Nueva columna semanal para comenzar este 2026 con una vista al pasado y al futuro. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El puente

Son dos mundos que apenas se han comunicado a través de alguna galería oculta en un momento dado: el mundo de los niños y el de los adultos. Pensábamos que ser adulto era lo peor y había en ellos infinidad de cosas incomprensibles para nosotros. Cómo podían aguantar horas únicamente hablando en torno a una mesa cuando lo divertido era salir a correr por las calles, era una de esas cosas inexplicables. Oscar venía a buscarme a mí, a veces con Luigi, y juntos íbamos a llamar a Guille. Después íbamos a buscar a Santi, a Miguel y a Fernan. Reunidos ya todos, nos preguntábamos qué hacer esa tarde. Algunos vivíamos por Estoril II y otros en Iviasa. Miguel vivía en Parque Vosa y Luigi venía de Cerro Prieto. A veces íbamos todos a buscarle y recorríamos aquellas calles alejadas de las nuestras. Nuestros padres nunca supieron de esas distancias que recorríamos, cada uno pensaba que su hijo andaba por la zona. Eso creíamos entonces, hoy no podría estar muy seguro de lo que pensaban o sabían en realidad. Luigi y Miguel se molestaron con nosotros durante un tiempo porque solo frecuentábamos nuestro barrio. La calle Velázquez, el parque de Andalucía, el Paseo de Goya, la calle del Pintor El Greco, la calle Juan de Juanes, las vías del tren, los multicines Iviasa… Se quejaban porque todo quedaba cerca de nuestra casa y ellos tenían que volver solos a la suya. Comenzamos a acompañarlos, pero eso significaba cortar la tarde antes para que nos diera tiempo a volver a casa a nuestra hora, así que los acompañamos algún día pero no todos. Luigi dejó de venir tanto con nosotros. No fue por eso sino porque tenía demasiadas clases extraescolares y acababa de apuntarse a clases de música. Sus padres eran algo reticentes a que pasara tanto tiempo por las calles con nosotros o con cualquiera. No nos lo dijo sino que lo sabíamos nosotros por alguna ocasión en que habíamos estado en su casa, esperando en la entrada mientras su madre hablaba alto desde la cocina para que él la escuchara desde su habitación en tanto acababa de arreglarse.

Las tardes de los multicines eran distintas y todos solíamos estar más animados que de costumbre, nos arreglábamos más de lo habitual e incluso nos echábamos colonia. Miguel y Fernan utilizaban Otello, solían ir a la par en todo lo que hacían. Todos notábamos entre ellos una amistad más estrecha. Luigi les alentó a casarse porque estaban hechos el uno para el otro. Todos reímos, incluso ellos, que siguieron la broma casi toda la tarde. Yo utilizaba Brummel, la primera colonia que tuve, regalo de mi madre por mi decimotercer cumpleaños. Pensado ahora no parece que fuera algo tan adulto como podíamos considerar entonces, pero ese era nuestro mundo. Ir a ver Regreso al futuro o la nueva de Rambo era un gran acontecimiento para nosotros. Algunas veces no solo nos llegaba para palomitas sino que podíamos tomar algo en una cafetería que había enfrente con un aire algo americano en las butacas y las mesas. No recuerdo su nombre. Era un lugar frecuentado por muchos de nuestra edad y no siempre teníamos dinero para una tarde de cine así. Esa carencia de recursos económicos, y quizá de sitios ambientados para gente de nuestra edad, era lo que nos tenía caminando por las calles, en ocasiones deteniéndonos a sentarnos en un parque durante un rato, y hablando sin parar de cualquier cosa, de temas que hoy parecen intrascendentes y baladíes y en los que empeñábamos la vida en aquellos momentos. En el fondo, creo que tratábamos de aprender los unos de los otros, que hablábamos del mundo y de nuestra forma de mirarlo para contrastar nuestras miradas con las de los demás. Lo mismo con nuestros incipientes pensamientos. Es otra diferencia con los adultos, que han de saberlo todo aunque lo desconozcan. Se supone que un adulto tiene las respuestas, sabe comportarse y desenvolverse en cualquier situación y tiene tomadas con determinación las riendas de la vida. Y el mundo te considera adulto apenas cumplir dieciocho o veinte años. La responsabilidad de ser adulto suele caer en la espalda como una losa incomprensible e inexplicable y de manera inesperada. Hace sentir bien al principio porque parece otorgar, como si fuera un poder sobrenatural, la libertad de tomar las propias decisiones. Sin embargo, se acaba hablando durante horas en una mesa sin posibilidad de salir a la calle para nada en ningún momento. Y la conversación no es la que se tenía, inocente y atrevida, con los amigos de aquella adolescencia sino que, experimentada y recelosa, parece plagada de minas personales. Los tiempos no son los mismos tampoco y los temas de conversación se han reducido a la mínima expresión. Todo, en definitiva, parece harto más complicado de lo que parecía entonces.

