Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los cumpleaños
Mi chica cumple años hoy. ¿Se sigue diciendo «mi chica»? Yo sigo haciéndolo y emocionándome al hacerlo por el profundo calado que tiene, y aún pienso en cómo sorprenderla en este día. Quizá venga de atrás el hábito, de lo que eran los cumpleaños en aquellos tiempos que hicimos nuestros. Una de las buenas costumbres era llevar una bolsa de caramelos Sugus al colegio para repartir en clase. Venían los tirones de orejas, a cuál más original y perverso, con un final verdaderamente doloroso que, en ocasiones, causaba enfrentamiento, pero también venían los besos en la mejilla de algunas chicas y sentirse especial por un día en el colegio, en casa y entre los amigos, por no hablar de los regalos, por pocos que fueran. El momento cumbre, por supuesto, era la tarde del sábado. Esa tarde se celebraba el cumpleaños en casa con los amigos y no faltaban las patatas fritas, los panchitos, los sándwiches, las media lunas, los ganchitos, la Coca-Cola y la Fanta. Ni, por supuesto, los platos y los vasos blancos de plástico sobre un mantel de ule.
Un año, sin más, por propia iniciativa o llevados por la corriente agitada por los compañeros o amigos, guardamos aquellos hábitos y tradiciones en un arcón al que solo nosotros pudiéramos acceder y al que, de momento, etiquetamos como «cosas infantiles». Ahí comenzamos a guardar sin piedad todo aquello relativo a nuestra infancia, todas aquellas cosas que pasaron a ser de niños, motivo por el cual no podíamos mantener relación alguna, siquiera imaginaria, con ellas. A medida que nos hacíamos «mayores», hablo de los doce o trece años, de la preadolescencia, del tiempo en que comenzábamos a tener preferencias musicales y gustos al vestir, los cumpleaños variaban drásticamente; tanto en sí mismos como la forma de celebrarlos. Había casas en las que podía escucharse algo como «ya no eres un niño, no necesitas la tarta y las velas» y era fácil saber que estas habían ido a parar a aquel arcón de «cosas infantiles». Claro que también podíamos juntar dinero entre todos para montar las propias fiestas en algún parque y para comprar un regalo al homenajeado o a la homenajeada. Podía darse que esas fiestas se dieran en algún bar de adolescentes; solo había que tomar las consumiciones en el bar, de la tarta y las sorpresas se encargaban las chicas, que hacían un fondo económico común. Quizá tocáramos a doscientas o cuatrocientas pesetas por cabeza, en función de cuántos fuéramos y de cuánto pudiera costarnos todo. Quedábamos unos días antes y recorríamos el centro del pueblo por aquellas calles en las que se encontraban las tiendas de regalos, aquellas tiendas con objetos de todo tipo: cojines con forma de corazón, peluches, placas de madera con frases, posters preciosistas, cajas decoradas, joyas de plata, tarjetas de cumpleaños y una buena serie de ideas originales para regalo. Si se trataba de música, podíamos acudir a Simago o a alguna pequeña tienda de música como la que estaba a la entrada de una pequeña galería comercial de la avenida principal. Lo recordamos con cariño ahora y en aquel entonces era un acto de responsabilidad e independencia que nos reafirmaba al tiempo que nos involucraba en parte de algo verdaderamente importante. Quedábamos en algún lugar habitual o a la entrada de la RENFE para dirigirnos juntos al pueblo desde ahí, siguiendo la calle Goya. Las imágenes no tienen nada que ver con las actuales aunque se traten de las mismas calles y los mismos lugares. Incluso los comercios y sus dueños han cambiado, el ambiente es distinto y la juventud se encuentra en un mundo que, probablemente, no entiende ya de estas emociones. Las imágenes al recordar aquellos cumpleaños desde el mismo momento en que un compañero o amigo se acercaba para decirte: «es el cumpleaños de fulanito o de menganita y hemos pensado en hacer esto… », y te contaba todos los planes incluyendo aquellos aspectos aún por definir o provisionales. Ese era el momento en que se activaba emocionalmente aquel mecanismo que nos pasaba desapercibido y por medio del cual comenzaban a grabarse en nuestro corazón y en nuestra memoria improntas que habrían de llegar a este momento tan dispar de aquellos días.
