Nueva columna semanal con una historia dividida en tres capítulos intensos. Móstoles Insólito: Relato 58. El humano

CAPÍTULO I. LA JAULA.

—Gandalf, Gandalf. ¿Dónde estás? —mi voz resonó con fuerza en medio de la noche.

Acababa de despertar; serían las 03:30 de la madrugada. Calculé a ojo. No tenía reloj. Estaba empapado en sudor y, tras una pesadilla en la que, después de buscar a Gandalf, mi gato, por toda la casa y no encontrarlo, el pánico se había apoderado por completo de mí. Y es que, si nunca has tenido un animal en casa, es imposible que sepas lo mucho que se les llega a querer a esos bichejos y cómo, de repente, una búsqueda infructuosa durante una pesadilla puede convertirse en una terrible fuente de ansiedad.

—Bueno, solo ha sido una pesadilla —dije para mí.

Me levanté para ir al baño y, al mirar al lado de mi cama, mi mujer no estaba allí. De hecho, la cama no era una cama de matrimonio: era una cama individual, de esas anchas, de un metro, pero al fin y al cabo una cama individual.

—Joder, qué raro. ¿Qué está pasando aquí?

Me incorporé y miré a mi alrededor y, aunque la oscuridad que me rodeaba no me dejaba ver el entorno, intuía en la penumbra que algo, por decirlo de una forma ligera, no andaba bien.

Eché la mano hacia la mesilla para coger el móvil, y no había móvil que coger. Eso sí, alcancé a tocar un pulsador con forma de pezón que, tras presionarlo, iluminó el espacio. No pudo ser más horrible. Estaba en una caja de unos doce metros cuadrados, perfectamente decorada como una habitación estándar que podrías encontrar en el piso de cualquier humano. Una puerta entreabierta dejaba ver un baño completo que, aparentemente, parecía estar diseñado para cubrir todas mis necesidades de aseo.

Miré hacia el techo y ahí fue cuando fui consciente de que estaba atrapado. No había techo, al menos no en el sentido habitual. Toda “la caja” estaba abierta en la parte superior y se podía observar de forma clara que estaba metida dentro de una casa mucho más grande. No había duda: estaba encerrado en una jaula. Eso sí, una preciosa y cómoda jaula.

Dudé si estaba soñando, si de nuevo era una pesadilla. De esas pesadillas dentro de una pesadilla. Corrí hacia el baño a echarme agua fría en el rostro, la típica tontería que ves en las películas, pero no hizo falta. Con las prisas tropecé y caí de cabeza contra el suelo. Sonó fuerte y, además, me dolió un montón.

No tardó en asomarse una gran figura, enorme. Mediría unos seis metros, así a ojo, y era… no sé ni cómo describirla. No se parecía en nada a nosotros. Evidentemente no era humana. Tampoco se parecía a ningún animal que yo hubiera visto antes en la Tierra. Era… otra cosa.

Y me hablaba, o al menos eso interpreté yo. No tenía muy claro si me hablaba, la verdad; no entendía nada de lo que me decía. No sabía si era él o ella, tampoco supe su sexo. No percibí hostilidad.

Mi instinto me decía que ese enorme ser intentaba ayudarme. Sus balbuceos —para mí eso eran— se sucedían acompañados de gestos amables. Me levantó del suelo, me llevó a lo que yo interpreté como un enorme cuarto de baño y allí me limpió la herida que me había hecho al caer. Me trató con mimo y cariño y después aplicó, con un enorme spray, una loción sobre mis heridas que resultó tener un efecto antiséptico.

Después volvió a acariciarme y, aunque no me gustó que me tratara como a un bebé, tampoco estuvo tan mal. Me dejé querer. No entendí nada de lo que allí pasaba, pero, sinceramente, no percibí ninguna maldad en aquel ser.

No tardó en llevarme de nuevo a mi habitación, dejarme sobre mi cama y volver a balbucear unas, llamémoslas, palabras que parecían más unos arrumacos que otra cosa.

Después se fue, apagó la luz de la gran estancia en la que estaba mi “jaula” y desapareció. El eco de sus enormes —llamémoslos— pies resonaba en la lejanía mientras yo, tumbado sobre mi cama, no lograba entender nada de lo que estaba pasando.

Me desperté cuando la luz empezó a filtrarse desde arriba. No era una luz directa, ni molesta. Era más bien un cambio en el ambiente, como si el aire hubiese decidido aclararse poco a poco. No tuve la sensación de haber dormido mucho, pero tampoco de haber dormido poco. Simplemente había dormido.

Me incorporé despacio. Nadie vino a verme. Nadie habló. Nadie se asomó desde lo alto de la casa.

Todo estaba en silencio.

Bajé de la cama y salí de mi habitación. No tuve que abrir ninguna puerta. Nunca estaban cerradas. Caminé con cuidado, todavía inseguro, pero no por miedo, sino por respeto. La casa era enorme. Cada paso me hacía consciente de mi tamaño, de lo fácil que sería pasar desapercibido en aquel lugar.

Avancé por un pasillo ancho como una calle. El suelo era frío y agradable bajo mis pies. A cada lado se abrían estancias gigantescas, llenas de objetos cuya función no siempre entendía, pero que ya no me parecían amenazantes. Todo estaba quieto. Demasiado quieto.

Entonces los vi. Dormían.

Dormían profundamente, repartidos en distintas zonas de la casa. En el suelo, apoyados contra estructuras enormes, sobre superficies que para mí serían imposibles de escalar.

Sus cuerpos ocupaban el espacio con naturalidad, como si la casa hubiese sido construida alrededor de ellos y no al revés. Respiraban despacio. Pesadamente. Cada exhalación era un sonido grave y rítmico, casi tranquilizador. Me detuve a observarlos. Nunca antes los habían mirado así.

Había algo extraño en esa inversión. Yo, despierto. Ellos, vulnerables. No sentí miedo ni deseo de huir. Sentí curiosidad. Y una calma extraña, como cuando sabes que nadie va a exigirte nada durante un buen rato.

Seguí caminando.

Encontré el lugar donde guardaban su comida. No estaba escondida. Nunca lo estaba. Había también algo para mí al lado. Abrí uno. El olor era agradable, familiar, aunque no sabría decir por qué. Comí despacio, sin prisa. Bebí después de otro envase, fresco, limpio.

Nadie me vigilaba. O eso creí.

Me subí a una superficie elevada desde la que podía ver gran parte de la casa. Desde allí todo parecía distinto. El tiempo no avanzaba como estaba acostumbrado. No había horarios, ni relojes, ni urgencias. Solo ese largo intervalo entre su sueño y mi vigilia.

Pensé, de forma vaga, que quizá siempre era así. Que tal vez mi tiempo y el suyo no coincidían. Que mientras yo exploraba, ellos descansaban. Y cuando ellos se movían, yo dormía.

Como Gandalf.

Continuará …

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