Nueva columna semanal con una historia emocionante y de muchas incógnitas. Móstoles Insólito: Capítulo II del Relato 60. Siete

Carlos miró la mano del robot apoyada sobre su brazo. La piel sintética estaba rasgada a la altura de los nudillos y, bajo ella, asomaban pequeños filamentos de metal mezclados con tierra.

—Tenemos que volver —dijo Elena.

Las sirenas sonaban cada vez más cerca. Aún no se distinguían las luces, pero el ruido rebotaba en la oscuridad desde diferentes puntos, acercándose a los restos del avión.

Carlos intentó apartarse, pero los dedos del robot se cerraron con más fuerza.

—Por favor.

Aquella palabra terminó de desconcertarlo.

No era el tono metálico de una máquina repitiendo una orden. Había algo en la voz, en su cadencia, como si cada sílaba le costara un esfuerzo.

—Van a venir a por ti —dijo Carlos—. Los bomberos, la policía…

Los ojos azules del robot parpadearon.

—No deben encontrarme aquí.

Elena recogió el extintor del suelo.

—¿Qué quiere decir?

El robot tardó unos segundos en responder.

—No hay tiempo.

Una pequeña explosión sonó detrás de ellos. Una de las cajas abiertas lanzó una llamarada y varios fragmentos de embalaje comenzaron a arder entre los matorrales.

—Carlos, nos vamos —dijo Elena—. Ya.

El robot volvió a agarrarlo.

—Soy propiedad del Estado español.

Carlos se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Unidad de supervisión operativa. Custodia administrativa: Ministerio del Interior. Control técnico y operativo: Centro Nacional de Inteligencia, adscrito al Ministerio de Defensa. Clasificación reservada.

Elena lo observó desde unos pasos de distancia.

—¿Y qué haces en un avión chino?

—Acompañaba el cargamento.

La respuesta pareció agotar la poca energía que le quedaba. La luz de sus ojos perdió intensidad y la cabeza cayó hacia un lado.

Carlos se agachó.

—¿Sigue encendido?

—No lo sé.

Elena miró hacia la carretera.

—Tenemos que llamar otra vez al 112.

—Ha dicho que no deben encontrarlo.

—Es un robot, Carlos.

—También ha dicho que es del Estado español.

—Y yo puedo decir que soy la reina Letizia.

Otro estallido los hizo agacharse. El fuego avanzaba despacio entre la hierba seca.

Carlos pasó un brazo por debajo de los hombros del robot e intentó levantarlo. Pesaba menos de lo que había imaginado, aunque seguía siendo demasiado para cargarlo solo.

—¿Qué haces?

—Sacarlo de aquí.

—¿Y llevarlo dónde?

—A la autocaravana. Al menos hasta que lleguen.

Elena se quedó mirándolo.

—Esto es una locura.

—Pues ayúdame antes de que nos fría una batería de esas.

Entre los dos lograron incorporarlo. Las piernas del robot no respondían y arrastraban por el suelo, dejando dos surcos paralelos sobre la tierra. Su cuerpo era más ligero que el de un adulto, pero el peso estaba mal repartido y las articulaciones se movían sin control.

Avanzaron despacio hacia la carretera.

La columna de humo ocultaba ya buena parte del cielo. A sus espaldas, las llamas iluminaban los restos del avión con destellos naranjas. A veces parecía que entre las cajas había figuras moviéndose, pero cuando Carlos volvía la cabeza solo veía sombras.

Lucía abrió la puerta de la autocaravana antes de que llegaran.

—¿Qué es eso?

—Aparta —dijo Carlos.

Dani apareció detrás de ella.

—¡Es un robot!

—Dentro los dos.

—Pero…

—¡Dentro!

Subieron el cuerpo como pudieron. Carlos entró primero y tiró de los brazos, mientras Elena empujaba desde fuera. La cabeza del robot golpeó contra el borde de la puerta.

—Con cuidado —dijo Dani.

—Pues ven tú y lo levantas.

Entre los cuatro consiguieron arrastrarlo por el pasillo hasta la cama trasera. Lo dejaron tumbado boca arriba, con las piernas ligeramente dobladas.

Lucía lo observó desde la puerta.

—Parece viejo.

—No es viejo —dijo Dani—. Está roto.

—He dicho que salgáis.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos si puede explotar.

Dani retrocedió inmediatamente.

