Nueva columna semanal sobre el pasar del tiempo con este elemento tan característico. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Las nubes

Me pregunto si alguien sigue haciéndolo, si alguien deja transcurrir el tiempo ensimismándose en las formas caprichosas de las nubes, observándolas desplazarse en el azul celeste y, en ese movimiento, adoptar formas familiares: un barco, una oveja, un rostro… Hay una relación emocional entre las nubes y la memoria. El otro día observé el rostro de mi abuelo en una nube y recordé aquellos tiempos de chiquillo en que me perdía en la contemplación del cielo y sus acontecimientos. Mi abuelo se daba un aire a Oscar Wilde en algunas fotografías, aunque mi abuelo era pobre, como la mayoría en aquella época. Escribía y pintaba cuadros y se codeaba con algunos nombres familiares en tertulias culturales. Una anécdota sabida era que, en una ocasión, dejó sin comer a la familia por comprar un periódico. Apenas tengo el recuerdo de haberle visto a mis siete años un par de veces en casa de mis tíos, que le cuidaron hasta sus últimos días. Murió de un tumor cerebral al poco tiempo. Mis tíos vivían en la calle La Coruña, entonces de tierra y quizá siquiera considerada calle a primera vista. Pensar en mi abuelo me lleva a esa casa y la tradición de mis hermanas de bajar a ver a mis tíos en Navidad. Las acompañé en alguna ocasión y también me quedé a dormir con mi primo alguna que otra vez. Teníamos muy buena relación y, por fortuna, la seguimos manteniendo.

La cara de mi abuelo se deformó en el cielo y enseguida me pareció ver a mi madre en otra nube. Sentada en una hamaca en el ático, tomando el aire a la sombra una tarde de primavera mientras hacía ganchillo y escuchaba la radio a un volumen tan bajo que solo pudiera escucharla ella. El viento es quien muda la forma de las nubes de manera antojadiza, pero desconozco quién dibuja las formas de la memoria, que se muestran de manera arbitraria e interesada. Por qué recuerdo jugar a los vaqueros con mi hermano, con nuestros fusiles de juguete que parecían auténticos y vestidos con los ponchos de nuestras hermanas y no recuerdo otras cosas que ellas aseguran recordar. No importa demasiado pues cada uno distingue formas diferentes en una misma nube. Donde puedo ver el rostro de mi abuelo otros pueden ver el rostro envejecido de un marinero cascarrabias y egoísta. Algunos incluso pueden distinguir a Oscar Wilde narrando algún proyecto de relato venido a la mente en un intenso momento de inspiración.

Probé un día en que distinguí un delfín en una nube grisácea: un amigo veía una ballena que iba a engullir a otra nube muy parecida a una marioneta de madera. No se trataba de una marioneta sino de un adolescente algo ebrio acercándose a la Fuente de los Peces para mojarse la cabeza y beber agua. Mis amigos me prepararon una tarde de fiesta con la excusa de celebrar mi marcha al cuartel para realizar el servicio militar obligatorio, una espada que nos acechaba a los jóvenes apenas comenzar la universidad. Había quien lo llamaba hacerse un hombre, cosas de aquellos tiempos. No sé bien qué había que celebrar, pero entonces solo importaba pasar la tarde con ellos. Tuvieron la idea de emborracharme con una sangría espectacular que solo contenía alcohol de alta graduación. Claro, enseguida me desplomé inconsciente y poco recuerdo de aquella tarde salvo el centelleo de un par de imágenes. Una de ellas, en la Fuente de los Peces al recibir el agua fría sobre la cabeza. Aquella nube no era una ballena, me hubiera engullido, desde luego. Sé que era el delfín que entreabrió los ojos de mi conciencia durante un breve instante bajo el chorro de agua gélida que expelía el canalillo sobresaliente de su boca.

Las nubes y la memoria son caprichosas y volátiles. Hay cielos sin nubes y memorias sin recuerdos hasta que el viento arrastra las nubes como a barcos en el océano y éstas nos retornan a la memoria recuerdos que no sabíamos que teníamos o que habíamos dejado de evocar largo tiempo atrás. Hay formas más complejas creadas por varias nubes y que nos muestran comidas y meriendas en el Parque El Soto, tal vez para celebrar un cumpleaños o quizá para pasar un día de asueto al aire libre. Momentos que me recordaron a las excursiones de domingo que organizaban los mayores en la proximidad de algún río o de algún pinar cercanos. Aquellas excursiones se perdieron y fueron sustituidas, en el mejor de los casos, por estas escapadas primaverales a lugares como El Soto.

Las nubes traen también imágenes de días invernales. Dibujan una mesa de escritorio propia, iluminada con un fluorescente que se encendía con un interruptor bajo la mesa. Sentado al escritorio, sentía el tintineo de la luz al encenderse, abría el libro de estudio y tomaba del estante bajo el que estaba el tubo fluorescente, el pequeño diccionario de mano Sopena, blanco y con las banderas del mundo. Aquel escritorio me venía pequeño porque tenía las piernas y los brazos muy largos, pero mantuve con él una cariñosa relación durante mi adolescencia porque era mi espacio vital, algo propio e íntimo, un espacio y un mundo que me parecían míos y que probablemente lo eran. Las nubes dibujan alguien sentado a esa mesa. Raramente, me distingo en esa forma, algo del todo inusual pues las nubes no acostumbran a mostrarnos una imagen de nosotros mismos. Quiero verme en esa forma sentada en el escritorio, iluminada por un rayo de sol que recuerda a la tenue y característica luz de un tubo fluorescente. Otra forma se acerca despacio y en silencio, como no queriendo molestar a nadie. Podría ser mi madre asomándose a la puerta y pidiéndome poner la mesa para cenar. Pronto el viento deshace estas imágenes cuyo eco permanece en la memoria un rato aún.

Me pregunto si alguien sigue disfrutando de las nubes mecidas por el viento en el océano celeste, preguntándose adónde habrán de ir después de su transfiguración. Preguntándoselo como quien se pregunta por el lugar al que acaban yendo todos aquellos recuerdos, todas aquellas vivencias añoradas. Me pregunto si las calles, al igual que las nubes, pueden adoptar formas cuando el viento las recorre. Las calles, las plazas, los campos desaparecidos y los lugares transformados por la mano del Hombre en nombre de la evolución. Quizá el viento mece incluso el tiempo y nos trae aquellos pasados al presente en un juego caprichoso ideado para hacernos sonreír a la par que añorar. Las nubes pueden ser solo el comienzo y nuestra atención ser imprescindible para no olvidar, para recordar y, sobre todo, para reconocernos en las proyecciones de nuestra memoria en las formas que adoptan ante nuestra mirada ensimismada.

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