Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Los paseos

Llegar a una nueva ciudad con apenas siete años es lo más parecido a comenzar de cero, como si de pronto uno iniciara de nuevo la partida, esta vez como adulto, porque no recordamos cómo llegamos a este mundo, por ejemplo, ni nuestros cambios de pañales o nuestras lloreras ni nuestras primeras ingestas en el proceso de destetarnos sino que comenzamos a recordar momentos aislados e inconexos como nuestras andadas por el parque acompañados de nuestros hermanos, los juegos y discusiones en casa, acompañar a nuestra madre al mercado, la forma en que ella nos cortaba el filete en trozos casi diminutos y detalles de esta índole. Así pues, mudarnos de hogar y comenzar nuestra vida en una ciudad no solo desconocida para nosotros sino en los albores de su mayor crecimiento, prácticamente en los inicios de su transformación de pueblo a gran ciudad, suponía la mayor aventura que un chaval de esa edad podía experimentar. Todo era nuevo y todo suponía una oportunidad. Contemplar esas épocas y esos momentos desde el hoy supone identificar experiencias vitales destacadas por su simbolismo y por la importancia que adquirían en esa nueva vida instaurándose como hábito y como cosa corriente (como nueva cosa corriente, en verdad). De aquellas experiencias, aquellos hitos que marcaban nuestra nueva vida, me detengo hoy en los paseos; sin duda, forman y han formado parte esencial de mi vida. Soy un hombre al que le ha gustado pasear desde niño. Hay, en ello, una búsqueda de quietud espiritual, de encuentro conmigo mismo, de comunión con el entorno y de inquietud aventurera por descubrir nuevas calles, comercios y barrios. Hay distintas formas de pasear, incluso se pasea para calmar la furia o la frustración o para atender a la tristeza. Así, quizá lo común de los paseos se reduzca a un encuentro con uno mismo, pues la aventura y el descubrimiento forman parte de alguna manera de estos encuentros.

Nuestros primeros paseos nos hacían disfrutar del barrio, de los parterres y pequeños parques que protegían los edificios de cada manzana, del momento de cruzar las calles mirando a ambos lados para asegurarnos de no correr peligro alguno. Nos habían enseñado en el colegio la manera de cruzar las calles y nos habían regalado un poster y todo: izquierda, derecha, izquierda. También nos analizaron y determinaron el grupo sanguíneo y nos hicieron algún chequeo médico, pero no me desvío de la narración ahora. Yo cruzaba aquellas calles imaginando que eran un río con cocodrilos y tiburones (más los primeros) y esperaba a que la calle estuviera vacía para cruzar corriendo, de manera que yo estuviera en la acera antes de que el vehículo pasara a mi altura, antes de ser mordido o devorado por un cocodrilo. En poco tiempo, teníamos nuestros trayectos y espacios habituales marcados. Casa/mercado, casa/paradas del autobús del colegio, casa/polideportivo, casa/parque de atrás, casa/pueblo y un variado etcétera. La casa era el centro neurálgico de nuestra existencia, la fuente que más influía en nuestra identidad, en nuestro comportamiento y en nuestra manera de enfrentarnos al mundo y de convivir en él. Era lógico que constituyera el punto de origen de todo destino. Después se encontraban nuestras zonas habituales: la casa de algún amigo, los barrios frecuentados, el colegio, después el instituto, la biblioteca, los centros culturales, los garitos, el tren, el pueblo (Pradillo)… 

