Nueva columna semanal con una historia muy diferente a las habituales. