Nueva columna semanal muy interesante de Eduardo Caballero. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El instituto

La enseñanza ha cambiado mucho, como mucho ha cambiado la sociedad y el mundo; no a mejor en todos los casos, pero sí al menos en algunos. Sea como sea, no puede variarse la realidad por relativa que sea ni puede alterarse el rumbo al que deriva la Humanidad. Mejor es tomar lo que viene de manera que nos enriquezca, nadar en las aguas que se presenten por densas o líquidas que sean y volar así entre las nubes como por los cielos despejados. A tiempo pasado, uno puede sentarse a reflexionar acaso llevado por la nostalgia o quizá por un destello en el presente que recuerde alguna parte de su pasado. En mi caso, ese momento trae la memoria de aquellos turbulentos días de instituto. Digo turbulentos porque la época también lo era. Nada era entonces como es ahora ni cabía sospechar que fuera a mudarse en nada parecido. Por ejemplo, el número de jóvenes que acudíamos al instituto cada día era considerablemente mayor, es posible que tres o cuatro veces mayor. Tal era así que, estando ambas hojas abiertas, apenas sí cabía la avalancha de jóvenes por la puerta de entrada a primera hora. Era mayor el caudal que la vía de entrada. Recordar aquellos años me lleva a considerar lo que entonces siquiera me paraba a pensar; esto es, en cómo podían arreglárselas los profesores y bedeles con tal multitud de jóvenes.

Me enorgullece haber asistido al I.E.S. Manuel de Falla y sobre todo en aquellos años efervescentes. Allí llegamos a tener tres bedeles a un tiempo. Los profesores encontraban dificultades para sortear a los alumnos en su camino al seminario o a la sala de profesores, finalizada su clase. Qué digo, incluso para llegar al aula. Solo la escalera ya era un tramo… El instituto era un hervidero incesante de alumnos yendo y viniendo, corriendo acelerados o caminando a paso monacal. Rememorarlo ahora me hace ver el espíritu que corría por aquellas venas, había inquietud y pasión por hacer. Nada era tan sencillo como acceder a un ordenador o a un teléfono móvil. La tecnología de la época se reducía al teléfono de rueda, la máquina de escribir y el papel cliché, y la máquina de escribir no se encontraba en la mayoría de los hogares. Esos eran los medios para organizar excursiones, publicar el Todo Falla (el periódico del instituto), verse con los amigos o informarse sobre cualquier asunto como horarios, entidades, burocracias, preparativos e inscripciones. Todo requería una implicación y un trato personal. Así nos acostumbramos a dar la cara y a mantenernos activos y así los logros tenían un gusto exquisito de satisfacción. Los deseos requerían de esfuerzo y ese esfuerzo hacía que conseguirlos nos produjera satisfacción y nos motivara a enfrentarnos a cuantos obstáculos se nos pusieran por delante. Y no estábamos solos.

No había fiestas de graduación, no había fiestas de ningún tipo, en realidad. Momentos especiales como el de ver Memorias de África en versión original en el salón de actos o el de representar leída La casa de Bernarda Alba sobre un escenario. Mi amigo José Vicente y yo fuimos los únicos chicos en la obra (lo que llamaba la atención), y lo pasamos bien. Momentos así, humanos, cercanos y ausentes de máquinas de cualquier tipo.

También es cierto que los profesores se encontraban muy desligados de los alumnos. No significa que se despreocuparan de nosotros, muchos realizaban verdaderos esfuerzos por ayudarnos y enseñarnos, pero, en general, los profesores del instituto se desvinculaban más del alumnado. Hay que comprender los momentos, pese a ser buenos profesores en su mayoría, quizá las épocas no permitían el acercamiento que puedan permitir ahora y éramos realmente muchos. También ellos eran más respetados por nosotros. ¿Cuál es la fórmula adecuada?, me pregunto en ocasiones; ¿dónde se encuentra el equilibrio?

Recuerdo asignaturas como Biología, Historia, Música y Religión o Ética. También acude a mi mente una asignatura curiosa que se incorporó en mitad del Bachillerato. No recuerdo su nombre y creo que venía a sustituir optativamente a la asignatura de Religión. Vendría a ser algo así como Tareas Domésticas. Santi optó por esta asignatura y a veces le veías con sus vaqueros y su plumas azul abultado del que sobresalían dos agujas de ganchillo. Reíamos, en aquel entonces podíamos reír de estas cosas. No lo hacíamos con malicia, solo nos resultaba gracioso e incluso él se reía de sí mismo, lo cual siempre me pareció de lo más sano.

Antes también se hacían pellas. Generalmente, eran los mismo tipos siempre, aunque a veces nos obligaban a dejar el aula vacía porque les parecía gracioso que el profesor no encontrara a nadie. Había perfiles —siempre los ha habido— que respondían a estereotipos: el gamberrete que no quería estudiar; los buenos estudiantes, callados y aplicados hasta para vestir; los pícaros que sabían disfrutar de las juergas y aprobar con nota al día siguiente… El I.E.S. Manuel de Falla siempre fue un lugar donde podías pertenecer a varios grupos de amigos. Todos teníamos nuestro círculo, pero todos sabíamos quién era quién y nos movíamos en diferentes grupos según la circunstancia y conforme nos apeteciera en cada momento. Algo que, a mi parecer, era muy sano y contribuyó a ampliar nuestras perspectivas, a crecer en la comprensión hacia los demás y conocer el mundo a través de ellos. Estábamos los del equipo de atletismo, los del periódico, los de los Scouts, los del barrio, los vecinos, los de clase, los de ciencias… Era un lugar acogedor pese a todas las turbulencias que nos llevaban alocada y desconsideradamente de un lado a otro como si fuéramos barriles de madera llevados por las agitadas corrientes de un río caudaloso.