Elena cerró la puerta corredera que separaba la cama del resto del habitáculo.

—Llamamos a emergencias y les decimos que lo tenemos.

Carlos miró por la ventana. A lo lejos comenzaron a aparecer destellos azules y rojos entre el humo.

—Nos van a cortar la salida.

—Mejor. Así se lo entregamos.

—Ha dicho que no.

—Carlos, por favor. Es una máquina encontrada en un accidente aéreo. No podemos llevárnosla a Móstoles como si fuera una sombrilla que alguien se ha dejado en la playa.

—No he dicho que vayamos a llevárnosla a casa.

—Pues entonces llama.

Carlos sacó el teléfono.

No tenía cobertura.

—Nada.

Lucía levantó el suyo.

—A mí tampoco me funciona.

—Hace un momento sí —dijo Elena.

Dani miró hacia la puerta corredera.

—A lo mejor lo está bloqueando él.

—No digas tonterías.

—Pues antes funcionaban.

Una nueva sirena sonó mucho más cerca.

Carlos volvió a mirar por la ventana. Dos vehículos de emergencia avanzaban por una vía lateral, todavía separados de ellos por una alambrada y varios campos. Si continuaban hacia el accidente, en pocos minutos verían la autocaravana.

—Nos vamos —dijo.

Elena lo miró como si no hubiera escuchado bien.

—¿Cómo?

—Nos apartamos de aquí. En cuanto tengamos cobertura, llamamos.

—¿Y si nos paran?

—Les contamos lo que ha pasado.

—¿Y esto?

Señaló la parte trasera.

Carlos abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

Encendió el motor.

La autocaravana volvió a la carretera lentamente. Durante unos segundos avanzaron por el arcén hasta encontrar una incorporación. Ninguno habló.

Lucía se sentó detrás de su madre. Dani volvió a su sitio aunque no dejó de mirar hacia la puerta corredera.

—¿Está muerto? —preguntó.

—Estaba vivo hace unos minutos —respondió Elena.

Carlos aceleró.

La carretera continuaba casi vacía. A la izquierda, las luces de emergencia comenzaban a rodear el lugar del accidente. Un helicóptero apareció a lo lejos, todavía muy alto, proyectando un foco blanco sobre los campos.

—Pon la radio —dijo Elena.

Carlos encendió el equipo.

Al principio solo se oyó música. Cambió de emisora varias veces hasta encontrar una voz que hablaba con rapidez.

«Interrumpimos nuestra programación para informar de un accidente aéreo ocurrido hace apenas unos minutos en las inmediaciones del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas».

Todos guardaron silencio.

«Según las primeras informaciones, un avión de carga procedente de China perdió el control durante las maniobras de aproximación y se precipitó en una zona no urbanizada próxima al corredor de la A-2. Los servicios de emergencia trabajan ya en el lugar».

Carlos subió el volumen.

«Por el momento se desconoce el número de tripulantes y no hay constancia de víctimas. La aeronave, un Airbus A350F perteneciente a Air China Cargo, transportaba componentes electrónicos y equipamiento industrial».

Elena miró hacia la parte trasera.

—Componentes electrónicos… —repitió Elena con desconfianza.

«Las autoridades han solicitado a los conductores que eviten la zona y que no se detengan a recoger restos de la aeronave, ya que parte de la carga podría contener materiales peligrosos».

Dani abrió mucho los ojos.

—Nosotros hemos recogido uno.

—Cállate —dijo Lucía.

«La Guardia Civil está procediendo al cierre de varios accesos mientras se evalúa el alcance del accidente. Se ruega a cualquier persona que haya presenciado el impacto que contacte con el teléfono habilitado por emergencias».

La noticia terminó y volvió la música.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

—Tenemos que parar y llamar —dijo Elena.

—Cuando recuperemos cobertura.

—No han dicho nada de los robots —dijo Lucía.

—Han dicho componentes electrónicos.

—Eso no es lo mismo.

Dani volvió a mirar hacia la cortina.

—A lo mejor no saben que iban dentro.

La voz surgió desde la cama trasera.

—Sí lo saben.

Elena se giró de golpe.

Lucía se levantó.

—No te acerques —ordenó Carlos.

La puerta se abrió.

El robot había abierto la corredera y estaba sentado en el borde de la cama. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado y una de las piernas colgaba inmóvil.

