Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La memoria

Hasta nuestra juventud y algo más allá, la memoria es algo inofensivo que, otro sí de las habilidades elementales automáticas e inconscientes (memoria implícita o procedimental), conserva las vivencias de un pasado cercano sin afectarnos demasiado, hasta el punto de no detenernos demasiado a pensar en ella de manera trascendental. Es algo similar a caminar, no necesitamos pensar cómo hacerlo sino que, sencillamente, nos incorporamos y andamos sin que nuestros pensamientos hayan de ponerle atención. Sin embargo, en la medida en que la memoria almacena vivencias de todo tipo, no solo el recuerdo de los sucesos sino la impronta emocional y sentimientos como el dolor o el alivio, la alegría o la tristeza, y en la medida en que el pasado que almacena va siendo más distante, la memoria va cobrando un peso específico hacia el que se desvía la atención. Como si se tratara del calor de un motor a pleno rendimiento extremadamente cercano a nuestra espalda, le memoria irradia sus recuerdos casi de manera constante cuando superamos la mediana edad y nos acercamos con pasos maduros al incipiente inicio de nuestra vejez, aún joven a primera vista.

Sin venir a cuento ni a historia alguna, nos encontramos rememorando los tiempos en que esas calles no existían y era todo un barrizal por el que nos aventurábamos con la pandilla (algunos, también compañeros del colegio). Solo con caminar por esas calles nuevas por las que se ha de pasar ahora para acudir a algún lugar, quizá al ambulatorio edificado donde se encontraba el descampado que atravesábamos para ir al instituto. Así van corriéndose la voz entre ellos y llamándose unos recuerdos a otros, como si fueran esa hilera de pañuelos multicolores anudados que el mimo saca de su bolsillo como si no existiera un final. Solo trataba de sacar algo del bolsillo, tal vez un pañuelo, y ahora no puede dejar de extraer uno tras otro. Piensa que acabará muriendo así, pero no lo expresa, sonríe y actúa disimulando como si nada, como si la función debiera continuar siempre y nada ocurriera más allá de ella.

Hay momentos en que la atención se detiene en un momento, es posible que en las sensaciones de aquella tarde que salimos abotargados de casa para despejar la mente, d a igual si de los padres, los estudios, los hermanos, las cuatro paredes bajo techo o todo a un tiempo. Nos dirigimos al parque de Andalucía esa tarde porque allí pasábamos tiempo de diferentes colores; por sus caminos hemos corrido, caminado y paseado con diferentes personas y en diversas situaciones. Se nos ocurre dirigirnos allí porque es un centro emocional que, más o menos consciente, relacionamos con la calma y la satisfacción, pero también por un deseo oculto de encontrarnos con alguien amigo a la tibia luz del sol de las últimas horas de la tarde. Aquellas horas nos aportaron un estado de apacible felicidad que llevaron nuestro espíritu a otro estado, a uno en el que todo era armonía, todo se sentía confortable y en su sitio, incluso el mundo se sentía ordenado y en paz. Las horas de esa tarde quedaron registradas en la memoria a largo plazo sin necesidad de acudir a ningún registro determinado ni poner voluntad y esfuerzo en el recuerdo. La ciudad ha digerido aquel parque que se encontraba a las afueras y lo ha convertido en un parque más, ya sin trascendencia alguna. Lo más probable es que ya pocos de aquellos hayan vuelto a pasar por él ni a pisar su arena ni a sentarse en su hierba. Hoy se ha sentido esa necesidad de despejarse en él, sabiendo ya que no habrá nadie con quien encontrarse y que el ambiente y las sensaciones son totalmente diferentes salvo por el teñido de la memoria que cubre el presente con la capa multicolor del pasado para nuestro deleite, nuestra consolación y nuestra redención.

La memoria tiene esta cosa de recordarnos, aunque sea de manera vaga y a través de historias, anécdotas y momentos vividos, quiénes somos. Viene ahora aquella despedida con los amigos pocos días antes de entrar en el Servicio Militar Obligatorio y el paso de mi cabeza por debajo del chorro de agua gélida de la Fuente de los Peces en Pradillo para tratar de espabilarme, como desesperado, peligroso y malogrado intento de hacerme recuperar la conciencia. La juventud no es responsable, pese a que pueda parecerlo en determinados momentos. No lo es porque aún no tiene la memoria suficiente y necesita experimentar. La juventud ve todo posible y divertido y actúa más de lo que piensa. La memoria es quien, tal vez, nos hace pensar. Ella y las vivencias de un pasado distante o incluso de varios.

