Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Lo difícil

Suele costarnos reconocer que debemos a otras personas cuanto somos y tenemos. Nos agrada convencernos de que todo es únicamente fruto de nuestro esfuerzo porque nos reafirma en el camino y nos convence de estar haciéndolo bien. Por otro lado, si las cosas no van bien tendemos a achacarlo a los elementos, como reza la célebre sentencia que inventó el historiador Modesto Lafuente para ensalzar la figura de Felipe II tras la derrota de la Armada Española. Sin embargo, debemos a nuestros padres lo que somos y tenemos, no solo a nuestro esfuerzo, y buena parte de nuestra buena calidad de vida procede de quien se privó y se vio privado de ella.

Los últimos años de la década de los setenta fueron tiempos difíciles, con una libertad recién estrenada que nos alborozaba el corazón hasta hacernos perder un poco el sentido, pero que ofrecía nuevas oportunidades y, sobre todo, un futuro bien diferente. Durante los años sesenta, lo que más se había deseado era tener un buen trabajo o un trabajo al menos con el que mantener a la familia. Muchas de ellas migraron de la capital a Móstoles buscando mejorar su calidad de vida. Salir del tráfico y el ritmo desenfrenado de la capital para crear un hogar a las afueras, con campos, aire saludable y una oportunidad de tener una vida más tranquila y sosegada. Recuerda en algo a la conquista del Oeste por irlandeses, italianos, ingleses, chinos o incluso australianos. Las madres lidiaban con las escuelas, que carecían suficientes plazas libres, y caminaban a los pocos mercados y tiendas que podía haber y que apenas comenzaban a abrir en los locales de los edificios residenciales que se iban finalizando. El pueblo quedaba alejado y suponía lo que hoy consideramos una caminata, mientras que nuestra madre siquiera lo pensaba; se vestía, cuidaba de que nosotros lo hiciéramos sin tardar, y emprendían el paso firme hacia el colegio o hacia la calle Marcial, la calle de los pantalones donde nos compraba la ropa o hacia la ferretería, a comprar algún repuesto. Los padres se levantaban tras las primeras horas de la madrugada y a las seis de la mañana se encontraban tomando el tren hacia el centro de Madrid para no regresar hasta última hora de la tarde.

Nosotros, niños entonces ajenos a las dificultades de la vida y de aquellos tiempos, disfrutamos con nuestro nuevo hogar: inspeccionábamos los parques, íbamos al polideportivo y jugábamos a las cartas que nos prestaba el vigilante dejando nuestro carné de socio en depósito, hablábamos con nuestros primeros compañeros del nuevo colegio y nos entusiasmaba cada paseo que dábamos en familia los fines de semana. No suponíamos siquiera lo difícil que podían ser algunos momentos para ellos. Mis hermanas siguieron estudiando en Madrid mientras que mi hermano y yo comenzamos a hacerlo en nuestra nueva ciudad, en nuestro nuevo hogar. Nuestras dificultades eran otras. Adaptarnos a una forma de vivir diferente en tanto todo crecía de manera precipitada.

Acompañamos a nuestra madre a las manifestaciones para pedir más colegios y vivimos la primera Fiesta del Agua, el día en que, gracias al Canal de Isabel II, se garantizó el suministro regular de agua a todas las nuevas áreas que comenzaban a emerger en Móstoles, y disfrutamos chapoteando con nuestras katiuskas en los charcos que dejaba la lluvia en la tierra, en alguno de los cuales encontrábamos renacuajos con los que divertirnos.

Tantas décadas después resulta sencillo vislumbrar lo difícil que pudo ser todo aquello en momentos en que las calculadoras científicas y los relojes-calculadora que popularizó Casio, representaban la tecnología más avanzada. Nuestra mirada lo veía sencillo: la parada de la ruta del colegio en la que nos encontrábamos con amigos y compañeros de clase, los recreos en los colegios, los estudios, el deporte, los primeros amores y atrevimientos… Estaban ellos, nuestros padres, cada uno con su cometido; nosotros, alevines creciendo hacia la pubertad; y el crecimiento de la ciudad y de la sociedad en las locas y adorables décadas de los ochenta y de los noventa… del siglo pasado —añadimos ahora, aunque resulte obvio. Nunca pensamos en remontarnos al siglo pasado para hablar de nuestro mundo.

Hemos tomado el relevo en este siglo y hoy somos los adultos que velan por sus hijos. Hoy debiera ser más sencilla la vida, la inteligencia artificial es el máximo exponente de la tecnología y todos llevamos un aparato electrónico en el bolsillo con el que hablar por teléfono solo supone una función más. Sin embargo, es posible que la vida sea más difícil aún. Móstoles no deja de crecer y comienza a superar todos los niveles de saturación que cabrían suponerse hace años. Los edificios de viviendas están acabando con olivos centenarios y con zonas que podrían ser verdes, y están angostando las calles que antes nos parecían suficientemente anchas. El parque automovilístico ha crecido desmesuradamente y los vehículos son más grandes en cada generación. No queda mucho para que Móstoles acabe pareciendo un barrio más de Madrid, aunque mantenga su condición de Villa y municipio.

