Nueva columna semanal sobre tiempos pasados y la comparación con la vida del presente. ¿Quién está ahí? Móstoles: Emblemas
Caminando por la avenida Dos de Mayo esta semana, mis pasos dieron con dos comercios emblemáticos de Móstoles. Tiempo atrás, estuve convencido de su desaparición, pues la mayoría de los comercios de nuestra infancia han ido desapareciendo al ritmo de nuestras referencias y nuestras mejores épocas, pero no tardé en encontrarme con ellos en alguno de mis paseos, alegrándome de su permanencia y recordando edades en blanco y negro y los tiempos coloridos de ilusiones y esperanzas que las sucedieron.
A principios de los ochenta, comenzamos a encontrar en nuestros buzones unas fundas apaisadas de Ópticas San Gabino pensadas para guardar el carné de identidad (aquel morado y grande) y la cartilla de la Seguridad Social. Enseguida las utilizamos con frecuencia y no solo para esos carnés. Era una cartera de plástico de buena calidad que aguantaba nuestros trotes, práctica y multiusos. Una publicidad efectiva como ninguna que haya visto. Llegamos a coger mucho cariño a aquellas fundas que echaban en los buzones con relativa periodicidad y casi llegaron a convertirse en una tradición. Claro que las tradiciones eran fáciles en aquellos días en que no había tanta oferta ni tanta exposición de variedades y opciones variopintas. Había tiendas de referencia y comercios de siempre. No ibas a una óptica sino que ibas a San Gabino, no buscabas una tienda de deporte sino que ibas a Deportes PG. Así, cada barrio tenía sus comercios habituales y el centro del pueblo concentraba los comercios más importantes como Óptica San Gabino o como Fotografía Andrés, que inicialmente se encontraba en un piso de la entonces Avenida del Generalísimo, hoy Avenida de la Constitución. Resultaba frecuente que determinadas actividades profesionales, como las de un médico, un dentista o un fotógrafo, se encontraran en una vivienda. Todos nos hacíamos las fotos allí. Recuerdo entrar al piso junto a mi madre para hacerme las fotografías para la matrícula del colegio. Era algo habitual que pidieran dos fotos en las inscripciones y trámites administrativos que se hicieran con cualquier fin; colegios, institutos, clubes deportivos, federaciones, etc. Fotografías Andrés fue el único fotógrafo en Móstoles durante varios años. Tanto es así, que muchos aún conservamos fotografías con su característico sello azul estampado en el reverso. Después cambió de ubicación al crecer y se trasladó a un local más grande antes de ubicarse definitivamente en su actual local.
Mientras camino por esa calle y al detener la mirada en estos dos estandartes del comercio en Móstoles, pienso en la Historia que hay en ellos. Cuántas generaciones han acudido a ellos para revisar su vista y para captar la instantánea de un momento. Cuánto podrían contarnos de todas las generaciones que han acudido a ellos durante su medio siglo de existencia. Igual Almacenes Colón, donde hemos adquirido nuestros pijamas, cortinas, edredones y sábanas, y como tantos comercios ya desaparecidos.
Sí, claro, recordamos nuestra niñez y entrar en esos locales desde bien críos, en nuestra juventud y en nuestra madurez, llevando a nuestros hijos como entonces nos llevaron a nosotros, pero en épocas bien distintas. Los presentes no son tiempos de blanco y negro ni se colorean con la ilusión y la esperanza. Son tiempos coloreados por el neón y las pantallas y dirigidos por inteligencia artificial. Son, en verdad, tiempos artificiales de sucedáneos y símiles, tiempos en los que lo auténtico y lo original sobreviven en un local adecuado de la avenida Dos de Mayo como si fuera un comercio más, cuando es historia de nuestra ciudad, historia que no se registra y conserva en los anales sino en el corazón de quienes la hemos vivido y sentido y aún seguimos haciéndolo. A nuestros ojos, resplandecen y sobresalen sobre todo lo demás, hacen latir con nostalgia y cariño nuestro corazón y nos ofrecen una perspectiva del tiempo y de nuestra vida.
Comía hace unos días en un bar que ha estado cambiando de dueño al menos hasta cinco veces en los últimos seis o siete años. Lo regenta ahora una familia que me pareció encantadora: el padre ocupándose de la cocina, la hija atendiendo la barra y la madre encargándose de las mesas. Observaba la dedicación y la atención que ponían en todos los detalles y el buen ambiente que percibía entre ellos, bien coordinados, realizando con calma y sin demora su trabajo y volcados en que el cliente se encontrara a gusto y comiera bien. Efectivamente, la cocina era deliciosa y trasladamos nuestra felicitación a la cocina. Al marcharnos, la madre nos abrió cortésmente la puerta de salida, deseándonos una buena tarde, gesto que agradecimos. Estuvo pendiente de nosotros, de todas las mesas, en todo momento, preguntando con una sonrisa para asegurarse de nuestro bienestar y ofreciéndonos lo mejor de su servicio. Observé el local y comprobé que, por primera vez, había cinco o seis meses ocupadas, cuando ningún otro regente del local había conseguido apenas una. Me alegra encontrar lugares así, personas y profesionales así. Comida casera realizada con amor, ambiente coloreado con ilusión y esperanza y aderezado con buen hacer y con cariño. ¿Cuándo perdimos todos estos valores? Quizá al subir a su máximo el brillo de una fotografía. Hoy nos importa el dinero por encima de nuestras necesidades y de los valores; entonces nuestra profesión no solo era dinero, eran personas. Escoge una actividad comercial cualquiera, un restaurante, un mesón de los que ya no quedan, una librería, una tienda de ropa, una papelería, una panadería, una armería de las que desaparecieron… Escoge y piensa en todo lo que hemos perdido.
Sé que es una ley natural, ver desaparecer nuestras referencias, así como sé que también fuimos nuevos en nuestro momento y el momento de hoy corresponde a los nuevos que han ido llegando y que hemos ido trayendo. Sé de los ciclos vitales y, con el hombre que soy, me enfrento a ese hombre —ese joven, debiera decir— que viene del pasado para hacerme retroceder y llevarme con él. El pasado es un lugar para aprender y un lugar para sonreír con los recuerdos más enriquecedores. No puede convencerse uno de que cualquier tiempo pasado fuera mejor, aunque así fuera. Vivimos aquel presente y con él hemos de vivir este. Y es algo bueno, es algo que dota de tres o cuatro dimensiones a nuestra visión. Tenemos perspectiva, algo que no podíamos tener en nuestros tiempos mozos. Quizá hayan desaparecido la mayoría de los valores, pero no lo han hecho del todo y se han vuelto más preciados. Aún hay quien mantiene la cortesía y buenos modales, hay quien se ocupa de que un cliente se encuentre a gusto, aún queda algo de codiciada cordialidad y puedes, incluso, llegar a sorprenderte cuando un niño o un adolescente te sujeta la puerta para dejarte pasar, agradece verbalmente un gesto tuyo, te pide la hora por favor o te cede el paso. Aún quedan personas que pueden impresionarte, miradas que cuidar e instantáneas que inmortalizar con el empático cariño de quien intuye la importancia de un momento vital, aparentemente intrascendente. Aún quedan en pie coloridos emblemas de ilusión y esperanza.
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