Nueva columna semanal sobre un tema importante para la sociedad actual y futura. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La esperanza

El curso natural de la vida, al menos en mi juventud, se definía por una infancia y una adolescencia de estudios, de experiencias con los otros, de vivencias de amores y amistades y de aprendizaje para el futuro, y por una madurez, llegados los dieciocho, que implicaba decidir qué querías ser. Algo que influía en grado sumo en con quién querías ser. Llegados, antes o después, los primeros trabajos y ahorros, se planificaba el futuro inmediato, a saber: casarse y comprar una casa. En lo general, se contaba con el coche del padre, heredado al comprarse él uno nuevo. Casados y con casa, no tardaba más de un año en llegar el primer hijo y, con él, la ilusión de una vida adulta y de una vida satisfactoria. Así se crecía.

El curso natural de la vida ha cambiado sustancialmente por diferentes motivos. Considerar si se ha visto mejorado o empeorado es una tarea fútil, habida cuenta de la subjetividad que albergan estas consideraciones. Había, no obstante, algo bueno: la ilusión de independizarse, el deseo alentador de construir y además saberse acompañado, no estar solo, en el empeño. Las jóvenes parejas contaban con ayudas de todo tipo que facilitaban su incorporación a la vida adulta, a las responsabilidades, a la creación de un hogar. Mucho de esto se ha perdido por el camino. No ha dejado de existir, pero a duras penas prevalece como valor, siendo el curso natural de la vida.

Móstoles está construyendo más de trece mil viviendas, la configuración de El Soto ha variado radicalmente, la Avenida de los Abogados de Atocha se está masificando, llevándose por delante olivos centenarios, y hace unas semanas se ha aprobado un plan para transformar más de tres mil locales en viviendas. Este último fue expuesto como una exitosa medida para facilitar el acceso de los jóvenes a la vivienda.

La realidad es que los pequeñas viviendas adosadas de El Soto —sirvan como ejemplo— cuestan más de seiscientos mil euros, los pisos de la Avenida de los Abogados de Atocha han sido, en buena parte, adquiridos por especuladores que los alquilan a una media de mil quinientos euros y las viviendas adaptadas de locales comerciales no son en modo alguno una opción de futuro digno para la juventud.

La esperanza para nuestros jóvenes es encontrar una profesión y un trabajo satisfactorios, en sí dos grandes retos en la actualidad, aún más con la aparición de la Inteligencia Artificial, tan desafortunada y desmesuradamente abrazada y acogida en nuestra vida cotidiana. La esperanza de los jóvenes, lograda al menos una mínima estabilidad, si ello fuera ya posible, en un trabajo, satisfactorio o no, es encontrar un lugar en el que independizarse de los padres. Y este sí es un reto aún mayor y cuasi inalcanzable. Muchos son, de hecho, los que aún han de seguir, incluso en pareja, compartiendo casa con ellos, generalmente en pueblos cercanos a Móstoles, como El Álamo o Arroyomolinos, a los que tuvieron que emigrar debido a la asfixia vital que comienzan a provocar las grandes ciudades como Móstoles.

La esperanza que la juventud no puede evitar alimentar se ve defraudada las más de las veces por la transformación y deriva del curso natural de la vida. Quizá haya sido siempre así en aspectos vitales, pero no en aquellos elementales. La ciudad se masifica, las oportunidades merman y la vida se complica dificultando cualquier inicio de vuelo antes siquiera de proyectarlo. Sin embargo, se sigue vendiendo esperanza en los mercados.

Eso sí, como el pescado fresco más caro que pueda encontrarse. Los niños pasamos por la pescadería y observamos aquel pez en el mismo lugar siempre, con sus ojos saltones y sus diminutos dientes afilados, rodeado de hielos desmenuzados para mantenerlo fresco. A veces apostamos por los días que podrá mantenerse allí sin que nadie lo consuma. Con mucha suerte, coincidimos en el momento en que el pescadero lo retira y observamos como lo levanta y pone otro en su lugar recolocando otros pescados más asequibles y de mayor consumo.

Claro que no todo es oscuro, no pueden sentirse oscuros todos los días ni todas las esperanzas ni todos los futuros. Para abrir una ventana al sol es necesario desear verla y sentir que la ventana está ahí, en el frío y grueso muro que contemplamos. Otras ventanas son más visibles, incluso hay puertas que se exponen sin temor alguno a ser cegadas. No podemos arrebatarles la esperanza a los jóvenes ni estropear sus campos de cultivo.

Quien es padre sabe bien que hay que dejarles hacer, hay que confiar en que irá bien y sabrán bregar en las lides a las que hayan de enfrentarse. Al fin y al cabo, este mundo y esta ciudad presentes son suyos, son sus praderas y sus campos de batalla. Los nuestros quedaron atrás y nuestras lides se reducen a mantenernos a flote en estas aguas desconocidas con las que tratamos de hacernos usando los conocimientos y la experiencia adquiridos en nuestras pasadas aguas. Mientras hacemos eso, hemos de ayudarlos a ellos en estos tiempos (causados también por nosotros, dicho sea de paso). Quizá ayudarlos sea la principal motivación para hacernos con estos tiempos y esta nueva ciudad.

No todo es atribuible a ella, que también ha de mantenerse a flote en los tiempos que ha de vivir. A veces pienso en las otras maneras de hacer las cosas que hay y me pregunto si son mejores, iguales o peores que las escogidas. Por ejemplo, ¿los habitantes reclamamos más casas, más parques, menos impuestos o más limpieza en las calles? Soy consciente y muy sensible a la superpoblación, un tema continuamente esquivo en las conversaciones. Sin embargo, reflexionar sobre la medida de los locales comerciales me ha llevado a encontrar una paradoja: por un lado, se fomenta el comercio local y, por otro, se convierten locales comerciales en viviendas.

Resulta una incoherencia oportunista, a mi parecer. Eso sí, los dueños de locales comerciales incrementarán considerablemente sus beneficios con una pequeña inversión. Incluso podrán alquilar por mil quinientos euros el local de apenas cuarenta metros cuadrados adaptado a vivienda. No es tan simple, lo sé. No creo, de veras, que sea perjudicial esta medida, realmente sí me preocupa que sea una medida que se presente como opción a nuestra juventud.

Quizá la esperanza no sea un tema sencillo de tratar, máxime en cuatro pinceladas. Como digo, no es sencillo concluir sobre los beneficios y prejuicios de esta o cualquier otra medida ni establecer lo bueno o lo malo de la marcha de un tren de vida. Los tiempos cambian, es la primera lección que una joven pareja aprende al independizarse y no deja de repasarla durante el resto de su vida.

Móstoles tampoco es responsable de la situación del país ni de la del mundo. Al final, la ciudad hace lo que hacemos todos: sobrevivir como mejor puede, sabe y le dejan. Todos tomamos buenas y malas decisiones, muchas de ellas teñidas por el interés personal, y todos cometemos aciertos y equivocaciones, con mayor o menor conciencia. Quizá podamos recordar y traer del pasado el eficaz y noble arte de manifestarse en la calle.

Tal vez un día hagamos memoria de cómo se hace y vuelva a suceder, quién sabe. En tanto, seguimos sobreviviendo y esforzándonos en ver la mejor cara de la luz del día. No en vano es lo que se ha hecho siempre, sobrevivir. Móstoles seguirá siendo una ciudad hermosa, vista las galas que vista, en sus mejores y en sus peores momentos. No se debe temer el futuro, es necesario mantener sana la esperanza, al menos la esperanza en el curso natural de la vida.

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