Nueva columna semanal sobre un factor clave para el municipio mostoleño. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los comercios

Cabía pensar, en ocasiones, que eran historias inventadas las que nos contaban nuestros padres al hablar de su pasado. Parecía algo tan lejano y sobre todo tan ajeno a nuestros días y a lo que entonces considerábamos real, que la atención que prestábamos, en el mejor de los casos, era la misma que pudiésemos prestar a una narración entretenida, a una fábula o a un cuento para niños.

Cuando más conciencia teníamos para dirimir lo que significaban las vivencias de nuestros padres, disponíamos de menos tiempo para detenernos en ellas, entretenidos en nuestras «cosas de mayores» de nuestros años de juventud. Solo hemos podido dar la merecida importancia a esas historias cuando nuestros ancianos padres, ya cansados de contarlas y recordarlas, las repetían en consideración a nuestras preguntas, a nuestro interés manifiesto y a nuestra apremiante y tardía necesidad de escucharlas de nuevo.

Ahora que nos encontramos en su situación, camino de nuestra vejez (como quien dice), nos hallamos recordando nuestros tiempos como si fueran ayer y los jóvenes y los adolescentes nos miran condescendientes y apurados por los asuntos de sus tiempos. Así, recordamos a menudo alguna de aquellas vivencias reconociendo cuánta razón y sabiduría tenían nuestros mayores y tratando siquiera de imaginar cómo debieron pasarlo. Sus vidas también nos aportan fortaleza y nos reafirmamos en nuestra capacidad de resolver un problema o de seguir adelante con tan solo reconocer todo aquello con lo que ellos pudieron y en peores circunstancias.

Los padres vienen a la mente en múltiples circunstancias, máxime si solo nos queda su recuerdo y nos resulta imposible ya volver a verlos y hablar con ellos aún más de lo que hicimos cuando pudimos hacerlo. Sucede con cualquier detalle, incluso con los comercios, que ha tiempo dejaron de ser lo que eran.

Recordar aquellos comercios no es solo recordar alguna anécdota de nuestra vida, es recordar toda nuestra existencia y la de los seres queridos que compartían la suya con nosotros, y recordar los tiempos en que la tecnología, las prisas y el movimiento continuo no devoraban el presente a bocados como hienas desalmadas. Los tiempos en que las personas hablaban entre sí y comerciantes y vecinos se conocían no solo de vista ni de comerciar o de tratar algún tema serio sino de tratarse, de hablar de los hijos, de bromear, de ayudarse y de mantener charlas cotidianas.

Hoy el comerciante se encuentra fastidiado por los días, los impuestos y la situación general de la sociedad, del país y del mundo. Las madres no encargan a sus hijos bajar a comprar unos tomates o el arreglo de la paella a su frutería o a su pescadería de toda la vida, a Fernando y a Luis. Ellos tampoco pueden prestarle una atención simpática, decirles algo como: «¿qué se le ha olvidado a tu madre?». El pollero alguna vez me regaló una pata de gallina porque me escuchó pedirle a mi madre que las comprara porque me gustaban mucho en el cocido y el pescadero me regaló una navaja porque le pregunté a mi madre qué era eso. Resultaba agradable toda aquella familiaridad.

Detrás de casa había un pequeño parque de arena donde jugamos mucho de niños. A ese parque daban locales como la ferretería, el estanco o la peluquería. El hombre de la ferretería, un tipo fornido y que podía amedrentar a un chico con su sola presencia, era un hombre afable y entendido de su trabajo. Yo visitaba aquel comercio con asiduidad porque mi padre me mandaba a comprar tornillos, clavos, enchufes y cualquier cosa que pudiera necesitar para alguno de los arreglos domésticos en los que andaba metido a menudo. Vendían también productos de droguería y carros para la compra, cubos, fregonas y cepillos. Los profesionales y manitas recurrían siempre a él, que sabía resolver cualquier necesidad. «¿Tienes algo para fijar un tubo más ancho (como así) que la base?».

Cualquiera hubiera dicho que era un maestro de la ferretería, tenía respuesta y solución para todo. Él despachaba al fondo y su mujer atendía la caja registradora en la entrada, cobrando el importe que él apuntaba sobre el envoltorio. Volví a verlo más de cuarenta años después, tras alguno sin volver allí. Necesitaba un prolongador y él me lo hizo con sus manos después de preguntarme si sabía montar el enchufe.

