Nueva columna dominical de historias ficticias ambientadas en Móstoles. Móstoles Insólito: Relato 15. Desde mi ventana
Los ojos de un niño deberían reflejar la pureza y la alegría propias de su edad. Pero a veces, la oscuridad más ominosa se esconde tras esa fachada de inocencia. Bajo esa apariencia cándida, el más siniestro de los presagios puede acechar, con sigilo, esperando el momento oportuno para revelar su verdadera y aterradora naturaleza.
Esos espejos, mensajeros de luz y de inocencia, pueden convertirse en pozos sin fondo, en inquietantes laberintos de maldad que pueden llegar a helar la sangre. La mirada del ángel puro puede transformarse en la de un ángel exterminador, y lo que parecía color armiño, tornarse perverso y retorcido.
Tras las sucias cortinas de la ventana de mi habitación, que daba a la calle Desarrollo, la vista era siempre la misma: las viejas casas de ladrillo blanco, las sombras que se alargaban al caer la noche y, al fondo, el antiguo cementerio de Móstoles, que, como un melanoma agreste y disruptivo lo empapaba todo, se incrustaba en el paisaje urbano de la villa, rompiendo mi calma y llenando mis noches de pesadillas, de indómitos sueños retorcidos y de extraños rituales esotéricos que se clavaban en mi retina como cientos de afiladas astillas de vidrio.
Desde que tengo memoria, cada luna llena, mis ojos se posaban en aquel lugar, en el que algo siniestro parecía cobrar vida. Al principio, pensaba que eran solo sombras. Pero, con el tiempo, aprendí a distinguir las figuras que emergían de la penumbra: hombres ataviados con túnicas negras, como si fueran fantasmas sacados de una oscura pesadilla. Cuando llegaba la noche más clara, la noche de luna llena, se congregaban en la entrada del cementerio. Murmullos inaudibles entonces comenzaban a flotar en el aire y se extendían hacia mi casa como una plaga. El corazón se me salía del pecho, latiendo tan fuerte como un continuo estallido de globos; el miedo se apoderaba de mí. Me inundaba por completo y se agarraba a mi garganta, dejándola seca y áspera como la corteza de un viejo fresno. Un sudor frío perlaba mi inocente frente y mis enclenques piernas, apoyadas en los reposapiés de aquella fría silla de ruedas, temblaban como un cachorro abandonado
Nunca conté a nadie lo que desde mi alcoba veía. Mis padres estaban demasiado ocupados con sus vidas; bastante tenían con aguantarse el uno al otro, y mis amigos, los pocos que tenía, jamás me habrían creído. Así que guardé el secreto, encajándolo en mi frágil cerebro como un ladrillo más en la pesada muralla que construía mi silencio.
Aquellas noches eran largas e intensas. Observaba cómo los enlutados se movían en círculo, alzando sus manos hacia el cielo, como si invocaran algo que yacía dormido bajo la tierra. Oía los gritos de los cuervos y el crujido de las ramas, testigos mudos de sus rituales macabros. A veces, creía ver destellos de luz entre las tumbas, como si el mismo infierno se abriera para recibirlos.
Las noches se convirtieron en semanas y las semanas en años. El ciclo continuó, y mi miedo se transformó en una extraña fascinación. Cada luna llena, la misma escena se repetía, y yo seguía allí, observando, como un testigo silencioso de lo inexplicable. Hasta que una noche, algo ocurrió. La curiosidad me empujó a coger los prismáticos de mi padre para verlo de cerca. Desde mi ventana, podía sentir el aire frío que emanaba del cementerio, cargado de un olor que no solo era de la tierra, sino de algo más profundo, más oscuro. Mis amigos decían que los muertos no regresaban, pero yo sabía que había algo más allá de la muerte, algo que esos hombres buscaban a través de sus rituales.
La luna, aquella noche, brillaba con una intensidad que me dejó sin aliento. Los hombres estaban allí, como siempre, pero esta vez, uno de ellos se volvió hacia mi ventana. Nuestros ojos se encontraron en un instante que pareció eterno. Sus rasgos me eran vagamente familiares, pero no podía entender por qué. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda y, en ese momento, justo en ese instante fugaz, comprendí que no estaba mirando a un extraño, sino… a mí mismo.
El horror se apoderó de mí. Una de esas figuras, de esas sombras que realizaban rituales en la oscuridad, era yo. Y no estaba mirando a través de los prismáticos; estaba allí. El niño que había sido, se proyectaba hacia un futuro que jamás había imaginado, o… quizá sí. Un futuro en el que se convertía en parte de aquel círculo, en una más de aquellas malditas sombras.
El aire estaba impregnado de un silencio sepulcral, y el murmullo de los hombres se tornó un agradable susurro en mi mente. La visión de mi futuro, entrelazada con la de mi presente, me hizo sentir que el destino me había marcado desde el primer día en que mis ojos se posaron sobre aquel cementerio para siempre. La luna, testigo silenciosa de mis temores, iluminaba mi rostro con una luz espectral tras el cristal de mi ventana, como si la misma noche estuviera reclamando mi alma. El tiempo se detuvo, y mi corazón, a punto de estallar, latió con desesperación antes de aceptar mi destino.
La oscuridad que antes me aterrorizaba ahora era mi aliada. Y así, en la noche más clara, me convertí en parte de aquel sinsentido, dejando atrás la fachada de la inocencia, abrazando la oscuridad que siempre había acechado tras mis pupilas. Abrazándola tan desesperadamente como lo hace una camisa de fuerza con el cuerpo de un loco, como lo hace la soga con el cuello del maldito.
Tras esos instantes de interna lucha, de corrosiva dualidad, fui consciente entonces, al volver a la realidad, de que estaba sentado junto al alféizar de mi ventana, paralizado por el horror. Pero la verdad era aún más aterradora. Nunca había contado a nadie lo que veía porque, en el fondo, siempre había sabido que un día lo que observaba desde la distancia se volvería mi propia realidad. Algún día, de una forma u otra, sería parte de todo aquello. Y no había ningún pensamiento más atractivo para mí que ser parte de la misma muerte.
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