El Guaza: la crónica negra que seguía viva en la plaza de Ernesto Peces de Móstoles

Una historia real de Móstoles, entre la hemeroteca, la memoria oral y el testimonio de una hermana

Salí a la plaza de Ernesto Peces con la intención de grabar un reel. Nada más. Una pieza breve de crónica negra local sobre Santiago Sánchez Guaza, el Guaza, aquel muchacho de 17 años asesinado a tiros en Móstoles el 29 de mayo de 1980, junto a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Pero una cosa es leer una noticia de hemeroteca y otra muy distinta es que la historia se te aparezca viva, en la misma plaza donde ocurrió.

Había leído la noticia antigua. Había buscado datos. Sabía que la prensa habló de tres muertos y dos heridos. Sabía que el coche era un Seat 127 blanco. Sabía que aquello se interpretó como un ajuste de cuentas relacionado con las drogas, con bandas juveniles, con ese Móstoles duro de finales de los setenta y principios de los ochenta que hoy cuesta imaginar cuando uno cruza la plaza con el móvil en la mano, pensando en planos, encuadres y redes sociales.

Y entonces apareció Encarnación

Mientras observaba la iglesia, la torre, las piedras antiguas y ese rincón de Móstoles por el que tantos hemos pasado sin detenernos demasiado, acabé hablando con Encarnación Sánchez Guaza, una mujer de 68 años que me dijo ser hermana de Santiago. No lo dijo como quien presume de una historia. No lo dijo buscando cámara, ni protagonismo, ni espectáculo. De hecho, no quiso salir en vídeo. Y yo, después de escucharla, tampoco grabé el reel.

Hay momentos en los que uno entiende que la historia no está para ser capturada, sino para ser escuchada.

Encarnación me enseñó su DNI. Me habló de su familia, de su infancia en Móstoles, de los ocho hermanos que fueron, de cómo crecieron en una ciudad que todavía tenía mucho de pueblo y que empezaba, al mismo tiempo, a convertirse en otra cosa. Me habló de colegios que ya no son colegios, de edificios que cambiaron de función, de la antigua oficina del paro, de la papelería Herencia, de calles, bares y rincones que forman parte de esa memoria urbana que no aparece en los libros, pero que sostiene de verdad la historia de una ciudad.

También me contó algo aparentemente pequeño, pero muy revelador: el origen del apodo. Según ella, los empezaron a llamar los Guaza —o los Gauza, como muchas veces se recuerda de oído— porque Sánchez había muchos. En un Móstoles donde los apellidos se repetían y todo el mundo necesitaba distinguir a las familias, el segundo apellido acabó convirtiéndose en nombre de clan, en marca de barrio, en identidad reconocible.

Y luego llegó la parte más dura

Santiago, su hermano, tuvo una juventud complicada. Una de esas juventudes rotas antes de tiempo, salpicada de detenciones, entradas y salidas de centros de menores y problemas que crecían alrededor de la droga, la calle y una violencia que en aquellos años golpeó con fuerza a muchas ciudades del sur de Madrid. La prensa de la época también recogió antecedentes y contexto. Pero escucharlo de una hermana no tiene nada que ver con leerlo en una nota oficial.

Porque detrás del alias estaba el hijo de una madre. Y detrás del nombre de una banda había una familia.

Encarnación me contó que aquel jueves 29 de mayo de 1980 ella estaba en Alicante, trabajando en hoteles de la zona. Tenía poco más de veinte años. Santiago tenía diecisiete. Yo, por hacerme una idea del tiempo, he calculado después que aquel día yo tenía un año y veintinueve días. No lo recuerdo, claro. Pero ya estaba vivo. Móstoles era ya mi mundo. Y esta plaza ya estaba a punto de convertirse en una herida.

Según el testimonio de Encarnación, aquel día Santiago estaba en el Carabel, un hostal-bar de la zona que hoy conocemos como Hostal El Postillón. Allí estaba con otros jóvenes cuando llegó la noticia de que Los Lateros, la banda rival, andaban por la zona. Santiago salió a la calle con una navaja en la mano para ver qué ocurría. No salió solo. Iba con otros.

