Capítulo III: La Idea. Móstoles Insólito: Relato 58. El Humano

Cerré los ojos un instante y entonces todo vino de golpe. Corría por un sendero polvoriento bajo un cielo gris y pesado, sintiendo cómo la tierra seca se levantaba en nubes de polvo a mi alrededor. El aire olía a humo, a ciudad, a cemento caliente y a algo más: tensión. Ruido constante. Voces alzadas, discusiones, gritos sin pausa. La Tierra se sentía siempre al borde de romperse.

Recordé los carteles, la televisión, la radio: polarización, miedo, consumismo, mensajes de competir, de poseer, de sobrevivir sin reparar en nadie más. Y yo estaba ahí, en medio de todo, sintiendo el peso sobre mis hombros.

Los recuerdos de ellos vinieron también. Mi mujer, mis hijos. La vida humana que aún merecía un nombre: hogar, cariño, rutinas, risas que trataban de compensar el caos que nos rodeaba. Su olor mezclado con el de la comida, la ropa, la tierra tras la lluvia me estremeció. Un nudo en el pecho se me clavaba cuanto más intentaba aferrarme a ellos.

Y luego… el accidente. No era un recuerdo organizado, sino una explosión de sensaciones: metal retorciéndose, cristales rompiéndose bajo mis manos, olor a humo y gasolina. Mis brazos intentando protegerlos, mis gritos apenas atravesaban el caos. La sensación de caída, de impotencia absoluta. Y después, la nada.

Lloré justo en ese momento. No solo por ellos, sino por la injusticia de todo. Por la imposibilidad de arreglar lo que se había roto.

Y aun en esa tristeza brutal, una parte de mí se aferraba a algo: si alguna vez la vida podía ser diferente, tendría que serlo lejos de todo eso.

Entonces, un destello de luz blanca, enorme y pura, lo inundó todo. No dolía, no quemaba, no había miedo. Todo era paz, elevación, extracción. Sentí mi cuerpo separarse de la tierra, de mi hogar, de la rutina, de la ciudad y de la familia que ya no estaba.

La luz me envolvió antes de que pudiera reaccionar. Brillante, pura, pero sin quemar, se deslizaba sobre mi piel, arrastrándome suavemente hacia arriba, como si flotara en un sueño del que no podía despertar.

El suelo, la casa, los recuerdos, todo desaparecía. La ciudad, la familia, el ruido, la tensión… todo se diluía en esa luz. Mi cuerpo giraba lentamente, suspendido en un vacío que no era vacío. Sentía el calor de aquel enorme haz de luz y un zumbido bajo que había vibrar mis huesos sin hacerme daño. No había miedo. Solo extrañeza.

Y luego la vi, la nave apareció. Grande. Inimaginable. Sus superficies brillaban con una geometría que no podía comprender. Un hueco se abrió, y fui absorbido sin esfuerzo. La gravedad cambió, y en un parpadeo estaba dentro. La nave no era fría ni hostil; al contrario, había un orden y una calma que no sabría explicar.

Allí me esperaban ellos, los seres que me habían cuidado desde que desperté. Sus formas eran tan distintas que no podía describirlas completamente.

Aun así, su presencia transmitía algo que entendí al instante: cuidado, atención, rutina, seguridad.

Pasaron días, o quizás semanas; no tenía manera de medir el tiempo como antes. La rutina se asentaba, tranquila y sin imposiciones. Yo me movía por la nave, explorando pasillos y salas, observando los gestos de los seres, la manera en que manipulaban sus dispositivos, cómo interactuaban entre ellos, siempre llenos de precisión y armonía.

Y poco a poco, algo empezó a encajar en mi mente. La comida preparada para mí, a mi altura; los lugares que dejaban libres para que pudiera sentarme o apoyarme; los gestos, medidos, atentos… no eran casuales. No era hospitalidad accidental. Era cuidado. Era… algo más.

Un día, mientras descansaba sobre la superficie que había aprendido a reconocer como mi sitio dentro de la nave, comprendí la verdad: yo no era un invitado. Yo era parte de su mundo, su animal de compañía, recogido de un planeta lejano para acompañarlos, observarlos y recibir afecto. Para ellos era rutina; para mí, bienestar absoluto.

No tardamos mucho en llegar al planeta de destino. Sorprendente y de forma incomprensible para mí aquellos seres dominaban los viajes por el espacio. No se como, quizá las leyes de la física que nosotros conocíamos no eran tales, no guardaban secretos para ellos.

Lo que puedo asegurar que no estuvimos años viajando a la velocidad de la luz. Fue … otra cosa.

Miré a través de la ventana de la nave y lo primero que vi fue el jardín. La vegetación era más alta, más irregular, con hojas que se movían lentamente, como si respiraran.

