Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Las heridas
Pienso a menudo en aquellos «accidentes» que teníamos de niños y que era imposible evitar por más que nuestras madres insistieran en que no había nada imposible. Ellas nos advertían sobre cada peligro que podían vislumbrar en nuestras andanzas: «ten cuidado con las escaleras», «cuida la ropa, no la ensucies ni la rompas», «cuidado con los columpios, no tengamos un accidente»… La advertencia englobaba la vida entera cuando salíamos de excursión un día y más aún si eran varios: «ten cuidado». No necesitaban detallar con qué, significaba que debíamos tener siempre presente su advertencia hasta a la hora de meterse en un saco de dormir o de hablar con una chica. Llegaba enseguida un momento en que dejábamos de prestar atención a su advertencia y, más que escucharla, la oíamos como quien oye llover. Se daban cuenta de eso también y nos lo decían: «Hijo, te digo que tengas cuidado y tú como el que oye llover. ¿Qué hacemos ahora?». En esas, podíamos permanecer callados como si así nos volviéramos invisibles o responder banalidades como: «no es nada, solo un rasguño, no me duele», aunque doliese y de qué manera, o «se compra otro y ya está». Y no, no se compraba otro sino que se remendaba el roto.
La probabilidad de resultar herido era alta. Uno podía cortarse con una tijera de manualidades o con un cuchillo del comedor o con la navaja que había traído a clase alguno para presumir y darse importancia y, en el camino, transmitir un mensaje de «cuidado conmigo». Un mensaje que duraba lo mismo que esas calcamonías que entraban en los Phoskitos y en bollos similares. El mayor riesgo se corría en los partidos de fútbol del recreo, en el Burro o en la Olla, casi por ese orden; y, por supuesto, en las peleas, donde podían darte de sí el jersey, hacerte saltar los botones del polo o ponerte un ojo a la funerala. En los partidos había mucho guarro que sacudía patadas en la espinilla o te tiraba al suelo de un empellón, también el riesgo de recibir un balonazo en la punta de un dedo o en plena cara. Lo normal era acabar con la ropa llena de polvo y barro, que era el mal menor si no había rotos ni desgarros. Uno se sacudía la ropa de regreso a clase para disimular y evitar regañinas. Los habituales eran muy reacios para admitir en el juego a nadie que no fuera medianamente bueno jugando o que no supiera siquiera los nombres de los jugadores del Real Madrid ni viera los partidos en la tele, así que era fácil no encontrarse en los partidos de fútbol y acabar jugando al Burro, donde podías acabar con la espalda deslomada si no con algún rasguño o algún moretón.
Pienso a menudo en los riesgos que asumíamos de manera tan natural como si apenas fueran nada. Quiero decir que era normal pegarse algún trompazo, herirte con algún columpio o resbalar en la tierra de los parques. Una simple caída corriendo por el pabellón descubierto dejó a la vista el hueso de mi codo. Lo cierto es que, pese al dolor, ni las lágrimas le dieron la suficiente relevancia como para salir a ver qué había pasado. Me curaron en el colegio con agua oxigenada y mercromina y mi madre se sorprendió al verme: «Hijo, ¿qué te ha pasado?», «me he caído», «mira que te tengo dicho que tengas cuidado». Después y a falta de una navaja o algo interesante que llevar a todas partes, presumíamos con las heridas mostrando nuestro semblante más rudo ante ellas al responder: «no es nada, solo un rasguño, no me duele». Quizá fuera verdad que nos supieran a poco, de alguna manera ansiábamos la escayola, que era como habitar en el paraíso de los vencedores, de los chicos interesantes y atrevidos como para romperse un hueso. Todos se agrupaban en torno a las escayolas y querían firmarlas y, durante varios días, su portador era el foco de atención.
