Nueva columna semanal sobre un elemento sustancial en nuestras vidas y el pasado. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El barrio
La fortuna pudo ser llegar a la nueva casa cuando aún estaba todo por hacer y apenas llevaban poco tiempo asfaltadas las calles más elementales. Llegábamos de Moratalaz, donde habíamos tenido una niñez marcada por las salidas a las calles del barrio. Sabíamos bien cuándo nos alejábamos y había un par de pandillas de otros barrios a las que temíamos por el mero hecho de ser mayores que nosotros. Un paseo atravesaba esos parques para llevarnos al mercado y a la iglesia, a la que asistíamos algún domingo casi por curiosidad de saber lo que era, comprobar si tomar la hostia sin haber hecho la comunión era pecado y, sobre todo, si uno se moría por pecar y si era al instante o era algo que demoraba en llegar. Yo permanecía en silencio después de tomarla porque no se podía hablar durante no sé cuánto tiempo. Al salir de la iglesia y llevar un tiempo caminando de regreso a casa, alguna de mis hermanas me decía: «Ya puedes hablar, tonto. No hay que guardar tanto silencio». Eso me producía alivio aunque siguiera el camino sin decir palabra, ya por elección propia, sin obligación ni temor algunos.
Cosas así de chiquillos vivíamos cada día en nuestro barrio de Moratalaz. Había cerca un descampado donde volar cometas y donde algunos se deslizaban con cartones por las pendientes de algunas zanjas de gran tamaño. Todo aquello cambió con la noticia de nuestra mudanza a Móstoles, a un piso considerablemente más amplio, con ático y con plaza de garaje. Imaginábamos poco menos que el paraíso y nos colmamos de ilusión. Llegamos en el 850, que ya presentaba a veces sus problemas para arrancar pero aguantaba viajes con todos dentro, atrás sentados contrapeados, uno hacia adelante y el de al lado hacia atrás, para caber todos bien. Primero llegamos en avanzadillas para preparar la casa, después con la mudanza más voluminosa. Mi tío Pedro vivía ya en Móstoles y trabajaba como transportista en Joardo, la fábrica que se encontraba entre la calle Alfonso XII y el Parque de la Paloma, donde se erige un Lidl hoy. Él nos ayudó con un camión de la empresa facilitando el traslado de muebles y cajas. Ya instalados, comenzamos una nueva vida en un barrio aún en ciernes. Una de nuestras mayores alegrías fue el Polideportivo Estoril II, que disponía de todo tipo de actividades y, sobre todo, de dos piscinas, una para adultos y otra para niños. Aquellos pequeños detalles nos deslumbraban porque eran algo impensable hasta entonces, siquiera imaginábamos que podríamos tener a nuestro alcance tantas cosas buenas.
Pronto inauguraron el mercado Goya. Asistimos a su primer día de puertas abiertas probando los canapés que nos ofrecían todos los puestos y maravillándonos de la cantidad de puestos que había. No habíamos conocido nada igual. Apenas unos años después, el charcutero que atendía a mi madre en Moratalaz, José Sanz, abrió su puesto en ese mercado. Ambos se reconocieron enseguida y mi madre siguió comprándole hasta que se jubiló. Pensado en perspectiva, es un hecho insólito, comprar la charcutería al mismo comerciante durante décadas, incluso habiéndote mudado de ciudad. A esto cabe añadir, que sus hijas coincidieron conmigo en el Instituto Manuel de Falla y que mantuvimos una amistad durante aquellos breves años.
Móstoles creció de manera vertiginosa en apenas una década y aún hay lugares, como Simago, Galesar o los Multicines Iviasa, que resuenan en la memoria despertando tiernas y agradables vivencias de juventud, apasionadas, colmadas de ilusión y de esperanza. Todos crecíamos en barrios como el de Estoril II, Iviasa, Las Nieves, La Princesa, Parque Vosa… Fuimos haciendo amigos y conociendo a compañeros en colegios como el Fausto Fraile, el Andrés Torrejón o el Balmes y en institutos como el Manuel de Falla o el Juan Gris. Entonces, la juventud llenaba las calles y los centros, nos comunicábamos por el teléfono de rueda y teníamos que hablar en el salón. Nuestros padres insistían en que las llamadas fueran cortas si las hacíamos nosotros. En ocasiones, llamaban nuestra atención con gestos mientras hablábamos y enseguida hacíamos saber que había llamado el otro, cosa que podía ser cierta como no. Otras veces bajábamos a la cabina de noche con algún pretexto y unos duros sisados de alguna compra.
Los barrios se fueron haciendo con una imagen popular y nos preguntábamos enseguida de dónde éramos para saber algo más del otro. Solía darme apuro reconocer que era de Estoril II porque tenía la imagen de ser un barrio de gente adinerada, cosa que conllevaba algo de verdad, aunque no fuera absoluta. Como la mía, muchas familias eran numerosas y solo trabajaba el cabeza de familia, lo que hacía necesarias ciertas restricciones y medidas de ahorro, como en cualquier otro barrio. Tampoco era una sombra que cayera sobre uno, tenía más consideración si vivías a un lado u otro de la vía del tren. Si estabas en el pueblo (el centro del municipio) o en las afueras. En todo caso, siempre me agradó algo diferencial respecto a los barrios que viví en el transcurso de mi infancia en Moratalaz y es que no había pandillas barriales ni había nada que temer de unos o de otros sino que las pandillas o los grupos se formaban por las actividades deportivas o extraescolares que practicaras, por los colegios o institutos a los que se asistía o, lo más frecuente, por las personas que conocías en los barrios, que tenían sus amigos a su vez. Lo naturales que han sido siempre los encuentros y las relaciones sociales antes de la llegada del primer ordenador (personal o no). Nuestra manera de aprender era a través de los libros, pero, sobre todo, a través de los demás. Podría decirse que nuestro conocimiento y experiencia dependían enteramente de nuestras relaciones personales y sociales y, en eso, no había distinción de barrios ni existían fronteras.
Salvando mis primeros años de infancia, he pasado mi vida en Móstoles y aún sigo haciéndola en esta ciudad. Me enorgullece pensar en los tiempos de tierra y recordar estructuras desnudas de los primeros edificios alzándose en medio de la tierra al aire libre, haber visto aparecer calles, manzanas y barrios de la nada. Siento lástima, en algunos momentos, al contemplar lo que estamos haciendo con nuestra ciudad en determinados aspectos. Hablo, por ejemplo, de los olivos centenarios que están arrancando y matando para construir más viviendas en la Avenida de los Abogados de Atocha, calle que no tenía nombre ni existía en los tiempos a que me refiero. Hablo de muchos casos conocidos en los que se derriban casas para construir edificios o se ocupan parcelas con más urbanizaciones. El Soto es un lugar que se encontraba en las afueras, un barrio humilde apartado un poco de todo y conocido por ser camino de paso al Polideportivo y al Parque homónimos. Enseguida llegaron los Centros Culturales con un apogeo impresionante, mucho menos tranquilos que en la actualidad y a los que, prácticamente, acudía la juventud en masa.
Pese a estas partes de tristeza y lástima por lo que perdemos, me enorgullece que mi crecimiento y el de la ciudad sean casi parejos. Pienso en aquel Móstoles y en aquel niño y puedo recorrer sus vidas como si fueran una sola. Así fueron creciendo los barrios, así nosotros y así la ciudad. Esa es la vida que estamos recorriendo juntos y, sin duda, es una vida plena y entrañable. El barrio siempre deja emotivas huellas en el corazón.
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