Nueva columna semanal sobre el futuro que espera a la ciudad y a sus vecinos. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El progreso

Crecer es inevitable y nada detuvo nunca el progreso. Los rasgos negativos de este son claramente visibles, pese a que siempre puedan hallarse resultados positivos en su imparable avance. Finalmente, ha de encontrarse un equilibrio imposible entre sus rasgos y sus resultados o, sencillamente, convivir con ambos como sea posible y nos permita cada situación. Esto al hilo de la reflexión que vengo trayendo desde hace algunos meses sobre la proliferación de construcciones en Móstoles, principalmente en El Soto y en el PAU, pero no solo. La última noticia ha sido la vía libre dada a la construcción del polígono industrial Madrid Puerta Oeste con una extensión de dos millones de metros cuadrados.

Aunque no en todos los casos, usualmente el progreso se presenta con vestimenta formal y aspecto de nuero educado y agradable que pretende cortésmente a la niña de la casa ganándose el corazón de los padres, que no encuentran ni una tara o defecto en el que cebar siquiera una crítica o reproche para cuestionar nada. El acceso de los jóvenes a la vivienda se ha dificultado sobremanera década tras década hasta llegado el punto en el que prácticamente resulta inviable incluso alquilar un piso de manera transitoria. El motivo, entre otros coyunturales, es la especulación de la vivienda y la subida desmesurada de los precios. Sin embargo, barrios como El Soto y el PAU están siendo arrasados por bloques de viviendas que, en una buena parte, son adquiridas por empresas y particulares para la especulación. Buen ejemplo de ello son las viviendas de la Avenida de los Abogados de Atocha. Apenas entregarse las llaves podían encontrarse numerosos pisos de unos setenta metros cuadrados, en el mejor de los casos, ofrecidos en alquiler por mil quinientos euros al mes.

La superpoblación es un problema evidente vedado en las conversaciones y a menudo escondido bajo la alfombra. Nuestro municipio ha experimentado un crecimiento de cerca de diez mil habitantes en la última década, lógicamente sin contar los habitantes no empadronados que habitan en nuestra ciudad, que no son pocos. Por otro lado, Móstoles viene siendo protagonista de grandes eventos y acontecimientos en los últimos años que producen, como consecuencia directa o indirecta, un cierto efecto llamamiento. Sin embargo, apenas son un par de aspectos a considerar. Cabría hablar de algunos otros, mayores y menores, en otro momento y en otro foro. Hoy corresponde hablar de sensaciones, de sentimientos, de los rasgos del progreso que acaban encerrándonos entre las cuatro paredes de una casa y los bloques de edificios de una manzana, que nos lleva a caminar por angostas aceras de tránsito imposible (compartiendo espacio con bancos, árboles, bicicletas, patinetes y terrazas de bar) y a circular con nuestros vehículos por calles de elevado colesterol. Hay más coches y más grandes cada día, y más autobuses, camiones y furgonetas de reparto, y la vida cotidiana se hace imposible en ocasiones y asfixiante con frecuencia.

Siempre fue así: primero se construyen edificios, después se plantean las infraestructuras, a menudo con problemas inherentes de complicada resolución dado que la geografía urbana es la misma y no da más de sí. El consumo de electricidad y de agua es mayor cada año, las necesidades médicas y los recursos sociales… En ocasiones pienso en el padre que ha de trabajar más y más horas para pagar el desmesurado gasto de la familia, que no deja de crecer exponencialmente y a un ritmo muy superior a la capacidad de generar ingresos de una familia al completo. La imagen más nítida y acertada es la de achicar el agua de una balsa en la que no dejan de abrirse vías que, lejos de cerrarse, se abren más por momentos.

No queremos ser derrotistas, no queremos pensar en esos rasgos. Sabemos que existen, podríamos hasta asegurar que son reales, pero no deseamos saber de ellos. Queremos ser felices siempre, continuar con nuestro ritmo y calidad de vida y variarlo solo para incrementarlo. Los que añoramos el espacio abierto, los campos, el viento, las zonas despejadas y, al fin y al cabo, la paz y la tranquilidad, dejaremos el mundo cuando llegue nuestra hora y, en tanto, las nuevas generaciones crecen ya en el asfalto, en el ritmo despiadado de consumo, en el insano hábito del encarecimiento de los productos y los servicios, de esa calidad de vida de la que abusan sin medida. Pronto será común ese asfalto, los espacios estrechos y cerrados y encontrarse rodeado de artificialidad y enteramente desapegado de la realidad vital.

Así lo vemos en ocasiones, vemos a lo que estamos abocados. Menos nosotros, que vamos arrastrando pasado, y más las generaciones que van incorporándose. La ciudad crece y se angosta y pronto podrá pasar por cualquier otro barrio de Madrid como Carabanchel o Campamento, que también fueron poblaciones de las afueras en su día. No es culpa del municipio, claro. Lo que acontece en nuestra ciudad, acontece en el resto. La biología lo mostraría en un microscopio donde, por ejemplo, podrían verse crecer pequeñas moléculas individuales (monómeros) de modo que comiencen a tocarse entre ellas para acabar uniéndose en una sola molécula más grande y compleja (polímero). Sí, Móstoles tiene autonomía y conforma una ciudad independiente políticamente, pero desplazarse de una ciudad a otra pronto no implicará un viaje ni recorrer una carretera que atraviese un campo sino más bien moverse entre dos barrios. No existirá gran diferencia entre trasladarse de Iviasa a Cerroprieto y desplazarse de Móstoles a Alcorcón. Siempre quedarán los pueblos de la sierra y los valles, los rincones salvaguardados por la despoblación rural y las zonas de montaña aún protegidas a duras penas del progreso.

Sí, solo es una visión parcial, pero no es una visión desacertada. Perdemos más de lo que ganamos y la desmedida construcción de viviendas y habilitación de zonas rurales para actividades empresariales conlleva un crecimiento igual de desmedido y aún más perjudicial. No todo puede medirse en términos económicos, el incremento de ingresos en las arcas públicas no puede ser el fin único que justifique todos los medios. Pero esta es la voz de una hormiga hablando en el fondo de una lata perdida en mitad del siguiente solar que recibe con pesar la visita de las excavadoras que inician los trabajos de preparación para asentar los nuevos cimientos. El progreso es imparable y ciego, sordo y de mente obtusa. Daría igual que viera, escuchara y su mente estuviera abierta porque el Hombre volvería a esclavizarlo a su ambición.

Nos quedarán las fotografías y las memorias de otros tiempos siempre percibidos lejanos por cercanos que se encuentren y el consuelo de los resultados positivos que hallemos en el imparable avance del progreso. Así nos quede pasear por un parterre o un pequeño parque que decore con algo de verde los huecos entre edificios de viviendas. Siempre nos queda la añoranza de lo perdido en el lugar en que deberíamos encontrar la satisfacción de haberlo conservado… y pasear por las calles que debíamos haber tomado.

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