Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los finales
Agosto es un mes que nunca me ha agradado. Es ese tipo popular que cae bien al común de las personas y del que cualquier madre guardaría recelo sin saber dar una explicación concreta. Es suficiente con mirarlo a la cara. Acabé desconfiando completamente de él con la muerte de mi hermano y de mi padre en ese mes… apenas faltando tres días para septiembre, pero antes ya venía trayendo desgracias y malas sensaciones año tras año. Luego ha dado treguas y vuelve a ser aquel tipo renovado, popular y encantador del que las madres siguen sin fiarse ni un tanto. Bien mirado, sería como esa curva peligrosa que se ha de pasar para llegar a un destino y que no puede evitarse porque no se conoce camino alternativo.
Este año ha traído el eclipse solar que ha atravesado media España por el Norte, ha traído de cabeza a las autoridades y a los ciudadanos de a pie, y ha supuesto el agosto de los vendedores de gafas certificadas o no ISO 12312-2:2015. En tanto, he sabido de tristes noticias: nuestros padres siguen falleciendo por ley natural, porque van pasando los años, ochenta, noventa… y los finales van acercándose tanto que acaban por llegar, lo hacen con frecuencia en agosto y con ellos, con nuestros padres, desaparecen muchos valores y vivencias que solo pueden quedar ya dentro de nosotros. Aquellas generaciones nacidas en los años treinta del siglo pasado no entendían de tecnología y de inteligencias artificiales, pero sabían prevenir incendios, curar nuestras heridas y aplicarse en darnos un futuro mejor, sabían ayudar y apoyarse, y no se distraían con frivolidades. Me he preguntado a menudo si es necesario un presente peor para que los padres luchen por un futuro mejor. Puede parecer una reflexión absurda, pero nunca me lo ha parecido. Es posible que necesitemos peores presentes para mejorar nuestra valía como personas y nuestra verdadera calidad de vida. Quién sabe, más no es asunto ahora. Solo pensaba en ellos, en los padres que acertaron y erraron a partes desiguales en el esfuerzo de velar por nosotros, que sacrificaron mucha vida para dárnosla a nosotros y que nos pusieron en el centro de su universo para ofrecernos lo mejor, con su desatinos e incluso sus crueldades que, en lo profundo, causaban en el empeño de hacernos bien.
A pocas horas del eclipse supe del fallecimiento del padre de un amigo y volví a acordarme de ese tipo popular e indigno de confianza. Le he transmitido mi cariño y mis sinceras condolencias a mi amigo. Sé lo que es contemplar de cerca esos eclipses, los de la vida de los padres que llegaron a municipios como Móstoles y Alcorcón, se puede decir que a conquistar tierras semi vírgenes, a emprender una vida nueva casi desde cero y no solo propia sino de toda la ciudad, levantada con su esfuerzo diario. Aquellos hombres que llegaron con treinta o cuarenta años no pudieron imaginar entonces la ciudad de hoy. Caminaban hacia ese futuro mejor y bregaban sabiendo solo el paso siguiente que debían dar para afrontar cada situación que se les presentaba, y muchas veces improvisando como buenamente sabían o podían. Vivían el presente confiando en que el futuro iría presentándose mejor y, ciertamente, se mostraba cada día con algo más de claridad pese a todo. Los padres que han fallecido este fatídico mes no han visto el eclipse, pero han visto, vivido y creado mucho más que todo eso antes de llegarles la hora de partir. Esa hora sabida que más deseamos postergar cuanto más cerca se encuentra.
Dicen algunas supersticiones que los eclipses hay que vivirlos con el alma en calma, a ser posible meditando. Nada de mirar al astro que nos ilumina y que influye en nuestra vida, nada de gafas ni de viajes al lugar idóneo donde mejor contemplar el fenómeno, nada de frivolidad. Meditar, encontrarnos en calma y en paz con nosotros mismos, vivir esa perturbación energética sin malas vibraciones. La energía y las vibraciones llevan años de moda. Como muchas cosas a las que nos entregamos en la vida sin cuidado alguno, pienso que ambas son como el vino; son agradables en su cata y al saborearlas, y pueden precipitar tu final en el abuso. La vida es equilibrio incluso cuando no lo es. Aquellos padres no se detenían siquiera a pensar en energías ni en vibraciones, celebraban con vino, y mantenían como un martillo el ritmo de los días trabajando y haciéndose cargo de sus responsabilidades. No salían de noche ni resultaban aburridos por no hacerlo, lo mismo que nuestras madres. Quizá por esto y otras muchas cosas, la unidad familiar era más sólida y fuerte, era la casa de cemento y con cimientos del cerdito que el lobo no pudo comerse.
Las épocas también tienen un final, como las sociedades, los hábitos, las tradiciones, las formas de ser… Todo tiene un final. La humanidad retrocede al tiempo que avanza y atrofia sus capacidades. ¿Somos realmente más inteligentes o tenemos a nuestro servicio más comodidades?, ¿son, estas comodidades, algo bueno? Reflexiones, éstas, que se van concatenando ante la pérdida. Perder a los padres de manera natural trae a la conciencia los finales. Todo acaba y nada es igual después de ellos. Las épocas de transición no son más que la certeza del advenimiento de lo más temido por aquellas madres que desconfían de aquel tipo. No ha habido sabio ni servicio de inteligencia más eficiente que las madres de aquellos tiempos. Carecer de comodidades agudiza el ingenio como lo hace el hambre, la de verdad. Es fácil reconocer que ellos fueron más inteligentes que nosotros en la acepción más natural del término. Móstoles es la ciudad que es gracias a ellos, que salían a la calle lo que fuera necesario, que eran escrupulosamente protectores y responsables y que sabían de la vida más de lo que sabemos nosotros con más años que ellos entonces.
Sé que la evaluación no es tan sencilla ni se reduce a tan poco. Cada uno de nosotros podríamos perfilar el detalle con un lápiz más afilado. Estas líneas ni siquiera son una evaluación, son solo pensamientos atraídos por los finales en el mes que ha traído el eclipse este año. Lejos de desear contemplar el fenómeno, salí a la calle a vivir esa experiencia primitiva de encontrarse paseando bajo un sol de justicia y observar como el cielo se oscurece como si la sombra de un ser gigante tapando el sol se proyectara sobre las calles o algún tipo de maleficio trajera la noche en medio del día para llevársela enseguida de nuevo. Tan pronto regresó el sol, cayó la noche de nuevo, esta vez la verdadera. Imagino en esa oscuridad al actor que sale a escena antes de tiempo, improvisa alguna actuación que el público admira y se retira a bastidores para regresar al escenario a los pocos minutos, ahora sí, en su momento marcado. El día siguiente al eclipse transcurrió en calma y como si comenzara una nueva época, esa sensación de sábanas nuevas al acostarse con la cama hecha por nuestra madre, aun sabiendo que nunca lo eran y que solo estaban recién lavadas, oliendo a suavizante y perfectamente estiradas y colocadas en la cama por esas manos y ese corazón que no dejamos de amar nunca. Nos dejábamos acariciar por ellas y disfrutábamos ese momento antes de percatarnos de su final, que llegaría al despertar por la mañana. Así viví los momentos del eclipse por las calles de mis paseos, así vivimos a nuestros padres y así nuestra vida y sus épocas. Qué diferente se vive un comienzo de como se siente un final.
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