Los paseos comienzan en familia, se transforman en solitarios, se convierten en amistades, se intensifican en noviazgos, se hacen fortuitos en los trayectos literarios y en múltiples ocasiones se vuelven de nuevo solitarios. Siempre suponen un encuentro con uno mismo en ámbitos distintos y siempre nos descubren una ciudad que, como nosotros, no cesa de mudar su aspecto, su ambiente y sus rincones. Descubrí una ciudad en ciernes con siete años y hoy sigo descubriendo una ciudad madura que conserva parte de aquellos rincones de la infancia, pero que es muy diferente ya de entonces. En algunos momentos, deseo revivir aquellos lugares y aquellos tiempos, avivar aquellas emociones desde este lado de la vida; en otros, siento inquietud por conocer lo nuevo, aunque duela con frecuencia. ¿Por qué me abro a lo nuevo pese a que duela? Porque el dolor forma parte de la vida y también nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, y porque el dolor también nos muestra nuevas sendas. La edad nos va sometiendo a una sombra quejica y gruñona, inconforme con todo y refugiada en la cerrazón de nuestro parecer y sentir más frustrados. Acabamos dando a luz a un ser oscuro cansado del prójimo, de la sociedad, del sometimiento y de la vida. Un ser ciego y cerrado que pierde tiempo y oportunidades de vivir y revivir, de observar lo nuevo y tratar de comprenderlo. Pierde la perspectiva que otorga el tiempo y la experiencia. Bien podría ser cómo aquel que invierte una vida en subir a la cúspide de una montaña para acabar cerrando los ojos y permaneciendo envuelto en sí mismo bajo una roca al alcanzarla.

Pasear nos trae reflexiones, pero también puede llevarnos a sentir el devenir de los días, a sentirnos parte de algo o, sencillamente, a calmar nuestro ánimo y llevarlo a una paz interior que nos reconforte. Quizá la avenida de Portugal no estuviera sembrada de dársenas de autobuses ni tuviera cuatro carriles, quizá no hubiera tantos vehículos por todas partes, es muy posible que la sociedad tuviera mejores valores y de seguro la tecnología no transformase a las personas en seres ciegos y despistados de lo vital ni fuera un obstáculo para relacionarse de manera natural, quizá todos coincidíamos más en los paseos de lo que ahora coincidimos yendo a ninguna parte. Y es posible, aun así, descubrir la ciudad paseando y descubrirnos a nosotros en ella y en el atardecer que cae en su cielo.

Los días transcurren sin fin sobre esas calles formadas en los setenta o incluso en los cincuenta, aunque apenas puedan reconocerse salvo que se hayan corrido y disfrutado en la infancia y en cada una de las épocas vividas. Hoy paseo y las máquinas arrancan el asfalto antiguo para ser asfaltadas de nuevo. Paradas éstas, la ausencia de coches en ellas da paso al tránsito del silencio y del sencillo y ancestral ajetreo de las personas, acaso un eco de tiempos pasados en que las personas se conocían, se saludaban y se relacionaban de manera cercana. Por supuesto, todo retornará a la estruendosa normalidad en breve y pasearemos de nuevo entre el ruido tal vez de camino a zonas más tranquilas y campestres como un parque o los campos que aún quedan de las afueras. Paseábamos a la vera de nuestros padres con apenas siete años y hoy lo hacemos solos o somos los nuevos padres paseando con la familia, y también seguimos haciéndolo con los amigos. Ahora, con el frío y los años, me abrigo mejor como oyendo a mi madre advirtiéndome de hacerlo bien porque «más vale sudar que estornudar». No me confío porque el tiempo es muy traicionero, según decía ella. Salgo a caminar por las calles reduciendo progresivamente el paso para no permitir que la locomotora siga su intempestiva inercia sino que la lentitud de mis pasos la detenga y me permita observar y sentir el entorno sin juzgarlo y sin omitirlo. Al poco de conseguir esa parsimonia, la sonrisa se dibuja en el semblante como si hubiera estado siempre ahí, solo que cubierta de una pátina de maquillaje o por una máscara que pasa desapercibida. Ese paso y esa sonrisa deleitan y, desde ahí, siento que todo está bien. Las calles, los rincones, los recuerdos, el presente, los sueños, las tristezas, las decepciones, los logros, las realidades, uno mismo… la ciudad. La ciudad de la que formo parte y en la que he crecido y sigo haciéndolo sin querer dejar de hacerlo. La ciudad por la que nunca he dejado de pasear y por la que seguiré paseando, indagando con inquietud aventurera en las verdades sobre quién anda ahí.

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