Nueva columna semanal con una historia emocionante y de muchas incógnitas. Móstoles Insólito: Relato 57. Amok
La calle Granada aún no había despertado del todo. La fina lluvia empapaba las aceras, los coches del parking lateral y las enormes cristaleras de los coloreados muros del edifico.
— Que comisaría más fea, por dios — murmuró Antonio mientras atravesaba el enorme arco antes de subir a su despacho.
El amanecer se filtraba entre los edificios con ese tono sucio y grisáceo de noviembre que no prometía nada bueno. El comisario Antonio Redondo llevaba más de media hora sentado en su despacho, sin hacer demasiado, dejando que el café se enfriara sobre la mesa mientras revisaba informes que, sinceramente, no necesitaban revisión.
Cuando llegó el mail, le dio importancia al instante. El asunto estaba en blanco y el remitente no le sonaba, le era “desconocido”, al menos hasta que comenzó a leer el contenido.
El mail lo firmaba el Dr. Vidal. Psiquiatría Forense del cuero nacional de policía.
Abrió el mensaje.
Comisario Redondo:
Tras meses de observación clínica, entrevistas y análisis de conducta, podemos afirmar que el sujeto Carlos Elías Delgado presenta un cuadro compatible con un episodio de Amok.
Redondo apoyó la espalda en la silla.
Habían pasado semanas desde la detención. Semanas de informes inconclusos, de diagnósticos que se desmentían unos a otros. Psicosis, brote disociativo, estrés extremo. Nada terminaba de encajar.
Siguió leyendo.
El Amok se caracteriza por una irrupción súbita de violencia extrema, no planificada, acompañada de una desconexión total de la realidad y una posterior amnesia parcial o completa. El sujeto no actúa desde el odio consciente ni desde un objetivo racional.
Redondo cerró los ojos un instante.
El recuerdo volvió sin pedir permiso.
La oficina estaba en silencio cuando llegaron. Un silencio espeso, sepulcral, solo roto por el zumbido constante de los fluorescentes. Tres cuerpos yacían en el suelo, dispuestos de una forma que no obedecía a ninguna lógica conocida. No había gritos. No había resistencia. Solo violencia detenida en seco.
Carlos Elías Delgado estaba allí. De pie. Las manos empapadas en sangre y la mirada perdida.
No intentó huir. No preguntó por nadie. No dijo una sola palabra.
Cuando Redondo le preguntó su nombre, tardó varios segundos en responder. Demasiados para una pregunta tan fácil.
Cuando le preguntó qué había ocurrido, negó con la cabeza. No por desafío. Por auténtica incomprensión.
— No lo sé — dijo al fin—. No recuerdo nada.
No lloró. No tembló. No mostró culpa ni alivio. Era como si no hubiera sido él el culpable.
Redondo volvió al despacho. El informe seguía abierto en la pantalla.
En el momento del episodio, el sujeto se encontraba completamente disociado. No existe evidencia de planificación previa ni de intención consciente.
Le molestó esa frase. Le molestó porque no explicaba nada.
Cerró el correo sin terminarlo. Cogió la chaqueta y bajó a la calle. Sabía que no debía hacerlo, pero necesitaba verlo. Necesitaba enfrentarse a la única pieza del caso que aún respiraba.
La cárcel de Navalcarnero emergía en mitad de la nada como una estructura ajena al mundo. Antonio Redondo llegó temprano. Demasiado temprano para alguien que no había dormido bien.
El funcionario de entrada levantó la vista al verle.
— Hola. Necesito ver a Carlos Elías Delgado — dijo Redondo después de identificarse.
No añadió nada más. No hizo falta.
El pasillo olía a lejía y colonia barata. Caminaron en silencio. Las puertas metálicas se abrían y cerraban con un sonido seco, correoso a veces, casi místico en otras.
Cuando llegaron a la celda, el funcionario se detuvo, pues algo no encajaba.
Abrió la puerta. Carlos colgaba del techo.
