Nueva columna semanal con muchos recuerdos y pensamientos del pasado en la ciudad. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El tren
Si pudiéramos recorrer nuestra memoria de manera lineal, el tren sería el transporte más entrañable al que podríamos recurrir para hacerlo. Un buen punto de partida serían aquellos primeros años recién llegados a Móstoles. Vivíamos en Moratalaz, éramos muy niños y mudarse a otra ciudad era un acontecimiento. Abandonar todas aquellas tierras de aventuras, amigos con quien compartirlas y momentos disfrutados en ellas y con ellos, para comenzar de nuevo en un lugar desconocido. Claro que no lo pensaba así en aquel momento, apenas tenía ocho años y no pensaba que abandonara nada sino que todo parecía parte de la misma aventura: ahora surgían tierras nuevas y amigos y momentos por descubrir.
La estación de Móstoles se encontraba en un terreno campestre —bien podríamos decir— en el que comenzaban a alzarse los primeros edificios del Parque Vosa. Para acercarse al pueblo, al centro del municipio, desde Estoril II, había dos caminos: por el puente de Echegaray o cruzando las vías del tren y éstas ejercían sobre nosotros un poderoso magnetismo. Mi madre nos prevenía sobre el cuidado que debíamos tener al cruzarlas por no hablar de sus ruegos para utilizar el puente. La diferencia entre ambos caminos era que el puente nos llevaba a Simago y debíamos bajar la Avenida de la Constitución entera hasta llegar a la Plaza del Pradillo. Sin embargo, cruzar las vías nos llevaba a mitad del camino por la Plaza de Tingo María.
No todo era el tren, desde luego. Nos gustaba también cruzar el descampado de la Calle Fátima al que accedíamos por el puente. Entonces no existía esa calle y teníamos que saltar una zanja considerable, probablemente de alguna canalización en curso, pues todo se encontraba en ciernes y en su tiempo primigenio. Al otro lado del descampado se encontraba la carretera principal de la Avenida de Portugal, el puesto de la Cruz Roja, que nos encantaba ver esperando que los voluntarios uniformados se encontraran a la entrada, sentados en un banco junto a la puerta esperando algún servicio o atender una urgencia, y Simago, el carismático centro comercial de aquellos tiempos, frente al quiosco de prensa que se encontraba al inicio de la Avenida de la Constitución, cerca del Puesto de Socorro de la Cruz Roja, donde, con suerte, podíamos ver la ambulancia, una de verdad.
Los trenes eran cuadrados y azules y parecían barras rectangulares enganchadas unas a otras sin distinguir cuál era la máquina más que por la obviedad de encontrarse en la cabecera. Pregunté un día cómo podían dar la vuelta para cambiar de sentido y se echaron a reír. Había dos máquinas, claro; una en cada extremo. Ya había viajado en ellos antes de mudarnos porque mi madre me llevaba con ella para acondicionar el piso antes de la mudanza. Los viajes se fueron haciendo más propios, comenzaron a incorporarse a la intimidad a medida que formaban parte del nuevo mundo, de aquellas nuevas tierras cada vez más exploradas y de la nueva vida que, sin saberlo, sería la que nos llevaría a la madurez. Las butacas eran grandes y cómodas, de color granate. Uno se encontraba más cómodo en ellas que en el sofá de casa y muchos se quedaban dormidos en ellas cabeceando contra el cabezal del respaldo. Hay recuerdos de trayectos, imágenes en la memoria como la del primer día de regreso a casa uniformado de militar y cargado con el petate tras el primer mes de instrucción en el servicio militar obligatorio. Volvía de permiso a casa tras jurar bandera en el cuartel y era el tiempo más largo que había pasado alejado de la familia, de amigos y de conocidos, sin contar un par de visitas que me hicieron mis padres para traerme algunas cosas. También hay recuerdos de un trayecto de vuelta con mi padre, que fue a buscarme a casa de mi tía Asunción y mi tío Fernando, con quienes había pasado un par de días. Y recuerdos de aquellos sábados acudiendo a las clases presenciales de inglés de ECCA. Emitían a diario las clases teóricas por la radio a las diez de la noche y cada sábado por la mañana nos presentábamos a repasar y resolver dudas. Aquellas clases me gustaban y aquellos trayectos solo también. El tren solo llegaba hasta Aluche y hacía poco tiempo que habían prolongado la línea hasta Laguna. Allí tomaba el metro de la línea seis, que tampoco llevaba muchos meses inaugurada y estrenaba maquinaria y vagones, más amplios y modernos. Tanto era así que aún hacían el trayecto prácticamente vacíos y podía viajarse en ellos cómoda y tranquilamente.
