Nueva columna semanal sobre un tema pasado en la ciudad y el ámbito personal. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La calle
Hubo un tiempo en que la calle lo era todo. Uno estaba en su habitación y encontraba un mundo íntimo y personal, pero fuera, en la calle, había otros mundos y universos, se encontraba lo demás y los demás. La calle ebullía de vida en aquel tiempo. No había distracciones ni mundos ni universos tras una pantalla de vidrio de aluminosilicato, cristal líquido y otros materiales que, entonces, podían pasar por extraterrestres. Pienso que estábamos más unidos y que las relaciones personales, como la calle, lo eran todo.
Los estímulos externos más fundamentales en nuestro crecimiento provenían, en los primeros años, de los parques de tierra y los columpios de metal, donde un chaval podía acercarse a otro e invitarlo a jugar, preguntarle su nombre o hablar con él para hacer un amigo. El mundo de las chicas y de los chicos estaba claramente separado. Nadie podía verte jugar con una chica y aún menos podía verse a una chica acercarse a los chicos. Apenas llegar a casa del parque hablabas del nuevo amigo que habías hecho y deseabas volver a bajar al día siguiente y al otro. Claro que igual no era así y, aun siéndolo, enseguida podías no volver a coincidir más. De hecho, esto solía ser lo más habitual y, pese a ello, se mantenía esa amistad en el corazón con la esperanza intacta de volver a encontrarse incluso más allá de los años.
Llegado el colegio, la mente podía abrirse de golpe como un enorme ventanal por el que entrar a bocajarro todo tipo de estímulos. Celebrabas cumpleaños de compañeros en el aula o un sábado en los descampados del Parque de Andalucía, que era donde acababa la civilización en Estoril II. Más allá del parque todo era campo de tierra por el que pasear largo salvo una pequeña arboleda por donde caminábamos como su decidiésemos atravesar una jungla. También íbamos a casa de los compañeros, donde las madres nos ofrecían un bocadillo para merendar. La excusa era hacer los deberes, pero solo queríamos salir de casa y estar con ellos, con los demás, con los nuestros. Asomarnos al abismo de personas como nosotros, pero diferentes. Todo era nuevo y excitante y nos encantaba hacernos mayores. Los observábamos fumar, salir del colegio (nosotros no podíamos) y tener una pareja, y deseábamos ser un poco como ellos y que no nos trataran como niños porque no sentíamos serlo. Nos sentíamos aves ansiando volar y teniendo que esperar a que las alas crecieran. Mientras tanto, indagábamos y observábamos cuanto podíamos. Tiempos en que una chica nueva llegada a mitad de curso revolucionaba la clase por ambos lados, más por el masculino, claro. Lo mismo la llegada del chico pelirrojo de melena sedosa y bien peinado y el rostro blanco marmóreo salpicado de unas graciosas pecas. Aquí, ellas perdían la razón como lo hacían con Don Diablo de Miguel Bosé, el rubio de Pecos o Leif Garret.
También nos divertíamos en los autobuses, tanto en las rutas del colegio como en las excursiones. Los autobuses cruzaban Móstoles por calles por las que ahora sería difícil imaginar siquiera que hubieran podido circular algún día. Nuestra ruta, la cuatro, llegaba por la Calle Españoleto, giraba por Pintor Velázquez, que entonces acababa en las vías del tren, y tomaba la calle del Pintor El Greco a la altura del Polideportivo Iviasa, para enfilar Pintor Murillo rumbo a la calle Asturias, donde también tenía una parada antes de acabar la ruta en la calle del Río Llobregat. Por supuesto, las excursiones eran más divertidas, incluso los viajes a Las Lomas para practicar natación los sábados por la mañana. Los más rebeldes, los atrevidos, los contestones e independientes se sentaban atrás y cantaban La cabra, rimas originales y atrevidas de Carrascás o la canción de Colón y sus «mari… neros». Corearlas con ellos te hacían sentir parte de aquel grupo. Nos sentábamos en el brazo del asiento apoyando los nuestros en cada uno de los cabezales, el nuestro y el de delante, mirando el cuerpo hacia el pasillo con la cabeza ladeada hacia el fondo del autobús. Aún hay momentos en que acuden esas cantinelas de rimas ocurrentes a mi cabeza.
La llegada al instituto suponía un incremento de la tensión emocional, tanto por la seriedad de los estudios como de las relaciones sociales. Posiblemente, fue la etapa más crucial de nuestro crecimiento juvenil antes de perderse en el espejo retrovisor todos aquellos comienzos vitales. Salíamos a la calle con mayor independencia y sin demasiada presión de horarios de regreso. Ellas sentían más esa presión, aún estaba mal considerado verlas hacer vida nocturna en las calles. No obstante, eran tiempos de liberación juvenil y social. Probablemente, mucho de lo que vemos hoy en día, aun desmadrado en ocasiones, tiene su origen en aquellos años de calles cálidas, de bares de amigos, de mesones y de pubs. Podías recorrer Móstoles yendo de un garito a otro y había opciones donde elegir: discotecas como Dedo’s, pubs como el Chaplin o el Oscar, mesones como Los Picos o Gregorio y una larga lista de bares y garitos en los que quedar a tomar unos botellines con los amigos o llevar a la chica a tomar unas copas.