Un cinturón de cuero gastado, anudado de forma precaria en la argolla que sujetaba la lámpara, sostenía un cuerpo que ya no pertenecía a nadie. No había signos de lucha. No había desorden. Solo quietud absoluta.
Redondo no se movió.
El funcionario murmuró algo, pero sus palabras se perdieron en el aire. El comisario solo podía mirar aquella escena dantesca. El rostro de Carlos no expresaba angustia ni paz. Era un rostro vacío. Como si la muerte hubiera llegado tarde.
De vuelta en la comisaría, Redondo respondió al correo del psiquiatra.
No escribió mucho. Tampoco sabía qué decir.
Sr. Vidal
Lamentablemente, debemos proceder al cierre del caso. Carlos Elías Delgado se ha suicidado esta mañana en su celda. El sujeto no podrá ser juzgado.
Conviene recordar que los hechos no se limitaron al entorno laboral. Durante el trayecto hasta la oficina, el sujeto causó otras doce muertes. Ninguna de ellas respondió a una motivación reconocible.
Doce.
Doce nombres. Doce historias. Doce vidas borradas en el camino hacia un despacho cualquiera.
Después le dio a enviar. Cerró la sesión y apagó el ordenador.
Se marchó a casa con la imagen del cuerpo balanceándose aún grabada en la retina. Pensó en la sección de jamones de su supermercado favorito al ver allí colgado a Delgado. Esa noche no pudo conciliar el sueño.
A la mañana siguiente regresó a la comisaría antes de que amaneciera.
Encendió el ordenador por inercia, sin esperar nada y sin embargo, en la bandeja de entrada, había un nuevo correo.
Hola, comisario.
El tono había cambiado. Ya no era un informe. Era una, llamémoslo, llamada de auxilio.
Creo que no ha terminado de entender qué es el Amok. Y no se lo reprocho. La mayoría no lo hace.
Redondo se inclinó hacia la pantalla.
El Amok no aparece de la nada. No es un estallido espontáneo ni un rayo caído del cielo. Es una acumulación silenciosa. Años, a veces décadas, de frustración, humillación, invisibilidad.
El término procede de Malasia. Allí se hablaba de hombres que, tras una vida entera de contención, “corrían amok”. No gritaban. No advertían. Simplemente, cruzaban una frontera invisible y … mataban, acababan con todo lo que tenían por delante.
Redondo tragó saliva.
No recuerdan lo ocurrido porque, durante el episodio, dejan de ser quienes eran. El yo se disuelve. Solo queda la acción. Automática. Letal. Salvaje. Brutal.
El correo continuaba.
El mayor problema del Amok es que no es previsible. No hay un marcador claro. No hay una prueba definitiva. Solo señales débiles que muy pocos, casi nadie, sabe leer. A día de hoy, es difícil de diagnosticar y extremadamente grave.
Redondo, se sintió desconcertado e hizo una pequeña pausa antes de seguir leyendo.
La detección temprana es la única vía de prevención conocida. Pero debo ser honesto: es altamente improbable que eso ocurra. Vivimos rodeados de personas que aprenden a callar muy bien, hasta que un día, explotan.
El mensaje terminaba sin despedida, solo con la firma digital del doctor.
Redondo se quedó mirando la pantalla durante un largo rato.
Después, tras un largo rato mirando al vacío, apagó el ordenador, recogió su chaqueta del respaldo de su silla y comenzó a divagar en dirección al parking atravesando el enorme pasillo que aún permanecía en penumbra.
La ciudad de Móstoles despertaba. La gente caminaba deprisa hacia oficinas, talleres, colegios. Nadie parecía fuera de lugar. Nadie parecía peligroso.
Antes del pulsar el botón del mando para abrir su coche, Redondo pensó en Carlos Elías Delgado. Pensó en los quince. Y por primera vez en muchos años, sintió miedo.
No de un hombre. Sino de todos los demás.
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