Nueva columna semanal con una historia emocionante y de muchas incógnitas. Móstoles Insólito: Capítulo I del Relato 60. Siete

Cuando dejaron atrás el desvío de Guadalix de la Sierra, el sol había desaparecido casi por completo detrás de las montañas.

A finales de agosto todavía hacía calor, pero los días ya no eran los mismos. El verano comenzaba a replegarse sin avisar, dejando las tardes un poco más cortas, las noches algo más frescas y aquella sensación incómoda de que las vacaciones habían terminado antes incluso de llegar a casa.

La autocaravana avanzaba pesadamente por la A-1, cargada con maletas, bolsas de ropa sucia, restos de comida, toallas húmedas y todos aquellos objetos que una familia arrastra de un lado a otro cuando intenta trasladar durante unos días su vida cotidiana.

Llevaban casi cinco horas de viaje.

Habían salido después de comer de un camping cercano a Santander y todavía les quedaba un buen tramo hasta Móstoles. Carlos conducía con los dos brazos apoyados sobre el volante y la mirada fija en la carretera. A su lado, Elena revisaba por tercera vez la ruta en el navegador, como si observar la línea azul pudiera hacer que la distancia disminuyera.

Detrás, sus hijos dormitaban cada uno a su manera. Lucía, de quince años, tenía los auriculares puestos y la cabeza apoyada contra la ventanilla.

Dani, de once, se había tumbado atravesado sobre los asientos del comedor, a pesar de que su madre le había repetido varias veces que debía sentarse correctamente y ponerse el cinturón.

Como tengamos que frenar, sales disparado —le advirtió Elena, sin apartar la vista del teléfono.

Dani emitió un gruñido y se incorporó apenas unos centímetros.

—No viene nadie.

No era del todo cierto, pero tampoco iba muy desencaminado. La carretera estaba extrañamente despejada para ser domingo. Algún turismo los adelantaba de vez en cuando y, a lo lejos, se distinguían las luces traseras de un camión. Nada que ver con las retenciones que habían temido encontrar al acercarse a Madrid.

Carlos miró el reloj del salpicadero.

Las nueve y cuarenta y siete.

—Como sigamos así, llegamos antes de las once.

—No lo digas muy alto —contestó Elena—. Cada vez que dices eso acabamos parados una hora.

—¿Por qué salimos por aquí? —preguntó Lucía, retirándose uno de los auriculares—. Papá siempre coge la M-50.

—Hay retenciones más adelante —respondió Elena—. El navegador nos manda por la R-2 para entrar por el este y luego bajar hacia la M-40.

—Eso es dar más vuelta.

—Eso es evitar un atasco.

—Eso es pagar.

Carlos sonrió.

—Cuando tengas carné podrás elegir tú.

Lucía volvió a colocarse el auricular y apoyó de nuevo la frente contra el cristal.

La luz exterior había adquirido un tono azulado. Los campos, secos después del verano, parecían extenderse hasta desaparecer bajo el cielo. A lo lejos comenzaban a encenderse algunas luces aisladas en urbanizaciones y polígonos. Madrid todavía no se veía, pero ya empezaba a sentirse.

Carlos redujo un poco la velocidad.

Una ráfaga de aire golpeó el lateral de la autocaravana.

—¿Habéis notado eso?

—El viento —dijo Elena.

—No hace viento.

Otra vibración atravesó el vehículo. Esta vez fue más fuerte. Los vasos de plástico que habían dejado en el fregadero chocaron entre sí.
Dani se incorporó por completo.

—¿Qué ha sido?

Carlos levantó la mirada hacia el parabrisas.

Al principio no vio nada. Solo la carretera, las señales reflectantes y la oscuridad creciente. Después, una sombra enorme apareció por encima de ellos.

No llegó desde delante ni desde uno de los lados. Surgió directamente sobre el techo de la autocaravana, como si hubiera descendido del cielo sin producir ningún sonido.

El rugido llegó un segundo más tarde.

