Nueva columna semanal sobre un tema muy importante de nuestro pasado y presente. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La separación
Existe una diferencia notable entre creerse adulto y hacerse adulto. La línea que separa ambas condiciones es, sin embargo, tan delgada y tenue que se cruza de manera inopinada y sin dejar un rastro claro del momento preciso en que sucedió. Un momento irrepetible e irrecuperable. Presumíamos despreocupadamente de autonomía e independencia con los amigos, en el instituto, en el equipo y por la calle. Podíamos sentirlas dentro de nosotros. Llevábamos en el bolsillo nuestros billetes y monedas para el ocio y las salidas de fin de semana. No solo a lugares de alterne sino a acampadas o viajes de unos días. Nada suponía un inconveniente insalvable. Hay a quien su primer trabajo le llegó temprano y con la idea clara de salir del camino de los estudios, quien sintió con mayor intensidad esa independencia ansiada desde temprano. Hay quien prosiguió estudiando y alcanzó los laberintos de la Universidad y hay quienes permanecieron a medio camino. Sea como fuera, aquel mundo de amistades de la adolescencia y de la primera juventud se fue dispersando como una roca de granito descomponiéndose en arena. La estación de Renfe Móstoles Central comenzó a recibir a toda aquella juventud a las horas tempranas en que sus padres salían a trabajar mientras ellos dormían. ¿Pudo ser aquel momento cuando cruzamos esa línea? Todo parecía en su lugar, al menos los primeros días, las primeras semanas, los primeros meses y el primer año. Sin embargo, crecíamos sin percatarnos de que el ansia puesta en ello nos precipitaba al mundo de los adultos tan incomprendido y censurado por nosotros apenas unos años atrás. Y, cuando menos pensábamos que íbamos a necesitarlos, más requerimos su apoyo y consejo, y más se constituyeron en una referencia para nosotros.
Móstoles seguía considerándose una ciudad dormitorio, pese al creciente desarrollo de sus infraestructuras. Aquella juventud comenzó a entender el motivo, pues apenas llegaban a casa para descansar y pronto se encontraron ahorrando dinero para comprar un piso algún día próximo. No todos se encontraban en eso, desde luego. Como digo, comenzábamos a desgranarnos. Manteníamos contactos y perdíamos amigos y relaciones. Otros nuevos surgían en ámbitos diferentes. La vida, la de verdad, aquella de la que no dejaban de hablarnos nuestros padres apenas comenzar nuestra infancia, comenzaba a desarrollarse en nosotros, podíamos sentirla. Aún no como ellos, pero la sentíamos crecer previendo dar a luz muy pronto a nuestros sueños, a veces convenciéndonos de estar haciendo por ellos antes de afrontar su realización con verdadera voluntad.
Móstoles parecía cambiar con nosotros, a nuestro ritmo y en línea con nuestra visión, manteniendo el orden de las cosas alterándolo solo en lo justo. Los años noventa nos precipitaban a un nuevo siglo, a nuevas e ilusionantes expectativas. Nos acercábamos a ese cambio de centuria desconociendo que igual era el momento preciso en que cruzaríamos esa línea tras la cual dejaríamos de creernos adultos para serlo con todas las consecuencias. Muchos habíamos realizado nuestro servicio militar obligatorio, formando parte de las últimas quintas que habrían de hacerlo. Se pensaba que ese el momento de hacerse un hombre, pero ¡qué va! Quizá nos hiciera aún más inconscientes y desenfrenados, según cada experiencia. Con todo y con ello, abordamos el nuevo siglo con cierta esperanza inocente. Sin saber que, entre otras mudanzas, nuestra moneda cambiaría dos años después endureciendo las condiciones económicas y sociales y, por tanto, afectando a nuestros propósitos. Continuamos andando porque nunca queda otra opción y porque nunca existe una única causa sino que es la suma de sucesos la que nos precipitan a un presente que siempre depende del color del cristal con que se mire —citando a Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre.
La separación de todo lo nuestro hasta entonces (las calles, los rincones, el tren, los amigos, el cine, los garitos, los planes…) se produce también con nuestro planes de compromiso sentimental con la persona que amamos y con esos mismos planes de los demás, de aquellos que formaban parte de nuestra vida hasta decidir formar parte de otras vidas y de otro proyecto. Nunca pensamos que la unión de personas supusiera un entrega y compromiso de tal magnitud. Hasta entonces, éramos y dejábamos ser. Había libertad en ello y fluían sensaciones placenteras. Todo encajaba. Solo al cruzar esa tenue y delgada línea puede comprenderse la decisión de entregarte a alguien con esa intensidad y determinación. Todos los deseos de creerse adulto, las convicciones de estar realizando los propios sueños y la creencia vehemente de ser uno mismo en la autenticidad, quedan superados por el exclusivo afán de formar una familia propia. Todo aquello queda tras aquella línea mientras, de este lado, solo puede sentirse felicidad en ese proyecto familiar que emprendes con una persona en particular. Lo demás, va quedando guardado en el baúl del desván, donde se encuentran los juguetes de la infancia, los cuadernos y tesoros de la adolescencia y la ropa y los accesorios de juventud, junto a entradas de teatro, posavasos de garitos, billetes de tren o la factura de hotel de un viaje específico.
Móstoles también creció con esos proyectos. Nuestra casa dejó de serlo para volver a ser la de nuestros padres. El mundo de nuestra habitación se trasladó a un nuevo hogar con salón, cuarto de baño, habitaciones y cocina propios, y nos convertimos en los cabezas de familia. Nos cargamos de responsabilidades de todo tipo, ilusionados al inicio y con algún pesar a medida que avanzaba el tiempo. Tuvimos nuestros éxitos y fracasos y constatamos nuestra ineludible conversión en personas adultas. Supimos de propia mano la notable diferencia que existe entre creerse adulto y serlo. Quizá nos agradaría seguir creyéndolo más que serlo porque añoramos algunas épocas, algunas vivencias y a algunas personas. Añoramos, sobre todo, aquel yo de finales de siglo, aquellas calles, aquellos barrios, aquel puente, aquellos amigos y aquellas obligaciones y devociones. Aunque solo deseemos añorarlo y agradezcamos todos estos años de vida que nos han traído a este lado de aquella línea delgada y tenue que apenas podríamos divisar ya, así fuera posible hacerlo. Esta ciudad nos ha dado lo mejor de ella en nuestro mejores años y nos sentimos afortunados de haberlo vivido y de poder contarlo, incluso de poder revivirlo en algún momento preciso. La arena es arena porque sus granos siguen juntos, incluso no siendo roca. Y la memoria constituye la mayor parte de una identidad. Ahora que la tenemos, lo sabemos.
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