La juventud no la toma en serio porque la tiene fresca, no necesita el agua de la Fuente de los Peces para despejarse aunque quizá sí una conciencia. La memoria va pesando con los años, también el cuerpo, los huesos, la mirada… pero es una fortuna que reclame nuestra atención pues también nos trae momentos fascinantes, nos muestra una trayectoria vital, nuestro crecimiento y el de la ciudad, y nos muestra la fortuna que tuvimos de vivir aquellos años maravillosos, la fortuna de conocer el origen de las cosas, no solo el nuestro sino el de la ciudad y el de la sociedad de aquellos años.

Mis padres nacieron en plena guerra civil, vivieron la posguerra con tres o cuatro años y bajo una dictadura hasta la segunda mitad de los años setenta. Yo nací a esas puertas, viví bajo la dictadura mi primera década y entré en la preadolescencia con la transición de finales de los setenta. De alguna manera, tomé aquel relevo de mis padres y hoy, como muchos, puedo narrar una historia interesante y compleja. Ser joven en los ochenta fue un privilegio que nos marcó de por vida. No volverá a vivirse una época siquiera similar. Hoy ha cambiado todo de manera radical y la memoria nos trae el comienzo y el nudo de todo, y nos aventura el desenlace. Algunas realidades duelen y otras nos reconfortan. Vamos reconociendo que este mundo que fue nuestro un día, hace tiempo que comenzó a dejar de serlo. No pasamos testigo sino que nos fue siendo usurpado. No con malicia sino de manera natural, porque a quienes usurpan les viene obligado tomarlo como lo tomamos nosotros en aquel pasado distante. Eso está bien, ahora podemos verlo y podemos observar la vida con perspectiva, somos más sabios y sabemos conservar la calma y el silencio ante el devenir de los días y de los años. Hemos aprendido a valorar alguno de los aspectos del presente que más nos disgusta y el futuro nos viene siendo revelado como si viéramos con claridad llegar el tren o la tormenta. El único futuro que veíamos en nuestra juventud era el proyectado por nuestras inquietudes y nos revelábamos ante las cosas que nos desagradaban.

Nuestra mirada también ha cambiado, por tanto, y también de manera natural. Vamos pasando de curso y ocupando las sillas que ocupaban los mayores de los cursos más altos. No sabíamos dónde iban cuando acababan el último curso y suponíamos que cambiaban de colegio, se marcharían al instituto, luego a la Universidad… y se marcharían a comenzar un trabajo para tener su propio dinero y su autonomía. Dibujábamos con suposiciones el futuro de los que se marchaban sin percatarnos de que éramos ellos, escalando peldaños para marcharnos un día quién sabe a dónde y sin preguntarnos si lograríamos llegar a nuestra meta tal cual lo habíamos soñado durante años. Y hemos llegado a un punto en el que nos preguntamos qué fue de todos aquellos mayores, de los alumnos de los cursos altos, de los profesores, de los padres de nuestros amigos, de los tenderos, de las vecinas y de nosotros mismos. Qué ha sido de nosotros mismos, de la ciudad, de nuestros lugares emblemáticos, de los bares de nuestra juventud, de los parques y de aquella guitarra con la rosca de la clavija de la cuarta estropeada, que obligaba a afinar todas las cuerdas a partir de esa, que difícilmente conseguía el Re debido.

No podemos responder esas preguntas porque no podemos determinar lo que ha sido de nada y menos de nosotros mismos, pero merece la pena el viaje por la memoria para tratar de hacerlo. Merece la pena sacar un pañuelo tras otro, así nos haga llorar como reír, porque, finalmente, la memoria nos lleva a revivir y nos muestra la perspectiva que vamos hilando a cada paso. Eso nos asienta en un presente más apacible y nos lleva a comprender. La memoria también trae comprensión y, desde luego, muestra una vida: la propia.

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