Nuevo relato otra semana más con una historia atrapante e intrigante. Móstoles Insólito: Relato 51. Entre tres aguas
Salí a dar un paseo aquella mañana de domingo sin ninguna pretensión. Sólo necesitaba aire fresco. La casa estaba en silencio, Rebeca dormía todavía; supuse que los niños también. No pensé en nada más. Cerré la puerta, guardé las llaves en el bolsillo y bajé a la calle con la sensación de que el día iba a ser exactamente igual que los demás.
Pero el aire… el aire tenía algo raro. Un zumbido leve, casi imperceptible, como un mosquito atrapado dentro del oído. Me detuve un instante. Miré alrededor. Nada. Un coche aparcado, un gato que cruzaba la acera, un anciano caminando con las manos a la espalda. Todo normal.
Seguí caminando.
El zumbido se intensificó unos metros más adelante. No sabría describirlo bien; no era un sonido, era más bien una vibración que atravesaba el espacio y se instalaba en la piel, una resonancia extraña que hacía que el ambiente… oscilara. Como si el aire fuese gelatina durante un segundo. Me mareé.
Me apoyé en la pared. Respiré.
Pero algo, algo en esa esquina, en ese tramo de calle que he recorrido miles de veces, no encajaba. Miraba y reconocía los edificios, los árboles, las señales. Y aun así sentía que nada era realmente igual.
Decidí regresar a casa. Quizá estaba incubando algo.
Busqué las llaves. Las introduje en la cerradura del portal de mi edificio. No giraron. Probé otra vez. Nada. Era como intentar abrir una puerta ajena con unas llaves robadas.
Toqué el telefonillo.
—¿Sí? —respondió una voz de mujer mayor, ronca, cansada.
Aún no reconociendo la voz, interpelé.
—Hola, mire… estoy intentando abrir el portal y… no funcionan mis llaves. Vivo aquí. ¿Puede abrir, por favor?
Un silencio breve.
—¿Que vive dónde, dice?
— Pues … ahí, en … ¿su casa?— todo sonó tan extraño.
—Aquí en el 6º A vivo yo. Una mujer sola —dijo la señora—. Y además, no reconozco su voz.
Me quedé congelado.
—Debe… debe de haber algún error —balbuceé.
—Aquí no hay ningún error —respondió, y colgó.
Me quedé quieto, con el teléfono aún en la mano, sintiendo cómo el zumbido regresaba un instante, como una respiración pesada justo detrás de mi nuca.
Me alejé. Sin insistir.
Comencé a caminar sin rumbo, tratando de convencerme de que todo tenía una explicación. Una broma. Una confusión. Un sueño. Algo. Pero cuanto más avanzaba por mi propio barrio, más evidente era que las tiendas no eran las mismas, que los carteles no estaban donde debían, que ciertos comercios habían desaparecido como si nunca hubiesen existido.
Mi ansiedad creció rápido, como una columna de humo negra. El pecho me pesaba. Las manos me sudaban.
De pronto, en el paso de cebra que va hacia el parque, vi a Rebeca. Mi Rebeca. Caminaba deprisa, tirada por un enorme pastor alemán que la arrastraba casi en línea recta hacia la zona de juegos.
—¡Rebeca! —grité.
Se detuvo. Se giró. El perro levantó las orejas, alerta.
Corrí hacia ella.
—Rebeca… menos mal… — dije, jadeando. — No sabes lo que me alegro de verte cariño —
—Perdona — dijo ella, retrocediendo un paso —, ¿te conozco de algo?
El perro gruñó apenas, un sonido bajo, de advertencia.
—Soy yo —susurré—. Soy Sergio.
Rebeca me miró como si yo fuese un vagabundo que amenaza con pedirle dinero.
—No tengo ni idea de quién eres —dijo con frialdad—. Y si sabes mi nombre es porque lo habrás escuchado en algún sitio. Por favor, no me molestes.
—Rebeca… soy tu marido.
Ella arqueó las cejas, como si acabara de escuchar un disparate monumental.
—Vete, por favor —pidió—. No sigas.
Tiró de la correa. El pastor alemán la acompañó sin dejar de mirarme, memorizándome.
Me quedé allí, incapaz de moverme. La cabeza me iba a explotar. Las preguntas se agolpaban sin orden, sin lógica.
Reanudé la marcha. No sabía hacia dónde. Sólo caminaba, tratando de encontrar algo que encajara, una grieta, una señal, una evidencia que me devolviera a mi vida.
Me crucé con conocidos: Manolo el del quinto, una antigua compañera del instituto, Goyo el antiguo camarero de las palmeras. Los saludé. Ninguno me devolvió el saludo. Al contrario: me miraban como se mira a un loco.
Llegué al Pradillo. Subí hacia la fuente de los peces. Pasé por la avenida de la Constitución, buscando un refugio en la rutina. Pero incluso la luz parecía distinta, como si la ciudad respirara a otro ritmo.
