Nueva columna semanal sobre la transformación de las colonias urbanas. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Las colonias
Llegado el verano, la mayoría se marchaban con sus padres de vacaciones, bien al pueblo o bien a algún paraje atractivo y pintoresco, pero incluso ellos debían pasar buena parte de julio y agosto en casa. Quienes pasaban todo el verano fuera de ella eran los menos. Nosotros dejamos de salir en familia al llegar a Móstoles. La menor de nosotros apenas tenía tres años, era la sexta de los hermanos y los tiempos comenzaban a cambiar. No podíamos hacer aquellas excursiones dominicales al monte ni pasar quince días en un apartamento en la costa, viajes que hacíamos en un Seat 850 (un ocho y medio) de color blanco.
Así, nuestros padres comenzaron a inscribirnos en campamentos de verano y visitamos lugares como Fuenterrabía o Jaca, antes de que comenzáramos a crecer de verdad, cuando yo, el quinto de los hermanos comenzaba a tener diez, once, doce años y la pequeña se disponía a dejar la guardería para comenzar los estudios en el colegio. También los tiempos estaban cambiando muy rápido. Así las cosas, en mi familia, como en muchas otras, los viajes de vacaciones se sustituyeron por la piscina, los deberes, las obligaciones en casa y los paseos vespertinos con los amigos que no se habían marchado de vacaciones, al menos aún.
Algún día aislado disfrutando en el parque El Soto y comiendo en alguna de sus mesas me recordaba aquellos domingos de tortilla de patata con pimiento verde y filete de pollo empanado, pero, en lo general, los tiempos se fueron tornando bien diferentes a los de la primera infancia. Es posible que los padres tampoco supieran bien qué hacer ya con los niños que iban dejando de serlo y que siquiera tuvieran tiempo para hacer demasiado. Lo cierto es que los veranos se volvían más aburridos y monótonos de lo esperado para muchos, por eso la idea de las colonias urbanas llegó como lluvia fina en la sequía.
Supuso una gran novedad y un acontecimiento importante, máxime en una sociedad donde la población joven era bastante más numerosa que la actual. Sonrío solo de pensar en relatar cómo se realizaban las inscripciones en aquellos tiempos. Mis padres se acercarían al ayuntamiento o a alguno de los colegios que las acogían para cumplimentar a mano la inscripción. Aquello nos tomó de sorpresa a mi hermano y a mí cuando mi madre nos comunicó que, en la primera quincena de julio, nos íbamos a las colonias urbanas que acababan de programar. Esa quincena se inauguraban y es posible que Educación y Cultura estuviera bien pendiente del buen desarrollo de la iniciativa porque recuerdo alguna visita de personalidades al centro. Tuvieron una gran aceptación, la verdad.
Mis sensaciones entonces fueron las de ir de campamento al lado de casa. Salíamos de ella sobre las ocho de la mañana y regresábamos como a las siete de la tarde, si no recuerdo mal. Entonces percibía que pasaba el día fuera de casa, que solo regresaba para cenar y dormir antes de regresar al día siguiente. Hice buenos amigos, uno decía ser el hijo del alcalde, llevaba medias altas de invierno subidas hasta casi cubrir el gemelo y tenía loquitas a algunas chicas. Nos dieron a cada uno una camiseta blanca con letras impresas en verde con motivo de las colonias. Como es lógico, parte del texto decía: Ayto. de Móstoles. Mi hermano siempre fue algo puntilloso y bromista y leía el texto de manera literal, por lo que le resultó gracioso referirse desde entonces al ayuntamiento como «aíto» y, cuando lo hacía, sonría con picardía. Aún conservo alguna de esas camisetas en una de estas cajas en las que conservamos aquellos recuerdos y objetos de nuestra vida de los que nos cuesta deshacernos, así la cabeza insista en convencernos de la pragmática necesidad de hacerlo, como si fuera nuestra madre instándonos aún al orden.
Aprendimos a hacer ensaladas de pollo y bolas de migas de galleta mezcladas con leche condensada y con una capa de coco rallado, nos enseñaron a hacer máscaras y a pintarlas y disfrutamos de juegos novedosos y de tiempos de asueto en los que —lo diré en voz baja— algunos jugábamos a los dados. Hicimos amigos nuevos, aunque duraran esa quincena, y el verano cambió de color, sobre todo porque socializamos, salimos del entorno familiar para continuar desarrollándonos en sociedad. Fue tal la grata intensidad de la vivencia que nos dolía ver acercarse el final en los últimos días.
Sin embargo, al llegar a casa una tarde, nuestra madre nos preguntó si queríamos seguir yendo y nos confesó que habían realizado la inscripción en la segunda quincena. Así pues, seguimos asistiendo a las colonias urbanas en el C.E.I.P. Antonio Hernández una quincena más convirtiéndose así en una inesperada y entretenida diversión nuestro mes de Julio. Al ver estos días la nueva convocatoria para este año, me he preguntado cómo serán ahora, qué actividades realizarán y qué huella dejarán en los niños hoy. Incluso me he preguntado por la causa de que no haya colonias urbanas para mayores, llevado por la emoción de aquellas vivencias revividas. La primera vez que oí hablar de colonias yo era muy pequeño y mis padres enviaban a mis hermanas de vacaciones a Alicante.
Entonces, solo podía asociar esa palabra con el perfume que se echaban cuando se arreglaban para salir y me costaba concebir un lugar físico con ese sustantivo común. No deja de sorprenderme el impacto que las palabras nuevas y sus usos nuevos tienen en nosotros en la infancia, en el tiempo en que vamos aprendiendo sobre su significado y sus matices semánticos al improvisado ritmo en que las vamos escuchando en sus diferentes modos y acepciones. Jugando a ser niño, hoy me preguntaría si hay algún otro tipo de colonias, quizá campestres, marítimas o callejeras. El diccionario de la Real Academia Española contempla esta acepción para colonia: «espacio acondicionado para desarrollar actividades infantiles en épocas de vacaciones». Habría que buscar, por tanto, otro nombre para las colonias de mayores o forzar la improbable modificación del diccionario.
Es decir, si nos reunimos la tribu en un espacio acondicionado para desarrollar actividades que nos sean propias durante las vacaciones, ¿cómo nos referimos a él? Quizá como aldeas urbanas, las AUPA (Aldeas Urbanas Para Adultos). Eso sí, la tribu la formamos aquellos adultos con alguna pizca de puerilidad, nuestro alma ha de tener espacio para aquellos chiquillos encerrados en cuerpos de adultos y los monitores —¡ay, los monitores!— han de ser más infantiles aún que nosotros, para recordarnos que la vida es saber disfrutar, divertirse, hacer nuevos amigos y regresar por las noches a casa relatando ansiosos todo cuando hemos vivido y aprendido en esa jornada.
Sin duda, prefería aquellas salidas dominicales a disfrutar de la naturaleza, pero nuestro padres, como el viejo ocho y medio, ya no están para planificar y llevarnos, y cada vez queda menos naturaleza en la que evadirse. Eso sí, los nuevos amigos y las nuevas oportunidades pueden encontrarse en cualquier parque, como siempre; en cualquier nueva actividad o a la vuelta de cualquier esquina o de cualquier aventura. Solo hay que recordar lo aprendido en estas colonias y utilizar alguna que otra vez nuestra experiencia para la confianza y con frecuencia para seguir disfrutando de la vida una quincena más.
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