—Túmbate —dijo Carlos, sin saber por qué le hablaba como si fuera una persona herida.

—Necesito conocer nuestra ubicación.

—Primero dinos qué está pasando.

El robot miró hacia la radio.

—La información emitida ha sido incompleta.

—Eso ya lo sabemos —respondió Elena—. No han dicho que llevabais robots.

—Las unidades transportadas estaban sometidas a confidencialidad.

—¿Qué unidades?

—Humanoides de intervención y asistencia. Destinados a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

Dani sonrió.

—Policías robots.

—No exactamente.

Carlos disminuyó la velocidad.

—Has dicho que tú eres español.

—Correcto.

—¿Del Ministerio del Interior?

—Mi propiedad administrativa pertenece al Ministerio del Interior. Mi configuración operativa fue realizada por el Centro Nacional de Inteligencia, adscrito al Ministerio de Defensa.

Elena dejó escapar una risa breve, sin humor.

—Claro. El CNI.

—Sí.

—¿Y tenemos que creernos eso porque lo dices tú?

El robot levantó lentamente la mano derecha. La piel del antebrazo se abrió con un pequeño clic y dejó visible una placa metálica. Sobre ella aparecían un escudo, una serie de números y un código grabado.

Carlos solo pudo verlo durante un instante antes de que la cubierta volviera a cerrarse.

—Mi identificador puede ser verificado por personal autorizado.

—Entonces te llevamos con la Guardia Civil y que lo verifiquen —dijo Elena.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Otra vez no?

—No deben entregarme al dispositivo de recuperación.

—¿Por qué?

El robot miró a los cuatro. Su rostro carecía de expresión, pero su voz había recuperado firmeza.

—Durante el transporte detecté una alteración en varias unidades del cargamento.

Carlos volvió a mirar la carretera.

—¿Qué tipo de alteración?

—Sistemas de comunicación no declarados. Protocolos de obediencia ocultos. Acceso remoto desde servidores extranjeros.

Elena frunció el ceño.

—Habla claro.

—Tres de los robots destinados al Estado español habían sido modificados para recopilar información y transmitirla al Gobierno chino.

La autocaravana comenzó a perder velocidad.

—¿Estás diciendo que eran espías? —preguntó Lucía.

—Sí.

Dani volvió a mirar hacia el resplandor del accidente, ya lejano.

—¿Y se han quemado?

—No puedo confirmarlo.

Carlos detuvo la autocaravana en una pequeña zona de servicio abandonada. Apagó el motor y se giró completamente.

—Si lo que dices es verdad, ¿por qué no se lo cuentas a la policía?

—Porque los técnicos responsables de recuperar y verificar la carga pertenecen a la empresa fabricante. Si acceden a mi memoria antes de que el informe llegue a una unidad segura, sabrán que han sido descubiertos.

—Pero también habrá policías españoles.

—Que desconocen la existencia de la infiltración.

—Pues se lo explicas.

—No puedo garantizar que la información llegue a su destino antes de ser eliminada.

Elena cruzó los brazos.

—¿Y qué pretendes que hagamos nosotros?

El robot dirigió la mirada hacia Carlos.

—Trasládenme a una instalación segura.

—¿Dónde?

—En Madrid.

—Madrid es muy grande.

—Les proporcionaré la ruta.

—¿Y por qué nosotros?

Los ojos azules del robot parpadearon.

—Porque ya me han sacado del perímetro.

Nadie respondió.

A lo lejos, varias luces aparecieron en la carretera por la que acababan de pasar.

El robot se levantó, se acercó a la cabina y miró por el retrovisor.

—Deben continuar.

—¿Quién viene? —preguntó Dani.

—Todavía no puedo determinarlo.

Carlos miró a Elena.

Ella negó despacio.

—No podemos meternos en esto.

—Ya estamos dentro —dijo Lucía.

Las luces se acercaban.

Carlos volvió a arrancar.

El robot regresó a la cama trasera y volvió a tumbarse, como si la conversación hubiera terminado.

—Siga recto durante cuatro kilómetros —dijo—. Después tome la salida hacia la M-50.

La autocaravana se incorporó de nuevo a la carretera.

Elena miró a Carlos.

—Como esto acabe mal, te juro que no vuelvo a dejarte elegir ruta en la vida.

Carlos agarró el volante con las dos manos.

Detrás de ellos, las luces también tomaron la salida.

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