Al llegar a la calle Antonio Hernández me detuve ante la ermita. Algo me llamó desde dentro. Una atracción fuerte, instintiva, como un imán que tira de la parte más oculta de uno mismo.
Decidí subir.
La puerta estaba entreabierta. Entré.
El interior estaba casi vacío. No había imágenes reconocibles, ninguna cruz, ningún símbolo católico que me diera la sensación de hogar espiritual. Sólo una iluminación tenue, amarillenta, y un silencio espeso que envolvía todo.
Sentí que debía ir al confesionario. No sé por qué. Mis pies se movieron solos. Entre y me senté. La rejilla se abrió con un chasquido suave.
—¿Sí? —preguntó una voz.
Y la sangre se me heló. Era mi voz. Tragué saliva.
Me acerqué un poco más. La penumbra permitía entrever una silueta al otro lado. Una silueta con mi postura, mi perfil, mi manera de mover el cuello.
—¿Quién… quién eres? —logré decir.
Mi otro yo se inclinó hacia la rejilla, sorprendido pero no asustado. Más bien… confundido.
—Pues… yo mismo iba a preguntarte lo mismo —respondió con tono incrédulo—. ¿Qué haces ahí?
Sentí un vértigo extraño, como si la realidad se plegara entre nosotros.
—Yo… no sé qué está pasando — dije, casi sin voz.
Él entrecerró los ojos, tratando de verme mejor a través de la celosía.
—Esto… esto no tiene sentido — murmuró —. No puedes ser tú. No puedes ser … yo.
Mi respiración se aceleró. No pude soportarlo.
Me levanté de golpe y abrí la puerta del confesionario. Bajé las escaleras tropezando, sintiendo que la iglesia se inclinaba, que el suelo ya no era firme. Me giré un instante.
Mi otro yo salía despacio del confesionario. Me vio. Me sostuvo la mirada. Ambos éramos espejos sin entender nada.
Hui.
Salí a la calle con la respiración disparada y el corazón golpeando. Descendí hacia la estatua de Andrés Torrejón. Y allí, justo allí, el zumbido volvió. Más fuerte. Más grave. Como una vibración que partía el aire en dos.
Sentí que el suelo ondulaba. Me arrodillé.
Los viandantes se alejaron, algunos murmuraban, otros miraban con miedo. Yo sólo veía luces que parpadeaban, sombras que se alargaban, el mundo doblándose sobre sí mismo como un papel mojado.
Y de repente … se apagó.
El mareo desapareció. El zumbido cesó. El aire volvió a ser aire.
Me puse en pie, temblando. Miré alrededor. Todo volvía a ser como debía.
Eché a correr hacia mi casa. Esta vez las fachadas eran familiares. Las tiendas eran las que recordaba. Todo encajaba.
Llegué al portal. Llamé al telefonillo.
—¿Sí? —la voz de Rebeca. Mi Rebeca.
—Soy yo —dije, casi llorando—. Ábreme.
El clic de la puerta me supo a salvación. Subí por las escaleras.
Llegué a la puerta. Estaba entornada.
—Pasa, cariño —dijo Rebeca desde la cocina—. Estoy aquí.
Entré. Y el mundo volvió a crujir.
Un enorme pastor alemán me cortó el paso. No ladró, pero me observó con la misma alerta feroz que el otro. La mirada clavada en mí, como si estuviera analizando algo que no comprendía.
—Rebeca … —susurré.
Miré a mi alrededor. Mi casa… no era mi casa. Los detalles estaban mal. Pequeñas cosas. Una foto diferente. Un jarrón que nunca habíamos tenido. Un cuadro que jamás habíamos colgado.
El perro tensó el lomo.
La puerta seguía abierta detrás de mí. Una salida.
Retrocedí. Salí sin decir nada. Bajé las escaleras corriendo.
Y allí, en el portal, me crucé conmigo mismo. Un yo diferente al del confesionario. Otro más.
Nos miramos fijamente. Ninguno dijo nada. Hubo un instante de reconocimiento… y de desconcierto mutuo.
Él frunció ligeramente el ceño. Yo abrí la boca, sin saber qué decir. Pero ninguno de los dos habló.
Salí a la calle. El aire estaba quieto. Sin zumbido. Sin distorsión.
Empecé a correr otra vez. Sin rumbo. Con la cabeza llena de preguntas que se multiplicaban como sombras alargadas.
Corrí. Corrí hasta que el barrio empezó a desdibujarse. Y justo al pasar frente al escaparate de una tienda cerrada, algo se movió en el reflejo. Me vi a mí mismo. Pero mi reflejo no se movió al mismo tiempo que yo. Se quedó quieto. Observándome. Y sonrió.
La vibración volvió, débil, como un eco lejano, preparándose para un nuevo latido del mundo.
Y comprendí que quizá no había regresado del todo. Quizá nunca lo haría. Y seguí corriendo como alma que lleva el diablo.
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