El tren y los trayectos son hitos en la memoria, como la señal que dejamos en la página de un libro para remarcar un pasaje de interés. Acude la imagen a nuestro recuerdo y un hilo invisible nos trae el día, el suceso y toda la vida del momento, sensaciones y sentimientos incluidos. Los trayectos —de sobra es sabido— nos modifican. Ellos me traen ahora la imagen de los domingos por la tarde previos al inicio de mes. Mi padre me enviaba a comprar el bono de la Renfe, entonces una tira de cartón alargada de color amarillo con los treinta y un días del mes incluyendo la ida y la vuelta cada uno. Se entraba a la estación por el lado opuesto al actual. Es decir, por el lado del Paseo de la Estación y no por la Calle del Parque Vosa. En ese paseo había una tienda de frutos secos y mi padre acostumbraba a comer pipas mientras veía la televisión, así que me pedía comprarle cuarto de pipas aprovechando que recogía el bono del tren. Esos paseos a la estación los daba cada domingo de final de mes sobre las siete o las ocho de la tarde y antes de que la estación se renovara a su imagen actual.
La prolongación de la línea del tren a Móstoles-El Soto se produjo durante mis años de instituto, al que acudíamos andando o en las célebres Blasas si disponíamos de cinco duros. El viaje en Blasa costaba eso ya, veinticinco pesetas (desde las diez o quince iniciales), y, si bien no recuerdo el importe exacto, el viaje en tren resultaba más costoso y había que sumar el trayecto andando hasta el instituto, no mayor que el recorrido desde la parada del autobús, en medio de la Avenida de los Deportes, pero sí más intrincado. En realidad, se podía viajar más cómodo pero no acababa de resultar más práctico. Sin embargo, y no percibiéndolo aquellos días en su magnitud verdadera, fue un gran avance en la comunicación y hoy es una estación pronta por renovarse para afrontar el reto del incremento de población en esa zona, por un lado por los edificios residenciales de la Avenida de Atocha y por otro por el fuerte crecimiento demográfico que experimenta El Soto, máxime por la Avenida de Iker Casillas (aquella antigua Avenida de los Deportes).
¿Quién hubiera imaginado algo de todo este presente en aquellos tiempos de aventuras y descubrimientos? Los trenes cambiaron hace tiempo y se volvieron más prácticos que cómodos. Son de color blanco y puede distinguirse la locomotora por su morro angular. Miradas de frente, las locomotoras tienen una cara distinta. Ni mejor ni peor, solo diferente. Ocurre lo mismo con Móstoles, que se ha vuelto una ciudad superpoblada y aún sigue incrementando su población en cada rincón disponible. Se siente en las calles, que parecen encogerse con el tiempo, sobre todo por la densidad del tráfico y por el tamaño de los vehículos. Se ha convertido en una ciudad con el colesterol alto, acusando la edad y los excesos alimentarios. Solo es una imagen porque aún conserva ese espíritu inicial, un espíritu de esperanza y de ilusión, de vidas posibles, de tierra por explorar y aventuras que vivir. Las vías del tren conservan su tamaño y no se han movido ni modificado durante décadas. Son testigos mudos de trayectos, de historias y de recuerdos, protegidas por los muros de ladrillo alzados en aquellos tiempos para consuelo y descanso de las madres y protección de los pequeños aventureros. También alzaron protecciones en el puente de Echegaray para evitar asomarse de manera peligrosa. Camino por esas aceras y espero a ver llegar el tren. Ya no es fácil correr al otro lado del puente mientras pasa por debajo, para verlo entrar en la estación ni, al contrario, verlo salir de ella y correr a verlo alejarse. Esas imágenes al atardecer resultaban aún más bellas y entrañables. Podría pasar la tarde corriendo de un lado a otro del puente para ver pasar los trenes, yendo y viniendo, mientras cae la tarde y la noche acerca la hora de regresar a casa.
Aunque no pueda recorrer la memoria de manera lineal, el tren traerá todos aquellos momentos y aquellas vivencias, aquel espíritu infantil creciendo a lo largo de las etapas vitales y aquellos recuerdos que dan sentido a una vida y que nos hablan de quién anda ahí, de quienes fuimos y somos… y de lo que fue, viene siendo y es esta ciudad a la que nos trajeron nuestras intrépidas aventuras.
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