La adolescencia pasa más rápido de lo que los padres piensan y, apenas sin darse uno cuenta, inmerso en su música, sus ropas, sus gustos y su mundo propio creciente y con más actividad cada año, uno entra en la juventud y la mayoría de edad es la puerta de entrada. Los cumpleaños se celebraban con la pandilla de amigos y en bares, rodeados de cervezas, sangrías y cubatas en los baretos habituales. La idea era hacer inolvidable ese día y vaya si se conseguía. Una taza que reza «para uso exclusivo de un genio», una camisa que aún se conserva (regalo de mamá), un cartel de madera firmado por todos en la parte superior… regalos tontos que permanecen en un lugar predilecto del entorno. Una taza que aún se utiliza para tomar café, un cartel colgado en el dormitorio y una camisa guardada en el armario porque se ha quedado pequeña, pero aparece en todas las fotografías de aquella época, incluyendo la del propio cumpleaños, celebrado en el ático de casa a regañadientes de unos padres que han tenido la deferencia de permitirlo pese a todo.
A la hora de sentarme a escribir este artículo, planificando los tiempos para poder disponer de este sábado, que es el cumpleaños de mi chica, no puedo evitar unir ambos hechos, escribir y el cumpleaños, y dejarme llevar por la emoción, pues tenía ya trabajado otro tema del que hablar en esta ocasión. Indagando en esta llamativa reacción, descubro que he unido en verdad dos ideas: la de los cumpleaños y la de Móstoles, la de nuestra ciudad en los tiempos en que los cumpleaños eran algo inocente y especial. De pronto, abro ese arcón de «cosas infantiles» y entre ellas aparece la ciudad en los días en que celebrábamos en ella nuestros primeros cumpleaños, en el colegio, en las calles embarradas, en el espacio para correr y jugar, para perderse y disfrutar, en las casas de los amigos contempladas desde nuestra pequeña altura y a través de nuestros ojos curiosos y ávidos de novedades, de «cosas nuevas». De pronto, ese arcón no solo muestra aquellas «cosas infantiles» sino que muestra toda una trayectoria vital porque hemos necesitado guardar la preadolescencia, la adolescencia e incluso la juventud en él para avanzar en la larga y ardua travesía que es la vida, que comienza en un verde valle y se va adentrando por las montañas y tornándose en una abrupta y rocosa pendiente camino de una cúspide que se pierde en la inmensidad del cielo que no dejamos de contemplar, posiblemente tratando de descubrir figuras en la forma de las nubes, como hacíamos cuando éramos niños.
Quizá sea una nimiedad, pero la manera en que celebramos los cumpleaños hoy en día habla mucho de la Historia, la de nuestra ciudad y la de la sociedad. Es inevitable sufrir decepciones al descubrir, en contraposición con la actualidad, cuánto hacían nuestros padres entonces y cuánto agradecíamos tener tradiciones, desvelar tiempos en que las relaciones humanas lo eran todo e influían en nuestras vidas de una manera emocional tan determinante. Aún me sorprendo cuando veo alguna pandilla buscando en las tiendas un regalo de cumpleaños para uno de ellos, lógicamente ausente. Lo observo sonriendo como si contemplara una rara avis y mi ilusión renace siquiera durante ese instante. Lo mismo cuando veo a un abuelo pasear de la mano de su nieta de seis años. Escenas que antes eran habituales y hoy han desaparecido prácticamente por completo. Tiempos modernos… ¿Y qué tiempo no lo fue en su día? Sin embargo, no todo son decepciones porque considero un privilegio contemplar el panorama desde esa pendiente abrupta de la montaña, contemplar el valle desde la ladera y observar con detenimiento el camino recorrido y el camino que hemos sido capaces de recorrer. Mi madre hubiera dicho: «puedes contemplarlo». Era su manera de encontrar consuelo en algunos momentos de la vida. Contraponía la visión dura del presente e incluso del futuro con la visión amable del pasado; venía a decirnos que puedes mantener la mirada en el desconsuelo o considerarte afortunado de poder contemplar, de haber vivido y de estarlo haciendo. Cumplir años es eso, es adquirir sabiduría en la actitud del aprendizaje y de no perder de vista aquellos momentos felices y aquellos que nos han ido haciendo quienes ahora somos. Los cumpleaños suponen ese hito en el camino que nos confirman seguir en la ruta, que no nos hemos perdido y que esa trayectoria nos lleva a alguna parte y a nuevos puntos desde los que contemplar el paisaje desde una mayor altura. Pronto, y ya abierto aquel arcón entrañable, podremos ver las nubes desde arriba, como soñábamos hacer cuando éramos niños.
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