Nueva columna semanal de historias de brujos y supersticiones y lo oculto. Móstoles Insólito: Relato 38. El Brujo

Hace unos días, volví a recibir un mensaje de J.D_1993.

No tenía asunto ni saludo. Solo el cuerpo del texto, igual que la vez anterior. Esta vez, sin embargo, no hablaba de traumas del pasado ni de confesiones personales. O sí, pero de otro tipo. Lo que me envió ahora tenía otro color, otra textura. No tan sórdido, más ancestral, antiguo. Una historia de esas que, si la crees, comienzas a obsesionarte y mirar con otros ojos a los que te rodean.

Hablaba de brujería, vamos a llamarlo así.

No de la que uno encuentra en las películas de Disney, sino de una que se vive en silencio, en los márgenes. Una que huele a tierra, a pelo quemado, a cuencos rotos escondidos en desvanes.

No supe si tomármelo como una advertencia, una descarga emocional o una simple anécdota. Pero desde que lo leí, siento que algo ha cambiado porque ninguno estamos libres de encontrarnos frente a frente con el mal, y estoy seguro de que tampoco estamos preparados, en función de nuestras circunstancias, para saber enfrentarnos a él de la mejor manera posible.

Corría el año 1996; por aquel entonces yo tenía 16 años, y aunque no conozco la edad real de mi confidente, todo hace apuntar, por sus testimonios, que en aquella época él debería estar a punto de cumplir los veintitantos.

Deduzco también, por el relato, que debía vivir en un barrio acomodado de Móstoles, quizá —y esto es pura especulación— Estoril II. En uno de esos pisos grandes de la calle Avenida Alcalde de Móstoles, que por aquel entonces veían como el barrio de Los Rosales, y la URJC se levantaba a pasos acelerados en aquellos campos yermos de tierra, paja y algún que otro árbol solitario.

Allí, entre tubos de PVC y charquitos de agua en la cocina, debajo de la vieja lavadora de sus padres, nuestro protagonista conoció a Santiago, un fontanero de su misma edad que iba por casa de vez en cuando a hacer chapucillas relacionadas con el antiguo oficio de la plomería.

El plomero, así le llamaban sus padres, inmigrantes andaluces que llevaban en Móstoles desde finales de la década de los 70.

El caso es que Santiago, además de fontanero, era argentino, y ya sabéis, tenía como grabado en su ADN el don de la palabra, por lo que no tardó en camelarse a Javier —vamos a llamarle así a partir de ahora para no usar el nick— para salir a tomar unas cervezas por el barrio.

Santiago y Javier empezaron a coincidir con frecuencia. Sin darse cuenta, comenzaron a entablar una relación más cercana. Se llevaban bien. Hablaban de música, de política, de lo jodido que estaba todo. Con el tiempo, empezaron a quedar fuera del contexto doméstico.

Tomaban algo, compartían algún porro, se reían de anécdotas absurdas. También se unieron algunos amigos de uno y de otro, y acabaron formando un pequeño grupo que se veía con relativa frecuencia. Un grupo tranquilo, sin grandes excesos, pero con la confianza suficiente como para sentirse cómodos compartiendo madrugadas.

Pero una noche cambió todo.

Habían salido como siempre, pero al terminar la juerga, cuando ya solo quedaban cuatro o cinco, Santiago, con una sonrisa torcida y un brillo raro en los ojos, les dijo que quería enseñarles algo. Que si se animaban a una última aventura. Los otros, medio borrachos y medio tontos, dijeron que sí. Y allá que fueron, montados en el coche de uno de ellos, dirección El Soto.

Eran las tres y pico de la mañana cuando cruzaron las verjas del parque. Santiago iba delante, linterna en mano. Caminaba como si supiera exactamente a dónde iba. A Javier se le bajó la risa en cuanto notó el silencio que envolvía el lugar. Un silencio espeso, sin grillos ni hojas moviéndose. Solo el crujido de las zapatillas sobre la tierra seca. Y entonces empezaron a verlos.

El primero fue un erizo, clavado con dos clavos de obra a una tabla vieja apoyada entre las ramas. Después vinieron los demás. Catorce en total. Roedores, polluelos, conejos, un gato. Todos crucificados, todos mutilados. A veces les faltaban los ojos. O las patas. En algunos casos, estaban parcialmente abiertos en canal.

Había sangre seca, plumas, restos de pelo, e incluso, en uno de los puntos, ceniza esparcida a modo de círculo.

—Pero… ¿qué cojones es esto? —le soltó Javier, apartando la mirada mientras se tapaba la boca con el brazo.

Santiago lo miró. Estaba serio, muy serio. La sonrisa se le había borrado de la cara.

—Esto es arte, Javi. Y rito. Es una forma de abrir la puerta —respondió, sin levantar la voz.

—¿Qué puerta? ¿Estás enfermo o qué?