La población era más joven y, por tanto, las calles hervían de jóvenes yendo y viniendo desde la tarde hasta la noche. Un tarde tocaba Multicines Iviasa para ver la última de Superdetective en Hollywood o de Rambo, otras tardes dábamos tumbos por las calles decidiendo qué hacer. Miguel practicaba Break dance y nos vacilaba con alguna pirueta mal hecha. Aquellas cosas nos mantenían entretenidos y nos divertían. Otras épocas hablaban de la música de La Guardia o Duncan Dhu, que no solo venían a sustituir a Miguel Bosé y a Los Pecos sino también a ABBA y a Culture Club. Los Rockers y los Mods se extinguían y Los Hombres G harían estragos pronto, trayendo a las calles la cultura de la «pijería» y el romanticismo tierno acompañados por Spandau Ballet, George Michael, Duran Duran o Ahá.
Se sentían las identidades en la calle. No importaba lo que fueras, cómo vistieras o peinaras o la música que te gustara, si Gwendal, Guns ‘n Roses o Prince, había una identidad marcada en cada ámbito de la vida. Muchos llevábamos fotos y mensajes en nuestras carpetas o incluso en chapas que pinchábamos en nuestra chupa o en la cartera o la bolsa de deportes. La música, las películas, los libros, la ropa, la inquietudes, las pandillas, los individuos y las calles… tenían una identidad que podía respirarse y sentirse. Y lo mejor de todo es que eran culturas y subculturas que convivían y se nutrían unas de otras. Había riqueza emocional y crecíamos en un mundo de posibilidades que nos motivaba y nos ilusionaba con la esperanza que proyectada. Tomábamos los apuntes a mano, escribíamos cartas y nos llamábamos por teléfono. Había deseos de verse, de hablar, de compartir y de divertirse. Y todo conllevaba un significado profundo.
Todo esto y más se encontraba en la calle que apenas se pisa ahora más que para cumplir obligaciones. La música, los garitos, los mesones, los pub, las corrientes culturales… han desaparecido o han sido enterradas por la mediocridad y la insustancialidad. Permíteme pecar un instante, querido lector, de crítico antagonista. Reflexiono también sobre la evolución generacional. Nuestros padres hubieran expresado lo mismo al contrastar aquéllos con sus tiempos, lo sé. La diferencia es que nosotros teníamos alternativas válidas, argumentos culturales, teníamos sustancia, ideas y creatividad que mostrar. Hoy, la calle muestra personas productivas y jóvenes técnicos buscando o encontrando, en el mejor de los casos, la manera de seguir montados en el tren del capitalismo y la productividad, sin importar siquiera el vagón en que se encuentren. Nosotros y los que nos precedieron ansiábamos independencia en tanto hoy se encuentra confort en la dependencia. Pero, como en toda brasa, siempre cabe la esperanza de la llama. Es posible que me encuentre equivocado en lo extremo. Quizá. Quienes hemos vivido aquellos tiempos de calle tenemos la sospecha de que no volverán, de que las calles no acogerán manifestaciones constantes por los derechos ni jóvenes expresando su mundo, sus inquietudes, sus opiniones, su creatividad y sus aspiraciones. Aquella juventud salía a la calle a expresar y a reclamar el mundo que deseaban. Es algo que, al menos yo, no puedo ver en estos días y desde hace unas décadas. Los centros culturales también son un buen índice de medida. Pese a la amplia oferta cultural que ofrecen y el excelente trabajo que realizan, incluso con buen éxito de acogida, la demanda de usuarios, sobre todo jóvenes, no llega ni por asomo a ser lo que fue. Son tiempos distintos, una población envejecida y un índice de natalidad exánime. También nos falta horizonte y nuestra mirada solo mira al suelo para no contemplar la pared. Malos tiempos para la lírica, nos cantaban Golpes Bajos tiempo ha.
Las calles son las mismas, al menos algunas de ellas y en esencia. Solo echamos de menos toda aquella energía vital, toda aquella vida juvenil efervescente… aquel ambiente exuberante, aquella creatividad, expresividad y cultura reclamando su espacio y su voz propios.
*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o de las imágenes propias que aparecen en este artículo. Suscríbete gratis al
Canal de WhatsApp
Canal de Telegram
La actualidad de Móstoles en mostoleshoy.com











