Nos convertimos en lo que veíamos en nuestros mayores y aún seguimos siendo aquellos niños. ¿Les sucedería lo mismo a ellos?
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