La prensa reconstruyó después la escena con frialdad: un Seat 127 blanco, disparos, tres muertos, dos heridos. El País situó el crimen en la plaza de Ernesto Peces, junto a la iglesia. La Vanguardia, tiempo después, identificó a Los Lateros como los agresores y a La Guaza como la banda atacada. Todo encaja con lo que Encarnación recordaba desde el dolor de su casa, aunque la hora que ella conserva en la memoria —en torno a las seis y media de la tarde— no coincide exactamente con la que recogió la prensa, que hablaba de la noche.

Ella me dijo que tres murieron a tiros. Que uno se hizo el muerto y logró salvarse.

La hemeroteca recoge también esa cifra terrible: tres muertos y dos heridos. Y hay algo en ese número que hiela. Porque escrito en una noticia parece una estadística. Dicho por una hermana, en la misma plaza, se convierte en una losa.

Encarnación me habló de su madre. Me dijo que aquel día la llamaron para que volviera corriendo a Móstoles. Que habían matado a su hermano. Que desde entonces su madre no levantó cabeza.

Esa frase se me quedó clavada.

Mi madre no levantó cabeza.

A veces la crónica negra se cuenta desde los disparos, desde las armas, desde los antecedentes policiales, desde los nombres de las bandas. Y todo eso importa, claro que importa. Pero hay otra crónica negra más silenciosa: la de las madres que reciben una llamada, la de los hermanos que tienen que volver de golpe, la de las familias que quedan marcadas para siempre, la de los barrios que aprenden a convivir con sus propias cicatrices.

También me contó que a Santiago lo llevaron al cementerio de Móstoles. Que allí lo velaron, sobre una lápida de mármol. Que está enterrado en el cementerio antiguo. No tengo forma de verificar ahora mismo todos esos detalles con documentos, pero los recojo como lo que son: memoria familiar. Y la memoria familiar, cuando se maneja con respeto, también forma parte de la historia.

Hay otro detalle que lleva años circulando entre vecinos: las supuestas marcas de bala en la torre de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Encarnación me aseguró que sí, que esas marcas son de aquel tiroteo. Yo no puedo certificarlo al cien por cien. No soy perito, ni historiador de la piedra, ni técnico municipal. Pero sí puedo decir que la plaza conserva todavía ese rumor. Y los rumores, cuando nacen de un hecho real, a veces funcionan como pequeñas señales de advertencia: aquí pasó algo, aunque ya casi nadie se pare a mirarlo.

Eso fue lo más impresionante de la mañana. No la sangre. No las balas. No el morbo. Lo impresionante fue comprobar que la historia seguía allí.

Seguía en la plaza. Seguía en los edificios. Seguía en los nombres antiguos de los bares. Seguía en la memoria de una hermana que no quiso salir en cámara, pero que me regaló un testimonio que vale mucho más que cualquier vídeo improvisado.

Móstoles ha cambiado mucho desde 1980. Aquel pueblo grande, áspero, obrero, golpeado por el paro, por la heroína, por las bandas y por la inseguridad, ya no es el mismo. Hoy pasamos por la plaza de Ernesto Peces camino de una cita, de una compra, de una gestión o de una grabación para redes sociales. Miramos la iglesia, si la miramos, como patrimonio. Como postal. Como fondo.

Pero a veces, debajo de una plaza aparentemente tranquila, hay una historia esperando a que alguien la escuche.

Yo fui buscando una leyenda urbana. Y encontré algo mucho más serio.

Una crónica negra real.

Una hermana.

Una madre que no volvió a levantar cabeza.

Y una ciudad que, aunque parezca empeñada en mirar hacia delante, todavía guarda en algunas esquinas las marcas de lo que fue.

Nota de contraste y fuentes

Esta crónica combina hemeroteca y testimonio oral directo. Los detalles familiares, el origen del apodo, la llamada de la madre, el velatorio, el enterramiento y las supuestas marcas de bala se recogen como memoria familiar/testimonio oral.

Datos contrastados con hemeroteca: El País, 31 de mayo de 1980, noticia sobre la matanza de Móstoles; El País, 3 de junio de 1980, contexto del ajuste de cuentas; La Vanguardia, 25 de febrero de 1982, referencia a Los Lateros y La Guaza.

Por respeto a Encarnación Sánchez Guaza, no se adjunta material personal ni imagen de su DNI.

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