Nueva columna semanal sobre un aspecto importante en la vida del motoleño. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La pervivencia

La edad invita a la reflexión porque la experiencia y el transcurso de los años dota de perspectiva a la mirada. Tras ver algunas fotografías de lugares emblemáticos como la casa de Andrés Torrejón, el monumento en su homenaje de la Plaza del Pradillo o la fuente de los peces y leer sobre sus orígenes y sobre sus circunstancias a lo largo de las épocas y de los siglos, la reflexión fluye unida a la nostalgia, más aún al ver escenas cotidianas de calles en las que había sitio abundante para aparcar aquellos Seat y aquellos Renault, entre otros, de la época.

Reflexiono, de manera baladí, sobre si aquella vida era más fácil o difícil. Nunca encuentro una respuesta clara, lo único seguro es que era más auténtica y, en ese sentido, considero que era mejor que la actual. Sea como sea, pues al final lo mismo nos va a dar que igual habremos de seguir lidiando con este presente alocado, la perspectiva ofrece una visión clara sobre el horizonte al que caminamos.

Móstoles era una ciudad de unos doce mil habitantes con la primera llegada de los movimientos migratorios procedentes de la capital y de otras provincias. Parecía un lugar apacible donde vivir y crecer, enraizar una vida digna y envejecer. Pronto afloraron las primeras carencias para cubrir las necesidades elementales de los ciudadanos que llegaban ilusionados y de manera masiva. El agua y los colegios fueron la causa de las primeras manifestaciones. Los años siguientes transcurrieron en una explosión de crecimiento de la villa coincidiendo con los años ochenta, años que dejaban atrás la delincuencia de la década anterior y que se colmaban de juventud, ilusión y vida. Llegaron los centros culturales, la movida y el intenso deseo de sentirnos libres y capaces con un mundo de posibilidades abierto ante nosotros para liberarlo.

Aquellos años fueron quedando atrás con el esplendor de la construcción y la burbuja inmobiliaria que acabó asolando la economía, y el s. XXI deparó un sinfín de crisis económicas que mostraban brotes verdes con la misma presteza con que éstos se mustiaban. Así hemos ido llegando a nuestros días, con nuestras luces y nuestras sombras. Leemos sobre aquellos monumentos, observamos fotografías de aquellas épocas que, principalmente, nos traen AAHIMOS, la Asociación de Amigos de la Historia de Móstoles, que realizan una valiosa labor, y la sección Orgulloso de Móstoles de este diario, que tiene como una de sus mejores virtudes, traer la memoria al presente y poner en relevancia el carácter humano de la sociedad y de cuanto acontece en nuestras calles.

Reflexiono en la manera en que se condensan las ciudades con tanta edificación a costa de la naturaleza y de nuestra calidad de vida. Sé que el crecimiento demográfico de la población mundial es progresivamente geométrico y la superpoblación, ese creciente problema continuamente acallado, no deja de empujarnos al hacinamiento, al desmesurado consumo de recursos y al aniquilamiento de nuestro entorno. Así hoy, las generaciones posteriores a aquellas que migraron a Móstoles procedentes de la capital y de otras provincias, comienzan a migrar de Móstoles a pueblos cercanos donde encontrar un lugar apacible donde vivir y crecer, enraizar una vida digna y envejecer.

Reflexiono en esos movimientos migratorios internos trascendentales huyendo del ruido, la saturación y el desmesurado coste económico de la vida y me pregunto por el momento en que dejen de existir lugares a los que retirarse para iniciar la vida deseada, pero sobre todo reflexiono en el movimiento destructivo de esa vida deseada tan pronto la encontramos. No es una destrucción de nuestra propia mano (no en su mayor parte, al menos) sino que es una destrucción inevitable por encontrarse implícita en el crecimiento y en la evolución.

Veámoslo así: acabas de comprar una casa, paseas por ella vacía y la ilusión se desborda ante un mundo de posibilidades. Allí habrá vida, allí creceréis, habrá niños, celebraciones, disgustos… Comienzan a entrar los primeros muebles y se incrementa la ilusión al tomar forma el hogar. Ahora bien, al cabo de las décadas, la casa se encontrará en desorden, demasiado repleta de objetos, la mayoría innecesarios.

En el fondo de nuestro ser, añoramos aquella casa vacía en la que comenzar. Quizá con algunas cosas entrañables que conservamos ahora… A eso me refiero con la ciudad. ¿Era mejor antes, con mayores posibilidades, con retos que afrontar, espacios para aparcar aquellos pequeños coches, paradójicamente superados por coches más voluminosos, campos por los que correr y jugar y aquellos comercios familiares?, ¿vivimos mejor ahora? No es posible responder estas preguntas sin un interminable debate de por medio. Aquel Móstoles queda para los viejos y la memoria histórica, aquellas calles de nuestra infancia forman más parte de ella que de nosotros. La juventud de hoy se encuentra en el Móstoles de hoy, y así debe ser porque es ley de vida.

En tanto, nos agrada encontrar con quien compartir aquellas vivencias, encontrar a aquellos con los que compartir aquella realidad que contrasta con la presente. Quizá la Fuente de los Peces se encontraba mejor en su lugar original o la plaza del Pradillo era más amplia y auténtica en aquellos años sesenta y setenta. Nos gusta vestir de gala nuestras calles y nuestra ciudad cuando quizá sus mejores galas sean las de diario, las que ha llevado siempre. ¿Puedes imaginar aquellos lugares conservados tal cual hoy?

Sería algo hermoso, aunque me temo que dificultaría satisfacer las variopintas necesidades de la ciudad. Los viandantes, los ciudadanos de a pie, caminamos por aquellos lugares y estas calles resignados al devenir. Alguien hablará mañana de aquellos olivos centenarios arrancados para edificar o de aquellas históricas casas de pueblo igualmente derruidas con el mismo fin. Parece que la Historia se detendrá en aquellos tiempos, pues qué Historia auténtica cabe en edificios y parques arquitectónicos. ¿Qué tiene de entrañable el asfalto y los ladrillos? Quizá la Historia sea como los edificios: siempre cabe uno más, siempre hay hueco para construir Historia, sea como sea.

En estas reflexiones me hallo a esta altura de los tiempos en que —ya lo dijo Jorge Manrique— cualquier tiempo pasado fue mejor. La pervivencia implica pérdida, lejos de vivir se subsiste en ella, en la pérdida. Así que pervivimos en esta debacle que olvida siempre la senectud y lo hacemos cobijados en la memoria. La ciudad muestra un escaparate atrayente y la senectud, ley de vida, se aleja del ruido, el movimiento y la luminosidad.

Así crecemos, así formamos parte de un tiempo que dejamos atrás y proseguimos viaje por tiempos que no conseguimos hacer nuestros, pese a nuestros denodados esfuerzos. Sí, vivimos en el presente, nos adaptamos y reconocemos cuanto de nuevo hay en él, pero siempre aparecen los vestigios de nuestro origen, de nuestro pasado, de nuestras referencias y nuestra educación temprana, y entonces hemos de pervivir en el equilibrio y argumentarnos una esperanza válida que nos lleve al mañana sin importar si tiene o no fundamento. Es nuestra esperanza y la hacemos nuestra como hicimos con aquellos tiempos que tomamos para nosotros y nos construyeron, haciendo de nosotros quienes ahora somos.

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