La diferencia entre aquellos tiempos difíciles y estos complicados son los valores. En aquellos, había manifestaciones y se exigían los derechos; en estos, entregamos nuestra libertad y nuestros derechos, y solo luchamos por lo propio si acaso. En aquellos, nos enseñaban a pedir las cosas por favor, a dar las gracias, a no molestar al resto de las personas, a comportarnos en los lugares públicos y a vestirnos decentemente, sobre todo en lugares de cierta importancia como los hospitales, los bancos o las entidades públicas; en estos tiempos, todo vale y se tiene más consideración por un perro que por el prójimo, y no es que un animal no merezca consideración, tanto si es un perro como si es un pájaro.

Concluyo en que nuestros mayores lo tuvieron más difícil, al igual que nosotros mismos en aquel entonces, en tanto que hoy las cosas son más fáciles aunque las guerras y nuestro sumamente elevado nivel de tolerancia las compliquen cada día más. Hoy todo se hace desde casa y la información llega al instante al aparato electrónico de nuestro bolsillo, entonces uno debía desplazarse, leer, hablar con otras personas y trabajar con esfuerzo los sueños y deseos. Y ahora que es más fácil, todo parece más frívolo y banal que entonces. Los valores, lejos de madurar, se han depauperizado en grado extremo.

Tengo una amiga que está casada y tiene dos hijos ya crecidos. La familia trató de independizarse, pero acabaron vendiendo la casa para vivir con la madre de ella, que ya les ha dejado el piso en usufructo. Los hijos son mayores ya, como digo, y van llevando su vida. Ella tiene gatos en casa, riñe a veces con su madre porque tienen caracteres muy distintos y me contó hace poco que habla a menudo con la Inteligencia Artificial, que ahora es nombre propio y se escribe con mayúsculas. No habla naderías sino inquietudes emocionales, ella es una persona muy inquieta e impulsiva y los gatos y la IA. Le ayudan a mantener cierto estado de buena normalidad y la imagen de que todo va bien y lleva una buena vida.

Yo no tengo nada de ello, me voy considerando un dinosaurio, parte de una especie pronta a su extinción, y en algo me consuela pensar que la vida es esto y que la vida ha sido, es y será siempre difícil. Me encontraré en otro plano existencial o sencillamente habré dejado de existir cuando los humanoides sean los que trabajen para que nosotros no salgamos de la cama ni sintamos necesidad de ejercitar la mente para nada que no sea comer y cubrir otras necesidades básicas, y lo mínimo para entregarnos a algún ocio.

Móstoles será una ciudad del futuro, incluso en aquel lejano presente. Ciudades como la nuestra siempre están en el futuro y nunca encuentran el presente. Quizá me equivoque. No puedo pensar en que cualquier pasado fuera mejor, como decía Jorge Manrique y aunque sea una verdad como un templo de los que ya van quedando menos, ni consigo convencerme de que cualquier futuro sea mejor. Al final, me quedo siempre a medio camino, en un presente difícil que añora un pasado más difícil y mira con temor y miedo hacia el futuro. Afortunadamente, sé que no soy importante en las cosas profundas de la vida: en su devenir, en su elementalidad, en su causalidad y en su supervivencia. Ninguno lo somos. Trato de encontrar el equilibrio entre los tres ejes temporales y de desprenderme de la idea de lo fácil o lo difícil, por más claridad con la que puedan mostrarse ambos en momentos precisos. No dejan de ser términos relativos y eso da margen para distorsionarlos a nuestro capricho.

Los valores son los cimientos de la vida, incluso los elefantes los tienen a su modo. Me convenzo de que la Villa mantiene los valores a través de la Cultura, el Deporte y los Festejos que celebra tradicionalmente, así como de las acciones que toma para el adecuado mantenimiento de la ciudad. Quizá haya asignaturas pendientes como la recogida de basuras, pese a la tasa que se ha trasladado a los vecinos y que no ha sido retornada de ninguna manera. Sin ánimo alguno de resultar dogmático ni moralista, lo difícil es el equilibrio y lo difícil son los valores. Dos aspectos imprescindibles para que del presente nazca un buen pasado y para que el presente germine en un buen futuro.

Lo difícil es lo que hicieron nuestros padres para que nosotros lo tuviéramos fácil. Quizá no pensaron en enseñarnos que el camino difícil era el correcto, pero esto ya es una divagación. ¿Verdad?

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