Nueva columna semanal sobre el paso del tiempo y la identidad a través de los recuerdos. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El tiempo
En lo general, vivimos el tiempo de manera inconsciente; él nos persigue y nosotros lo eludimos pese a acuciar en nuestro ser sus efectos y custodiar su paso por nosotros y por todo cuanto nos rodea. Las dos primeras décadas creemos sacarle ventaja suficiente en la carrera, pero se nos asoma a partir de la tercera y va cobrando una presencia más consistente y asidua en adelante; y, cuando más evidente y sólida es su presencia, más lo empaña todo, más nos muestra acerca de quienes somos y más entrañable se nos vuelve su compañía.
No importa el tiempo que hayamos estado fuera de la ciudad, del barrio y de los lugares específicos de nuestra infancia, algo se mueve en nuestro interior cuando regresamos a ellos, aun de manera despistada. Incluso si no hemos regresado jamás a estos lugares, a nuestro barrio y a nuestra ciudad, cualquier nimiedad nos trae el eco de aquella memoria, dibuja los trazos de aquellos sitios emblemáticos y da vida a alguno de los instantes vividos poniendo en relieve quiénes fuimos y quiénes somos, a esa misma persona y ese espíritu que se mantiene en nuestro verdadero ser.
Muchas veces he reflexionado en lo que hubiera sido mi vida si no se hubieran mudado mis padres a Móstoles, en cuán diferentes serían mis recuerdos y en qué persona sería hoy. Si hablamos de trenes, es la diferencia entre recorrer una u otra vía. El origen es el mismo, pero el trayecto y los destinos varían. Quién no podría sentirse orgulloso de su infancia en Móstoles y de toda su trayectoria vital en una ciudad que ha crecido con nosotros así como nosotros con ella. Móstoles apenas tenía nada salvo las promociones inmobiliarias que comenzaban a desarrollarse sin apenas infraestructuras; nosotros tampoco teníamos mucho, apenas seis, siete u ocho años, al llegar y, eso sí, mucha curiosidad por el nuevo mundo. Ambos fuimos creciendo y aprendiendo sobre la marcha a lo largo de cada década y cada época. Nuestros diez, trece y quince años; nuestros dieciocho, nuestros veinte y nuestros veintidós. Nuestro primer colegio en Móstoles, nuestra primera biblioteca, nuestro primer instituto, nuestros primeros centros culturales, nuestras primeas salidas con amigos, nuestros primeros cines, nuestra primera cita… y nuestras segundas oportunidades, nuestros hábitos y nuestro crecimiento. La ciudad y nosotros hemos crecido al tiempo.
El parque detrás de casa en el que jugábamos a las chapas y a las canicas, en el que mi loco amigo Alejandro se tiraba por el tobogán con su hermano mientras yo esperaba abajo para frenarles; las piruetas en las barras de mono y los culetazos en el balancín. Todos aquellos aparatos infantiles eran de metal y se encontraban oxidados con frecuencia en alguna de sus partes, se calentaban con el sol, eran rudimentarios y nos hacían felices en los ratos alegres que nos hacían pasar. Los dejamos atrás porque todos, nosotros y nuestros amigos, sentimos la necesidad de recorrer las calles y tomar un refresco en algún sitio agradable, con música y buen ambiente; algún sábado ir al cine y conversar sobre temas que nos apasionaban y nos motivaban a saber más sobre la materia.
También dejamos los refrescos y aquellos lugares de adolescentes porque un día conocimos amigos que se atrevían a otras cosas que nos atraían, como compartir una litrona en el Parque de Andalucía acompañados de una guitarra en la que alguien rasgueaba cuatro acordes. Tuvimos amigos que salían con el loro al hombro o cogido por el asa, amigos que se colocaban el paquete de cigarros bajo la manga corta de la camiseta y que lucían músculos naturales, que no venían del ejercicio que, entonces, no era algo común ni habitual, mientras encendían el pitillo realizando una pirueta aparentemente virtuosa con el zipo; otros amigos con los que entrenábamos atletismo, íbamos al instituto y quedábamos los sábados por la tarde, y con los que organizábamos fiestas de Nochevieja, acampadas en el pantano de Burguillo y celebraciones de cumpleaños, de victorias e incluso de un funeral. Alguien nos enseñó a celebrar la vida de los que fallecen y a rendirles un especial homenaje.
Fuimos dejando aquellas y otras amistades sin voluntad de hacerlo. Los teléfonos dejaron de sonar y de ser marcados porque nos succionaron las responsabilidades mayores, los estudios superiores y los trabajos absorbentes. Móstoles, entonces, ya dejaba de parecerse a aquel de arena, barro, comuniones y coches clásicos que fue en su momento. La ciudad comenzaba a vestirse con otras ropas y afrontaba sus responsabilidades, sus estudios y sus proyectos. El tiempo seguía transcurriendo y se nos mostraba al lado, con una presencia cada vez más sólida y evidente. Se inauguró la estación de Móstoles El Soto, los trenes azules desaparecieron para dar paso a los blancos, la estación de Móstoles pasó a denominarse Móstoles Central y se trasladó unos metros de su lugar originario, el Metro de Madrid llegó a la ciudad, las pequeñas y viejas «blasas» blancas se sustituyeron por grandes y nuevos autobuses urbanos verdes y nombres familiares como Empresa De Blas y Cía. desaparecieron de la voz pública para dar paso a nombres empresariales como Arriva Madrid.
Los quioscos donde comprábamos los chicles Cheiw, las golosinas y los cromos, y el periódico de los domingos de papá, fueron desapareciendo del mapa barrial. Los tiempos, cada uno de ellos, fueron haciendo de las suyas mientras pensábamos que los sacábamos ventaja. Algunos cambios fueron para bien (o eso nos parecía en aquel momento de desconocimiento) y otros lo fueron para mal (o, igualmente, eso nos parecía en aquel momento de desconocimiento). Hoy los asumimos resignados porque se produjeron de manera inevitable y porque ahora sabemos que nada es para bien ni para mal sino que el tiempo muda las cosas, nos muda a nosotros, a nuestra forma de pensar y de sentir, y muda las circunstancias. Caminar de adultos por aquel parque de la infancia detrás de la casa tampoco ha sido lo mismo con nuestra madre esperando nuestra visita que con ella fallecida, ni tampoco es lo mismo cuando aquella casa que nos ha visto crecer es propiedad ahora de una nueva familia joven que comienza su andadura y solidifica un proyecto vital juntos.
La segunda vida de las cosas. Nosotros solo tenemos una y nuestro tiempo es lineal como las vías de un tren. Hay quien no mira atrás, quien no recuerda o no quiere recordar, quien mira solo hacia adelante y quien olvida pronto; yo procuro mirar con perspectiva cada tiempo y contemplo la vida transcurrida como una unidad, como una planta que crece, que pierde hojas y de la que nacen brotes, que vive las estaciones de manera distinta y que cada día es diferente al anterior aun siendo ella siempre la misma. Las ciudades, las personas, la vida… somos así, una unidad conformada por distintos pequeños mundos, por etapas, épocas, vivencias y cambios. La fortuna de todo ello siempre es la misma: seguir siendo.
*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o de las imágenes propias que aparecen en este artículo. Suscríbete gratis al
Canal de WhatsApp
Canal de Telegram
La actualidad de Móstoles en mostoleshoy.com