Las heridas hablan mucho sobre quién eres. Las rodillas magulladas estaban a la orden del día, era lo mínimo que podía suceder. Primero había que sacar los restos de arena de la herida para limpiarla con agua oxigenada y aplicar la mercromina. En verdad, eras un pobre soso si no te habías magullado en más de una ocasión las rodillas o incluso los codos, alguien que no salía de las faldas de mamá o vivía en el limbo delos pavisosos. No importaba el género en esto, las chicas se magullaban igualmente, lo cual acostumbraba a ser signo de no ser precisamente una señorita sino alguien a quien no le importa magullarse en un momento dado. Esto intimidaba un poco a algunos chicos al tiempo que les producía una mayor atracción. A mí me agradaba, fuera como fuera, porque las hacía humanas como nosotros.
Los cortes que necesitaban una inyección antitetánica, las escayolas y los golpes visibles de peleas requerían otra consideración. Suponían heridas que habían conllevado dolor y, aunque entonces no pudiésemos darle esa forma a nuestro pensamiento inmaduro, el dolor de los otros nos inspiraba cierto respeto difícil de ubicar. De alguna manera permanecíamos observando aquellas heridas pensando en ese dolor escondido alas miradas y las voces de los demás. Uno podía ver al héroe magullado e intuir el dolor que «el héroe» escondía muy adentro para que nadie lo destronara de la admiración de todos. No en vano todos vivíamos esos dos grandes momentos, el del dolor en el momento del accidente y el de la satisfacción de saberse admirado, de saberse al menos el centro de atención por unos días o un instante demasiado efímero.
Aquellas heridas nos hablaban de la vida y nosotros no identificábamos con ella todo lo que nos sucedía sino que lo identificábamos como un juego en el que participábamos de manera natural. Visto en perspectiva, ahora sabemos que esos dos momentos, el del dolor y el de la gloria banal, marcan el ritmo de nuestras épocas vitales y que van unidos el uno al otro. El dolor siempre perteneció a nuestro ámbito privado, que lo hacía exclusivamente suyo, y la gloria, al ámbito público, que la privaba de pertenecer a alguien y menos aún a nosotros. La gloria siempre fue el trapo que corre de mano en mano sin permanecer demasiado tiempo en ninguna y el dolor siempre fue la muesca que forja, la cicatriz que nos otorga este aspecto y que nos preparó para el mundo. Quizá aún lo siga haciendo.
Seguimos teniendo «accidentes», muchos por no tener cuidado, y seguimos magullándonos aunque ya no sea con tierra, con un balón o haciendo el bruto, como decían nuestras madres. Los chavales ya no muestran heridas ni corren riesgos ni necesitan tener cuidado, aislados, a mi parecer, en su urna de cristal invisible. Ya no existen guerreros de ningún género ni el agua oxigenada y la mercromina son compras habituales en los hogares. Las heridas son distintas ahora, quizá; las físicas y las provocadas por los insultos y la crueldad, que antes formaban parte del hábitat natural. Nadie adulto se tomaba demasiado en serio aquellos accidentes y aquellas heridas que formaban parte de nuestra formación y de nuestra vida social infantil. Ponían atención y obraban en consecuencia, lo tomaban en serio, pero seguían con la vida sin otorgar mayor gravedad. Así nos abrimos paso los chicos de entonces, entre heridas y juegos, poniendo cuidado excepcionalmente (no todo era desoír a las madres), y observando el dolor, propio o ajeno, que no se muestra.
Hoy nos mueven a sonreír aquellas heridas que llegan a hacernos sentir orgullosos no tanto de ellas sino dela infancia que tuvimos. Una infancia repleta de aventuras y experiencias vividas en la calle, en los colegios, en las excursiones, en la piscina y en los paseos y diversiones con los amigos. Hoy sabemos que aquellas heridas eran tan necesarias como la advertencia omnipresente de nuestras madres: «ten cuidado». Fuimos afortunados de llevar la cartera a la espalda y de criarnos en la experiencia vital directa, sin pantalla alguna ni redes de por medio que nos raptasen de vivir de verdad. Siempre fuimos afortunados con nuestras heridas.
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