Uno de los peores tragos que viví allí fue el suicidio de un compañero que debía de tener unos dieciocho años como mucho. La profesora de inglés se presentó a primera hora llorando y destrozada, para informarnos de que ese día se habían suspendido las clases. Me afectó saber quién era porque jugaba con él al baloncesto habitualmente. Yo tenía unos catorce años, no sabía cómo afrontar aquello y hube de ir a su entierro en representación de segundo de bachillerato. Se celebró una misa in corpore presente en el pueblo en el que había nacido y después lo enterraron en el cementerio de la iglesia. Al bajar el ataúd a la fosa, el padre, llorando y gritando fuera de sí, trataba de arrojarse a la fosa en pos de su hijo y varios allegados lo sujetaban con fuerza para detenerlo. Fue una experiencia realmente sobrecogedora. Yo estuve saludando a su novia cada vez que me cruzaba con ella. No hablábamos, solo la saludaba y ella correspondía el saludo. Así fue hasta que dejarnos de vernos para siempre porque nuestros caminos dejaron de coincidir. Decían que lo había hecho porque ella no quería seguir con él y también por desencuentros con su padre. El rostro de ella me apenaba mucho y su expresión me hacía sentir una lástima desconocida para mí. Ojalá me hubiera atrevido a hablar con ella, pero no estaba preparado y estoy convencido de que fue mejor ser ese chico desconocido que la saludaba al verla.

También vivimos estas experiencias y otras como la del grupo de alumnos, de aquellos que no tenían mucho interés en estudiar, que pinchó las ruedas de los coches de los profesores a final de curso. Aquello armó un gran revuelo y originó intensas reuniones de profesores y AMPA para tomar medidas duras como respuesta a ese grave acto de violencia. Finalmente, fueron expulsados del centro y mi madre, presidenta de la AMPA, logró que no los expedientaran. Su argumento era sencillo, mi madre siempre se movía en ese equilibrio aristotélico: lo que habían hecho era grave y, sin duda, requería una medida firme, pero abrirles expediente significaba condenarlos de por vida. ¿Y si dentro de diez o de veinte años querían retomar los estudios?, ¿iban a condenar su futuro, su oportunidad de redención?

El I.E.S. Manuel de Falla nos trajo multitud de experiencias, nos curtió en muchos aspectos y fue un elemento significativo en nuestro tránsito hacia la juventud. Nada era sencillo si nosotros no lo hacíamos sencillo. Estoy convencido de que esto era algo bueno, aunque pueda discreparse. Quizá hoy se mira mejor por el alumno, quizá tenga más herramientas y se desenvuelva en un entorno más amable. Quizá el vínculo entre profesores y alumnos pueda ser algo más cercano gracias a una comunicación más predispuesta a cumplir su cometido. Estoy seguro de los avances en el buen sentido que se han implementado en la enseñanza, aunque parezca que también se han perdido cosas de valor en el camino. Lo mismo, es un equilibrio complicado, máxime cuando la realidad ya no transcurre lenta y con cierta armonía sino acelerada y arrolladora como un bulldozer. El mundo impone su ritmo tecnológico y capitalista y las Humanidades quedan para la curiosidad de los ratos libres que puedan tenerse un fin de semana, si acaso. Es posible que más adelante podamos encontrar una zona de descanso donde esperar a que llegue lo que se perdió atrás y donde sentarse con calma a reflexionar antes de reconstruir, aunque sea sobre las ruinas de todos los pasados. La vida lleva el timón del barco que navega por la línea del tiempo. Quién sabe si todo quedará atrás a favor de nuevas formas de enseñanza, tal vez con androides que incorporen inteligencia artificial. No veremos esos tiempos, formamos parte de los que desarrollaron su inteligencia natural y somos capaces de ver con cariño partes del pasado, incluso las duras, porque reconocemos que aquello nos trajo a ser quienes somos y nos labró como personas con la fuerza de la experiencia. El I.E.S. Manuel de Falla ha cambiado mucho, la enseñanza ha cambiado mucho… los profesores, los alumnos, los padres, las calles, la sociedad… Todo ha cambiado más que considerablemente. Y aún quedamos quienes no solo recordamos sino que nos esforzamos en transmitir el valor humano de las cosas y muchas de aquellas enseñanzas y de aquellos aprendizajes recibidos, también al pasar por experiencias grabadas a fuego en la piel.

Siempre estaré orgulloso de haber crecido en y con el I.E.S. Manuel de Falla. Solo puedo mostrarme agradecido y esperar que siga en pie muchas décadas más, y representando una parte esencial y emblemática de Móstoles. Un instituto no es solo un lugar donde se imparten clases, es la primera experiencia verdadera con la vida y con el mundo de ahí fuera.

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