Los días seis de enero son días bonitos para pasear porque es posible ver a los niños salir a la calle con la ilusión de los juguetes nuevos. Cierto es que ya no es algo tan frecuente y que el gesto de los padres, en mayor parte, es más hastiado e indiferente y no muestra empatía alguna con ellos y, sobre todo, con su ilusión. Este año agradecí especialmente mi paseo anual porque se cruzaron por el camino dos niños de unos cinco o seis años estrenando sus pequeñas y brillantes bicicletas nuevas, con sus ruedas limpias y relucientes, inexpertos y gozando con la experiencia. Estas imágenes no solo traen ecos de aquellos recuerdos infantiles que puedan conservarse con fortuna sino que reconfortan el alma de quienes, por algún motivo, somos más sensibles a ellas, y no dejan de resultar una manera agradable y entrañable de comenzar los primeros días de un nuevo año. De hecho, me llevaron a recapacitar en esas etapas. No solo la infantil sino también la adolescente. Y no solo a reflexionar en nuestras etapas más tiernas sino en las de la ciudad y la de los tiempos. Imagino en ocasiones cómo hubiera sido ahora mi infancia y mi adolescencia en los tiempos y la ciudad presentes. No puedo verlo ni sentirlo con claridad porque no es posible desembarazarse de lo vivido, desprenderse de la inevitable comparativa con ello ni retornar la experiencia y la evolución para regresar a un comienzo enteramente distinto. Por lo general, abandono la idea sin apenas intentarlo y permito que la mera experiencia me inunde y me gratifique tal cual se muestra y con los menores prejuicios posibles.

Camino por el puente de la calle Echegaray de manera distinta a como lo hacía décadas atrás. Incluso emprendo a veces la calle Miró hacia los multicines que ya no existen. Recorro estas calles cada tiempo menos parecidas a aquellas de nuestros adolescentes inicios y voy sintiéndome más y más desarraigado, como si la nada fuera devorándolo todo como narraba aquella historia interminable de Michael Ende. Quizá sea la razón de esforzarme más en recordar, el temor a olvidar o el miedo a que la realidad actual borre todo rastro de realidades pasadas. Tal vez por eso el empeño en no desdeñar ninguna realidad, en contemplar con perspectiva la evolución y el devenir de la existencia. La gran virtud de los adultos, máxime a partir de determinados hitos, consiste en tomar conciencia del trayecto y poder contemplarlo en todo lo que abarca, que no es poco. La sabiduría tiene mucho que ver con esa mirada global, comprensiva y afirmativa.

El puente de la calle Echegaray, por ejemplo, trae a mi madre a la memoria, en aquellos días en que nos llevaba al colegio sin dejar que nos entretuviéramos viendo pasar el tren. Trae esa visión elevada del tren aminorando su marcha al entrar en la estación de Móstoles Central y abriendo las puertas para permitir bajar a los pasajeros, y la del tren cerrándolas y saliendo de ella en sentido a Aluche, alejándose por el otro lado del puente hasta perderse su vista en la curva que desaparece en el horizonte.

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