Hablamos un poco y me contó que él no sabía nada de su profesión cuando abrió la tienda, tuvo que aprender para subsistir. Me quedé muy sorprendido y reconocí la valía de todo aquel empeño y de aquel tipo de personas. Me comentó que se jubilaba en unos meses y sentí tristeza de perderlo; a él y a todo lo que significaba y representaba. Me pareció perder toda mi inocencia con su marcha (una más). No sería como un padre, pero si era uno de nuestros mayores de entonces, una referencia con la que crees poder contar toda la vida. Hoy ocupa el local la escuela de inglés Kids&Us.

Una señora agradable y con aplomo regentaba el estanco. Sufrió algún atraco y colocó una barrera de protección de metacrilato en el mostrador. Tanto nos conocía a todos desde niños que un día me dio el abono de transportes de mi hermano, que lo había perdido. Una señora lo llevó allí al encontrarlo en la calle. Su hija lleva el negocio desde hace varios años y es uno de los lugares que me gusta visitar en mis paseos aunque no entre siquiera.

La peluquería fue un pequeño acontecimiento de la época porque enseguida se habló de la joven pareja que lo llevaba. Hay quien aseguraba que estaban recién casados. Eran afables y simpáticos, bromeaban con los niños y parecían estar siempre de buen humor. Mi hermana mayor se empeñó en cortarme el pelo un día con el consiguiente resultado catastrófico. Mi madre se llevó las manos a la cabeza tan pronto me vio y no tuvo más remedio que llevarme a que lo arreglaran en lo posible. Ellos sonrieron y bromearon: «Es como si le hubieran puesto un cazo y hubieran cortado con la tijera todo el pelo que quedara fuera».

Los comercios han sido mucho más que el lugar donde comprar, han sido vida en el sentido de relaciones personales que marcan nuestra identidad. Pepe, un charcutero del mercado Goya, del que solo quedan una pollería y la joyería, era un viejo conocido de mi madre. Ya era su charcutero cuando vivíamos en Moratalaz y, casualidades, de la vida, se había mudado cerca nuestra y abierto la charcutería en el mercado. Por si fuera poco, dos de sus hijas asistían al mismo instituto que yo y, de nuevo azares del destino, nos hicimos amigos. La menor asistía a mi clase y mantuvimos una buena amistad durante dos o tres años.

Podría hablar también del bar Las Nieves y de la pastelería casera que había a pocos metros suyo en la misma calle. Vivencias intensas a lo largo de los años, comerciantes con humanidad, dedicados con cariño a su profesión y a las personas. La pastelería cocinaba en una pequeña cocina de los años sesenta y en los pequeños hornos de que disponía. Todos comprábamos pasteles y bollos allí y no he vuelto a degustar unas delicias como aquellas. No daban abasto con los roscones en Navidad y se formaban largas filas de espera, que la gente aguantaba con paciencia, igual que en la panadería del mercado. Son muchas las anécdotas en aquel establecimiento.

Aquellas personas dedicaron mucho esfuerzo y pusieron un gran espíritu en hacer las cosas bien, así tuvieran que madrugar o aprender lo que hiciera falta. Tenían muchos menos medios a su alcance, solo sus manos, su voluntad y sus valores; su ingenio, su sacrificio y la honestidad de sus miras. No trataban de hacerse millonarios en dos días sino que necesitaban subsistir y sabían que el esfuerzo del trabajo bien hecho y el trato humano y cercano con las personas era el único camino viable. Fueron una generación hecha de madera noble, robusta y firme, que nos moldearon por dentro y por fuera.

Quizá haya habido algún momento en el que todo ha comenzado a resultar demasiado fácil. Las generaciones siguientes han perdido todo aquello de valor que les fue otorgado. Aquel ejemplo de espíritu, aquellas enseñanzas de trabajo y esfuerzo y aquellos valores humanos para con el prójimo. Los comerciantes de hoy apenas hablan, apenas sonríen y apenas tratan con aquel carisma a las personas que, lejos de ser clientes, formaban parte igualmente de sus vidas.

Porque no solo recibíamos nosotros, también ellos recibieron nuestro cariño y nuestra lealtad, vivieron tantas anécdotas y crecieron con nosotros y pueden hablar hoy de aquellos tiempos que, en silencio, conformaron su felicidad al tiempo que la nuestra. Ese sigue siendo el tesoro más preciado de aquella sociedad, de aquellas personas y del nuestro propio: la felicidad reconocida al cabo del tiempo y sentida de manera muy intensa. No estábamos solos sino que formábamos una comunidad amigable y reconfortante.

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