Los colores eran vivos, pero distintos: un verde metálico, flores que emitían una leve luminiscencia, insectos enormes que flotaban sin alas visibles.

Aun así, era familiar. Había senderos, espacios abiertos y un pequeño estanque reflejando la luz de dos enormes y anaranjados soles. Todo me recordaba torpemente a los jardines de mi infancia: la hierba cortada tras la lluvia, el olor húmedo de la tierra mezclada con flores. Era… la Tierra, pero no lo era.

La nave aterrizó con suavidad sobre un espacio abierto que podría parecía un garaje. Los seres comenzaron a descender, con su movimiento armonioso y controlado. Para mí, aquello era extraordinario; para ellos, cotidiano.

Al pasar al interior de la casa, todo era a escala diferente. Las superficies eran amplias y mullidas, los objetos más grandes de lo que podía comprender, pero la disposición, la luz, la manera en que los seres se movían y me dejaban espacio para explorar… era sorprendentemente familiar. Identificaba cocina, zona de descanso, espacio para comer, para observar, para simplemente estar. Todo recordaba a un hogar humano, aunque deformado por proporciones, texturas y colores distintos.

Mientras me movía por la casa, comprendí algo: lo que para mí parecía lujo, para ellos era normalidad.

La comida que podía tomar, los lugares donde descansar, los gestos suaves y constantes de atención… para ellos, rutina. Para mí, felicidad absoluta.

Pasaban los días y yo despertaba cada uno de ellos allí. Con la luz suave filtrándose por los ventanales. No había prisa, no había obligación. Podía quedarme allí todo el tiempo que quisiera. Bebí un líquido frío, comí, me recosté, observé cómo los seres trabajaban, manipulaban sus dispositivos, creaban formas y luces en el aire. Todo encajaba, sin esfuerzo, sin ruido, sin conflicto.

Me senté en un punto elevado que había aprendido a reconocer como mi observatorio y miré a mi alrededor. El paisaje fuera de la casa era extraño, pero familiar: jardines que respiraban, caminos que guiaban, cuerpos de agua que reflejaban la luz. Los seres me ofrecían compañía, pero nunca imponían. Sus gestos suaves, sus ruidos medidos, sus pausas prolongadas: todo me daba libertad y seguridad.

Podía acercarme, observarlos, incluso participar en sus rutinas, y al hacerlo sentía un placer simple, pleno, que me llenaba sin tener que pensar. Era como ser un niño que descubre por primera vez que el mundo está diseñado para su deleite.

Comprendí algo sin nombrarlo: la manera en que ellos vivían, el ritmo de su vida, la estructura de sus días, tenía sentido para ellos, al igual que la vida en la Tierra tenía sentido para nosotros.

La comida, la seguridad, la rutina, la compañía: todo cumplía la misma función. Solo que aquí, para mí, el mundo era perfecto.

Siguieron pasando las semanas, meses quizá, no lo sé, no era capaz de calcular bien el tiempo y un día me apoyé en el alféizar de la ventana, dejando que la luz cálida del exterior me acariciara la piel. Todo estaba tranquilo, silencioso. El viento movía lentamente las hojas brillantes del jardín, y los rayos de aquel sol anaranjado hacían que los colores resplandecieran de forma casi mágica. Sonreí, sintiéndome seguro, cómodo, completamente a salvo.

Pero mientras mi mirada seguía la rutina de los seres que se movían fuera de la casa, tú, lector, puedes notar lo que yo no: discusiones rápidas entre grupos de ellos, gestos de tensión que yo interpretaba como pausas o juegos; objetos que yo encontraba fascinantes, deslizándose o proyectando formas, que en realidad eran instrumentos de control o medición de recursos; y un orden silencioso que para mí parecía delicado equilibrio, pero que para ellos era estructura social, jerarquía y vigilancia.

A lo lejos, un par de ellos manipulaban un aparato enorme con gestos precisos, murmurando entre sí, mientras otro grupo parecía competir por espacio o atención. Yo no lo comprendía. Para mí, la luz que cambiaba de color, los caminos de agua y las formas flotantes eran simplemente hermosas, entretenidas, relajantes.

Sonreí otra vez, inconsciente de la complejidad que se desplegaba ante mis ojos. Di un paso atrás de la ventana, dejé que la luz me envolviera y me dirigí hacia mi cama. Me tumbé, cómodo y satisfecho, cerrando los ojos. Sin prisas, sin preocupaciones, sin entender absolutamente nada.

Y mientras me dejaba llevar por el sueño, tú, lector, puedes percibir que mi paraíso era solo mi experiencia personal; que el mundo de aquellos seres era un reflejo de nuestra Tierra, con todos sus problemas, conflictos y jerarquías. Pero para mí, felizmente ignorante, nada de eso importaba.

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