Fue un estruendo brutal, profundo, capaz de hacer vibrar el suelo y los cristales. La autocaravana se desplazó ligeramente hacia el arcén y Carlos tuvo que corregir la trayectoria de un volantazo.

—¡Joder! —gritó.

El avión pasó por encima de ellos a tan poca altura que durante un instante pudieron distinguir la parte inferior del fuselaje, las compuertas cerradas y los dos motores inmensos bajo las alas.

Era un aparato de carga, aunque ninguno de ellos lo sabía todavía.

Solo vieron una mole blanca atravesando la noche, demasiado grande, demasiado baja y demasiado inclinada hacia uno de los lados.

Las luces de posición parpadeaban de forma irregular. El ala izquierda parecía más baja que la derecha. El morro subía y bajaba con pequeños movimientos bruscos, como si el avión estuviera luchando contra algo invisible.

—¡Mira, mira, mira! —gritó Dani, corriendo hacia la parte delantera.

—¡Siéntate! —ordenó Carlos.

Pero nadie se sentó.

El aparato continuó descendiendo sobre los campos que se extendían hacia el este. No parecía dirigirse hacia el aeropuerto. O al menos no lo hacía de la forma en que debería hacerlo.

Carlos dejó de mirar la carretera durante demasiado tiempo.

El claxon de un coche que los adelantaba lo obligó a reaccionar. Volvió la vista al frente, corrigió de nuevo la trayectoria y pisó el freno.

El avión desapareció detrás de una elevación del terreno.

Durante dos o tres segundos no ocurrió nada.

La carretera siguió extendiéndose delante de ellos, vacía y silenciosa.

Después, el horizonte se iluminó.

Una llamarada naranja ascendió detrás de la colina, seguida de un resplandor blanco que borró por un instante las sombras.

El golpe llegó poco después, seco y violento, como una explosión amortiguada bajo tierra.

La autocaravana volvió a temblar.

Lucía se quitó los auriculares.

—Se ha estrellado.

Nadie respondió.

Carlos redujo la velocidad hasta casi detener el vehículo. Miró por el retrovisor. El coche que los había adelantado continuaba alejándose sin frenar.

—Se ha estrellado —repitió Lucía.

—Ya lo hemos visto —dijo Elena.

—Tenemos que llamar.

Elena marcó el 112 mientras Carlos buscaba un lugar donde apartarse. Encontró un ensanchamiento del arcén unos cientos de metros más adelante y detuvo allí la autocaravana.

Puso las luces de emergencia.

—Un avión —decía Elena al teléfono—. Acaba de caer un avión. Estábamos entrando hacia Madrid… No sé exactamente dónde… Veníamos desde la A-1 y hemos cogido la radial… Sí, la R-2… Cerca de la conexión con la M-50, creo… No lo sé.

Carlos abrió la puerta.

El calor de la carretera entró de golpe en el habitáculo, mezclado con un olor que al principio no supo identificar. Algo parecido a plástico quemado, combustible y tierra seca.

—¿Dónde vas? —preguntó Elena.

—A mirar.

—¿A mirar qué?

—Puede haber gente.

—Ya vienen.

Elena señaló el teléfono.

—Dicen que ya han recibido más avisos.

Carlos bajó de la autocaravana.

La columna de humo comenzaba a elevarse en la distancia. No parecía demasiado lejos. Quizá un kilómetro. Tal vez menos.
Dani apareció detrás de él.

—Yo voy contigo.

—Tú no vas a ninguna parte.

—Pero si hay gente herida…

—He dicho que no.

Lucía descendió por la puerta lateral con el móvil en la mano.

—No hay cobertura.

—Claro que hay cobertura —dijo Elena.

—Pues no me carga nada.

Carlos abrió uno de los compartimentos exteriores y sacó dos chalecos reflectantes. Se puso uno y le entregó el otro a Elena.

—Quédate con ellos.

—Ni hablar.

—Elena…

—No vas a acercarte solo a un avión que acaba de estrellarse.

Ella se colocó el chaleco y miró a sus hijos.

—Vosotros os quedáis dentro.

—Mamá —protestó Lucía.