—No lo entiendes… —insistió, girándose hacia los demás—. Es simbólico. Son estaciones. Catorce pasos de purificación, de ofrenda, de comunión. Lo he estado estudiando. No es matar por matar. Es un idioma antiguo. Cada uno de estos animales representa algo. No lo elegí al azar.

—¿Pero por qué crucificados?

—Porque el símbolo del sacrificio está en todas las culturas. Y porque el dolor llama al otro lado. Lo abre. Lo afloja.

—¿Qué otro lado?

Santiago se les quedó mirando. Encendió un cigarro y lo encajó entre los labios con gesto tranquilo.

—El lado que está debajo de todo esto. Donde vive lo que no tiene nombre. Lo que ayuda, si sabes hablarle. Lo que protege, si le das algo a cambio.

Javier sintió que algo se le cerraba en el pecho. Un peso. Como si el aire del parque hubiera cambiado de densidad. Ya no olía a tierra. Olía a metal, a óxido, a podredumbre. Volvieron al coche en silencio. Nadie dijo nada durante el trayecto. Y desde aquel día, Javier no volvió a quedar con Santiago. Ni con el grupo. Ni volvió a pasear por El Soto.

Solo años más tarde, cuando encontró el valor para contarlo, escribió esta frase que aún resuena en mi cabeza:

Era un brujo. Y lo peor no era lo que hacía. Lo peor era que creía que tenía razón.

Después comenzó a contarme que pasaron los años y volvió a coincidir con él, de soslayo, en un bar de copas del centro. Él salía, yo entraba. No sé si me vio. Yo me hice el loco. Yo sí que le vi, pero no quise verle.

Al entrar y acercarme a la barra vi a Joao, uno de los camareros, con muy mal aspecto. Demacrado, ojeroso, como si llevara semanas sin dormir. Tenía los ojos hundidos, la piel blanquecina pese a ser mulato, y un temblor leve en las manos que intentaba disimular mientras secaba los vasos.

Nunca le había visto así. Le pregunté a Sandra, otra de las camareras, que andaba recogiendo copas por la zona de los taburetes altos.

—¿Joao está bien? —le dije en voz baja, señalándolo con la barbilla—. Tiene una pinta…

Sandra se quedó un segundo pensativa, como dudando si contarme o no lo que tenía en la cabeza. Miró de reojo hacia la barra y luego se inclinó un poco hacia mí.

—¿Tú conoces a uno que viene a veces… Santiago? Moreno, con acento raro, medio argentino, medio no sé qué…

—Sí. Lo conozco.

—Pues… a ver, no sé si es verdad, pero dicen que le hizo algo. Una especie de… maldición o no sé cómo llamarlo. Mira, hace unos meses, Santiago empezó a tirarme los tejos. Muy intenso, muy raro, todo el rato con frases profundas, en plan “las almas se reconocen por el olor” y cosas así. Pero yo en ese momento estaba saliendo con Joao. Le dije que no, que no me interesaba. Y desde entonces se puso muy raro. Empezó a venir por aquí solo, a quedarse en las esquinas, en silencio, sin pedir nada. A veces escribía cosas en servilletas… símbolos, dibujitos raros. Y a las pocas semanas, Joao empezó a empeorar.

—¿Empeorar cómo?

—Insomnio. Pesadillas. Ataques de ansiedad. Dice que siente que alguien le mira desde el fondo del local cuando cierra. Que oye como si le hablaran desde la cocina. Y no quiere contarlo muy alto, pero dice que a veces, cuando se afeita, ve otra cara en el espejo, como si alguien estuviera detrás de él. Te juro que no era así. Joao era un tipo alegre. De los que silban mientras friegan vasos. Y ahora mírale.

Me quedé callado. Pedí una copa, di un sorbo y me largué.

No tenía ningún plan, así que empecé a caminar sin rumbo por las calles de Chueca. Llovía con desgana, de esa lluvia fina que no empapa al instante, pero que se te mete bajo la ropa si no te espabilas.

Las luces de los escaparates se reflejaban en el asfalto mojado como almas eléctricas, y mientras caminaba, pensé en Santiago. En aquel viacrucis del Soto. En los cuerpos clavados. En sus palabras: “el dolor llama al otro lado”.

Después pensé en Joao. En cómo una simple historia, si te la crees lo suficiente, puede colarse en tus entrañas y pudrirte desde dentro. Porque las maldiciones, en realidad, no necesitan ser reales para destruirte. Solo necesitan que tú lo creas. Y si crees… estás perdido.

Desde aquella noche, Javier nunca ha vuelto a ver a Santiago. Y aunque no cree —o al menos eso dice—, reza en muchas ocasiones por no volvérselo a encontrar. Porque hay rostros que, con que se crucen una vez en tu vida, basta. Y hay miradas que no devuelven lo que te quitan.

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