Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La comunicación
De un par de años a esta parte, es cierto que las cosas van empeorando en general. En tiempos de comodidad y supuesta calidad de vida, la verdad es que nuestra incomodidad es mayor y la calidad de vida es un espejismo en el mejor de los casos. El precio de la vida se ha disparado, comenzando por la bolsa de la compra y los suministros de servicios básicos, mientras los salarios permanecen bajo mínimos; Móstoles ya es la segunda ciudad de más de cien mil habitantes donde más crece (un 12,6%) la criminalidad convencional; Móstoles también ha incrementado un 14,9% el precio de la vivienda, situándose en cerca de 2.950 euros el precio por metro cuadrado; el desplazamiento se ha vuelto insufrible con el soterramiento de la autopista A-5, la remodelación de cercanías y el notable incremento del tráfico, a lo que cabe sumar la actualización del mapa del SER (Servicio de Estacionamiento Regulado) de Madrid, que amplía considerablemente las zonas de aparcamiento; en esta línea y, aunque aún no haya que pagar por aparcar, los problemas de aparcamiento en Móstoles son mayores cada día; el PAU-4, pese a los avances que van lográndose a fuerza de reclamo, sigue reivindicando mejoras básicas y estructurales en un barrio que crece de manera improvisada desde su propio planteamiento; y el parque automovilístico envejece a un ritmo vertiginoso ante la pérdida de nivel adquisitivo provocado por el encarecimiento de la vida.
Estas son solo alguna de las principales preocupaciones de la vida cotidiana. Imaginábamos un futuro mejor porque es lo único que puede mantener medio viva la esperanza más ciega, pero el futuro ha venido decayendo desde la segunda mitad de los años noventa hasta nuestros días de desconsuelo. Lejos de mirar hacia adelante, miramos hacia atrás, donde dejamos olvidadas la esperanza y el consuelo como niños que corren excitados a encontrarse con los amigos para marcharse de excursión y olvidan la comida en casa.
No solo ha empeorado la comunicación con Madrid e incluso con otros municipios sino que también la comunicación entre las personas, absorbidas por la tecnología. Preferimos hablar por el móvil antes que encontrarnos en persona para hablar y abrazarnos. Ya no tenemos tiempo para lo importante ni recursos emocionales para enfrentarnos a una conversación cara a cara. Apenas algunos dinosaurios que éramos jóvenes en los ochenta sabemos desenvolvernos en esas lides que nunca fueron tales. También las personas nos hemos vuelto más susceptibles, en ocasiones somos como los caracoles que, al menor roce o sospecha, nos refugiamos en nuestra concha, de donde resulta imposible sacarnos. Apenas nos saludamos siquiera o lo hacemos de mala gana, incluso entre vecinos.
Podemos hacer una lista interminable de problemas e inconvenientes para vivir verdaderamente y para comunicarnos, tanto entre nosotros como con otras poblaciones. Sin embargo, podríamos hablar (he ahí la clave de la comunicación oral) de otras cosas que tenemos y en las que no pensamos demasiado, llevados por la inercia de lo cotidiano y el decaimiento. Ya no solo me refiero a tener agua corriente, luz y acceso a muchos lujos ni de poder satisfacer muchas necesidades superfluas, sino de cosas como nuestra capacidad de decisión, como la posibilidad de tomar conciencia y hacer por cambiar cosas en nuestro entorno y en nuestra vida. A veces, decidir caminar por una nueva calle en nuestros paseos puede modificar de manera considerable nuestro punto de vista, y eso solo supone un comienzo. Tal vez descubramos una pastelería en la nueva calle y nos apetezca tomar un delicioso bollo en nuestro siguiente paseo. Quizá nos sorprenda encontrarnos con alguien familiar en la pastelería, alguien a quien no veíamos desde hacía tiempo y con quien retomamos el contacto en una cita programa para encontrarse allí mismo dentro de dos días a media tarde. Posiblemente sea el comienzo de una amistad renovada que nos cambie la vida, que modifique el color de esa época y nos sitúe en una vía diferente de tren con un destino distinto al previsto.
La comunicación tiene mucho de aceptación y atrevimiento. Aceptar los momentos que hemos de vivir, el entorno que nos rodea y la coyuntura que nos afecta, y atrevernos a dar un paso diferente. Quizá no suceda nada ni cambiemos nada, no con ese paso o con otro, pero es muy posible que alguno que otro nos mueva del lugar. Solo el empeño cambia la tendencia y hacer probable que así ocurra, que nos mueva y nos lleve a encontrar un destino diferente. Un caracol es más frágil que una manada de elefantes. La historia de la Humanidad muestra cómo la fuerza se encuentra en la unión. Esa unión no siempre ni a menudo ha traído algo bueno para el Hombre, pero es imprescindible para que ocurra. La comunicación no solo se encuentra en la tecnología. Supuestamente era así, la tecnología facilitaba la comunicación y la unión, pero no ha sido así emocionalmente sino que más bien ha sido una trampa para capturarnos y apresar nuestra esperanza y nuestro consuelo, entre otras cosas de valor.
Nuestro actual alcalde de Móstoles, por ejemplo, entiende lo que es la comunicación y la utiliza para obtener mejoras, para lograr que Móstoles sea la Ciudad del Deporte este año, para que se apruebe el acceso a la R-5 desde el PAU-4, para que la Cultura y el Entretenimiento en Móstoles sea de calidad, accesible y frecuente, para que se renueven las calles y carreteras del municipio o para mejorar las condiciones de los colegios.
La comunicación no solo tiene que ver con la unión o el conducto que existe o pueda existir entre cosas o lugares sino con el trato entre las personas, y este último es el que facilita el primero. Lo olvidamos con facilidad en determinadas ocasiones o incluso épocas, pero la comunicación, la comunicación bienintencionada, es imprescindible para crecer y para hacerlo adecuada y sanamente. Os animaría a hacerlo, a seguir saludando amablemente al vecino que no saluda nunca, incluso si os encontráis con él más allá del entorno del edificio, y no solo a él sino al comerciante que os atiende a menudo en vuestras compras, al conductor del autobús, por antipático que os parezca, o a la cajera del mercado. Saludad amablemente, atreveros con nuevas calles en vuestros paseos y desautorizaros cuando os encontréis maldiciendo por enésima vez cualquiera de los problemas de nuestros tiempos, que son muchos, graves y variados. Sed la amabilidad de las pequeñas cosas, la resistencia ante la pesadumbre y el ánimo ante el decaimiento.
Convenceros de que pronto amanecerá un nuevo día y el pasado ya se habrá vivido, aseguraros de haberlo vivido con buen ánimo o con el mejor posible, al menos; amanecerá un nuevo día con nuevas oportunidades y es un nuevo día de vida. Transmitid, incluso sin nadie delante para alabaros, la sensación de vida en vuestros actos y pensamientos, en vuestros gestos y predisposiciones. Comunicaros sea cual sea la situación. La comunicación, la de verdad, es la esperanza imbatible que nadie puede disolver y la única vía de mejora.
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