—Dentro. Puertas cerradas.

Dani miró hacia el resplandor.

—Puede explotar.

—Por eso os quedáis aquí.

Elena cogió el pequeño extintor que llevaban bajo el asiento auxiliar, aunque ambos sabían que serviría de poco frente a un incendio de aquellas dimensiones.

Se alejaron de la carretera siguiendo una vía de servicio. A medida que avanzaban, el olor se hacía más intenso. También el ruido.

No era solo fuego.

Se oían crujidos metálicos, pequeñas explosiones y un zumbido agudo que aparecía y desaparecía entre el humo.

Carlos miró hacia atrás.

La autocaravana quedaba cada vez más lejos, detenida bajo las luces de emergencia. No había otros coches parados. Nadie parecía haberlos seguido.

—Esto es rarísimo —dijo Elena.

—¿El qué?

—Que no haya nadie.

Carlos se giró hacia la carretera.

En los últimos minutos no había pasado ningún vehículo.

Ni uno solo.

—Quizá la hayan cortado.

—¿Tan rápido?

No supo qué responder.

Las primeras sirenas comenzaron a oírse a lo lejos. Provenían de varios puntos distintos. Algunas parecían acercarse desde el aeropuerto; otras, desde carreteras secundarias.

Carlos calculó que tardarían al menos diez o quince minutos en llegar hasta allí. Ellos, en cambio, estaban ya a pocos cientos de metros.

El primer resto apareció junto a una alambrada.

Era una pieza curva de metal blanco, de más de dos metros, con remaches y cables arrancados. Un poco más adelante encontraron fragmentos de plástico, aislamiento y restos de embalajes.

Después vieron las cajas.

Había decenas desperdigadas por el terreno. Algunas permanecían cerradas; otras se habían abierto al golpear contra el suelo. No eran cajas normales, sino estructuras reforzadas, grandes contenedores oscuros con símbolos de advertencia y caracteres chinos pintados en los laterales.

Una de ellas seguía ardiendo.

—No deberíamos estar aquí —dijo Elena.

Carlos no respondió.

Algo brillaba entre los matorrales.

Se acercó con cuidado y apartó una lámina de espuma protectora.

Era una mano.

Una mano humana, pálida y perfecta, separada a la altura de la muñeca.

Elena soltó el extintor.

—Dios mío.

Carlos se agachó, pero antes de tocarla vio los cables que sobresalían del antebrazo.

—No es una persona.
La mano permanecía abierta, con los dedos ligeramente flexionados, como si hubiera intentado agarrarse a algo durante la caída.

Unos metros más allá había parte de un rostro cubierto por una lámina transparente. Los labios, los párpados y la piel parecían reales, pero detrás del cráneo abierto se distinguía una estructura metálica.

Elena retrocedió.

—Son robots.

Carlos levantó la vista hacia las cajas.

El zumbido volvió a escucharse.

Esta vez estaba más cerca.

Avanzaron entre los restos, siguiendo el sonido hasta llegar a una pequeña depresión del terreno. Allí, medio oculto por una plancha de metal, había un cuerpo tumbado boca abajo.

No se parecía a los otros.

Su aspecto era más tosco. Las articulaciones de los brazos resultaban visibles bajo una piel sintética deteriorada y el rostro, parcialmente aplastado contra la tierra, tenía facciones menos humanas. Llevaba una especie de uniforme oscuro sin distintivos.

Carlos retiró la plancha.

El cuerpo emitió un chasquido.

—Está encendido —dijo Elena.

—O cortocircuitado.

Carlos lo giró con esfuerzo.

El robot abrió los ojos.

Una luz azul tembló en el interior de sus pupilas.

Su boca se movió, pero durante unos segundos solo produjo una sucesión de sonidos deformados.

Después, con una voz lenta y en perfecto español, dijo:

—Ayúdenme.

Elena miró a Carlos.

Las sirenas estaban cada vez más cerca.

El robot levantó una mano con dificultad y la apoyó sobre el brazo de Carlos.

—No me dejen aquí.

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