Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El arraigo

Sembrar una semilla en la tierra, mantenerla húmeda durante varios días esperando ver asomar un mínimo brote de vida, es una de las experiencias más gratificantes en la vida. Los cuidados y la precisión son esenciales a partir de ese momento, pues cualquier mínimo desliz estropeará el brote antes de arraigar. Cuando, aún tierno, el tallo se eleva unos milímetros de la tierra y comienzan a aparecer las primeras hojas, minúsculas todavía, sabemos que la planta ha comenzado a arraigar. Los primeros filamentos de sus raíces se abren paso bajo tierra y se nutren de sus propiedades y de las del agua. Los seres vivos crecen en dos direcciones de manera natural: hacia el cielo y hacia lo profundo de la tierra, hacia el exterior y hacia el interior. Vivir desarraigado es desprenderse de una parte vital de identidad; tener raíces en un lugar es imprescindible para crecer de manera saludable.

Cada uno llevamos una trayectoria, un camino que no elegimos a menudo y que nos lleva a un lugar, a una forma de ser y a unos hábitos de vida. El mío me trajo a Móstoles cuando tenía unos siete años, la ciudad estaba aún en ciernes y apenas mostraba inicios de un incipiente crecimiento. Entonces, era como marcharse a vivir a una población rural, una tierra prometida (anhelada, más bien), cercana a la capital. Me gusta imaginar que ambos, la ciudad y yo, nos encontrábamos en un momento similar de crecimiento. No es algo que diste demasiado de la realidad. Móstoles y yo crecimos desde el mismo punto y al mismo tiempo. Puede pasar desapercibido o quedar reducido a la anécdota de un momento para cualquier persona o incluso para la mayoría, pero es algo que ha marcado mi vida y, en cierto modo, hoy sigo sintiendo ese paralelismo con la ciudad. Quienes lleváis viviendo en Móstoles desde los años setenta podréis haceros una idea muy cercana de las sensaciones vitales de arraigo y de vinculación emocional con la ciudad, nuestra ciudad, nuestra villa… nuestro Móstoles. Ese árbol frondoso y robusto en que se ha convertido aquel brote de ilusiones y de esperanza. Todos cuantos migramos a esta ciudad llegamos cargados de sentimientos, conscientes del momento trascendental que vivíamos al comenzar una nueva vida, una que nos prometía calidad y algo de felicidad; una vida que hablaba de prosperidad y de un futuro prometedor en el que confiar ciegamente. Y la llegada de los años ochenta no hizo sino avivar esa llama de energía y de apertura al futuro desde un presente renovador, limpio, excitante y repleto de posibilidades.

Nuestros padres nos trajeron apenas pasados sus treinta y cinco años. Muchos de aquella generación, por no decir que la mayoría, han fallecido y otros viven tranquila su vejez, contemplando a sus hijos y a sus nietos. Aquellos pequeños de siete o diez años ya han vivido más de medio siglo y sus hijos superan la veintena. Móstoles concentra en su historia tantas y tantas raíces. Por mentira que parezca, las raíces permanecen aunque la planta muera, y muchos de sus esquejes y semillas han arraigado en la misma tierra. Así se construye la Historia de una ciudad, de una tierra; con la vida de aquellas raíces que permanecen y con las acciones y sucesos que van formando parte del devenir de su existencia.

