Nueva columna semanal sobre una figura importante de la vida del municipio mostoleño. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Las calles
Aquellos que llevamos viviendo algunos años —considerables, diría yo— en Móstoles, lo hemos visto crecer sin dejar de sorprendernos por los cambios. Allá donde había campo y corría el aire, ahora encontramos barrios enteros. Los Rosales, el PAU, el Soto… Un gran número de calles han mudado su aspecto e incluso su denominación, como la antigua Avenida de Los Deportes, actual Avenida de Iker Casillas desde noviembre del 2011. Incluso era frecuente ver alguien caminando por los bordes de la maltrecha carretera.
El parque Finca Liana tampoco era tal sino una finca privada tapiada a lo largo de todo su perímetro. Nadie habíamos visto más que a duras penas las copas de los árboles destacando sobre la tapia. Transitaban aquella avenida los habitantes del pequeño barrio, los usuarios del polideportivo Andrés Torrejón y los alumnos del I.E.S. Manuel de Falla, principalmente. Comenzó a frecuentarse más con la apertura del parque natural El Soto, ciertamente concurrido a todas horas del día.
Los que hemos visto cambiar nuestras calles e incluso sus gentes, con la marcha y venida de aquellos y de estos, seguimos sorprendiéndonos a diario de la facilidad con que el tiempo muda todo. Las modas, las personas, el ambiente, las fachadas… en tanto prevalecen las calles, nuestros lugares de siempre. Nos agrada caminar por ellas recordando aquellos bares, mesones y restaurantes, nuestros puntos de encuentro con los amigos, nuestras tiendas asiduas y nuestros lugares de evasión. Recordamos nuestras rutas al instituto, a casa de los amigos y a la academia de recuperación, las rutas seguidas para pasear con nuestros padres bajando la Avenida de la Constitución para llegar a la Plaza del Pradillo, donde se encontraba el mítico Galesar (casi cincuenta años después, ¡aún permanece el letrero!), las rutas habituales de paseo con los amigos y los parques en que solíamos encontrarnos con ellos.
Todos aquellos lugares y calles se han transformado en hitos de la memoria. Los recorremos como si fueran calles, plazas, parques y lugares de nuestro recuerdo. No seríamos quienes somos sin ellos y comienza a darnos cierto reparo hablar sobre aquella memoria porque nos resulta más difícil cada día encontrar con quien hacerlo, aquella persona que comparte nuestra realidad de entonces.
Digamos que has tenido que vivir Simago para comprender el alcance de lo que significa en nuestro recuerdo. Vivir las manifestaciones para que hubiera más colegios en la ciudad y vivir la escasez de agua a la que se puso fin con la llegada del agua del Canal de Isabel II. Vivir esa primera fiesta del agua, que después ha ido decayendo con los años y ya trasladada de fecha, incluso. Vivir el cine Estrella y el Jayto y los entonces novedosos multicines Iviasa. Vivir aquellos sábados y aquella cultura de los años ochenta cuyas semillas germinaron en la década anterior.
Sin vivir todo esto, sin esa realidad compartida con nuestro interlocutor, resulta casi embarazoso hablar de aquellos días y de aquellos años, pero sobre todo de aquel Móstoles joven, intenso, problemático, trabajador y colmado de ilusiones y esperanzas, con aquel cuya vida carece de estos hitos y de estas improntas. Nuestros mayores, aquellos que no dudaban en arrearnos un cachete o un capón para enseñarnos y que nos daban alguna peseta y, con suerte, algún duro para comprarnos alguna chuchería o nos permitían sisar las vueltas de la compra, han ido falleciendo, dando paso libre a las generaciones que pugnábamos por abrírnoslo con su inestimable ayuda.
Hoy damos paso, me temo, a generaciones carentes de aquella intensidad y valores en su gran mayoría. No todo se ha perdido, las calles aún encuentran mucho de aquel espíritu en jóvenes que mantienen la llama que han prendido sus padres, sabedores del valor de la autenticidad. Gusta saber que algunas cosas prevalecen y, aunque convertidas en minoría, siguen siendo el valioso testigo que se pasan entre generaciones por medio de la educación, los hábitos y la buena cultura.
Las calles son testigo de toda renovación mientras no sean borradas del mapa, en tanto sean modificadas respetando su permanencia. Seguirá existiendo la avenida que lleva a El Soto dentro de varias décadas y queremos pensar que lugares emblemáticos como el Parque Finca Liana. Seguirá el vetusto cartel de Galesar en el edificio de oficinas y seguirán los ancianos apoyándose en su pared para tomar el sol, quizá no escupiendo al suelo apoyados en su garrota, pero sí observando pasar a los viandantes, más variopintos y numerosos cada época. Quizá el incremento de tránsito impida que los ancianos se aposten en ese lugar predilecto en el que mejor incide el sol y más calienta. Quién sabe.
La ciudad también ha acogido mucha inmigración, las gentes han cambiado y las pequeñas costumbres y hábitos con ellas. Los colegios han elevado su nivel de exigencia y la manera de impartir las clases, incluso la atención prestada a los alumnos y la relación de los maestros con los padres, que son aquellos niños que sobrevivían a las tizas y a los borradores, que dibujaban un cuadrante en la hoja de cuadros de un cuaderno y jugaban a poner nombres de ciudades, personas, comidas y otros sustantivos que empezaran con la letra previamente escogida.
Con la «m», Móstoles, Marta, macarrones… Aquellos niños que asistían a clase de lengua con el pequeño diccionario escolar Iter Sopena y hacían los trabajos de sociales a mano consultando la enciclopedia (también de Sopena). Trabajos en los que contaba también la presentación, la caligrafía y la ortografía, además del contenido, que debía mostrar que se había comprendido el tema. Aquellos niños son los mayores que hoy han de hacer tareas del colegio junto con los niños y se encuentran desubicados en cuanto a los avanzados métodos de enseñanza, mejores en muchos aspectos aunque no en todos.
El tiempo muda las calles y afecta a las personas. Podemos dejarnos envejecer por el deterioro de tantos valores y costumbres o podemos alentarnos con lo poco que permanece y contemplando la vida a través del tiempo transcurrido, agradecidos de vivir lo que hemos vivido. Las calles son el mapa por el que recorrer la memoria, solo pedimos su permanencia, que prevalezcan los hitos y señales por los que reconocer un tiempo pasado que nos es vital, y por los que reconocer nuestra historia y reconocernos a nosotros mismos en ella.
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