Me independicé pronto de mis padres y acometí la responsabilidad de mantener una casa propia con todo lo que ello conlleva. Es, probablemente, el paso definitivo hacia la madurez. Mi relación con los vecinos siempre fue cordial y adecuada. Un hombre que llamaba mi atención vivía en el segundo piso. Pasaba los treinta y era serio y callado. Al poco tiempo, una mujer agradable y sonriente se mudó a vivir con él y pronto quedó embarazada. A partir de un momento dado, comencé a ver al hombre pálido, demacrado y considerablemente delgado. Lo vi así durante unos meses. Paseando por las calles de El Soto, concretamente la calle de mi instituto y aledaños, coincidí con él tomando una caña. Nos saludamos y, al preguntarle, me respondió: «aquí, por las calles de mi infancia y mi juventud». No volví a verle más, pero sí vi a su mujer destrozada a las pocas semanas, llevando al niño apenas recién nacido. Mis continuas suposiciones se confirmaron de golpe, por desgracia. Nunca hablé de ella sobre esto, nos saludábamos siempre cordialmente y procuraba sonreírla. Con el tiempo, se detenía a hablar sobre cosas cotidianas y nos sonreíamos al coincidir en el portal. Siempre me pareció una mujer extraordinaria. Ya ha pasado mucho tiempo sin coincidir con ella y su hijo pasará los veinte holgadamente. Por qué relato esta historia, te preguntarás. Porque son historias de raíces, son sucesos que acontecen en Móstoles, son historias que van relacionando a las personas, uniéndolas en trayectos del camino y mostrando la esencia humana de este lugar en el que arraigamos. Son puntadas y zurcidos del hilo que va tejiendo la tela.

Hoy la ciudad también cuenta historias de inmigrantes, de personas que llegan de otros países lejanos y tratan de echar sus raíces en Móstoles. Quizá durante unos años o tal vez para siempre. La ciudad no hablaba de eso en los tiempos en que se ponían de moda las discotecas y los denostados pincha discos se convertían en acaudalados y renombrados disc-jockey, ahora disc jay, pero el tiempo ha ido trayendo esas y otras novedades, transformando la ciudad en una ciudad de nuevas oportunidades. De seguro no son las mismas que se aventuraban en las últimas décadas del siglo pasado, pero siguen ofreciendo la posibilidad de una vida algo mejor. Si no ya para uno mismo, sí para los hijos que han de echar sus raíces en Móstoles y que tienen en su mano alcanzar un futuro de cierta calidad gracias al esfuerzo y el sacrificio de unos padres que no desean ya nada importante para sí, nada al menos que no sea la prosperidad de sus hijos.

Móstoles es una de las ciudades más importantes de la región y no deja de reclamar su determinante presencia entre los municipios de la zona Sur. La ciudad crece, crecemos nosotros con ella y se multiplican las raíces con ambos. Aquel tierno tallo elevándose unos milímetros de la tierra es hoy un tronco fuerte de raíces profundas, y aquellas hojas incipientes abriéndose al sol se han transformado en ramas frondosas que procuran sombra fresca y a las que los pájaros acuden a anidar. Vivir ese crecimiento y esa transformación es un gran privilegio para mí y pienso que para cualquiera. No puede aventurarse el futuro, pero creo poder afirmar que mis días seguirán transcurriendo en estas calles de mi ciudad hasta el fin de mis horas terrenales. Móstoles y yo somos como dos ramas de ficus uniéndose en una sola. Yo pereceré, pero mis raíces y parte de mí continuarán aquí, en las calles en las que crecí y me hice hombre, en los lugares donde distintas experiencias vitales me marcaron incorporándose al álbum de recuerdos de la memoria (individual y colectiva), en las plazas, bares, restaurantes y comercios que frecuenté, en aquellos barrios que me inspiraron y en aquellas personas con las que compartí tiempo valioso de vida. Todas nuestras historias, toda nuestra vida, va uniéndose a esa rama fortaleciéndola. No perecemos, nuestras raíces, aquellas que se nutren y que se nutrieron de esta tierra, permanecen en la esencia de esta ciudad, que seguirá creciendo, acogiendo a las nuevas generaciones procedentes de las arraigadas y a los nuevos habitantes que seguirán llegando a Móstoles con esa ilusión y esperanza en un futuro mejor, en un hogar tranquilo donde crecer y en un futuro de oportunidades. Seguirán llegando a esta tierra nuevas semillas y nuevos brotes, sean los tiempos que sean, y arraigarán para reverdecer este valle de raíces, regado a su paso por un río afluente.

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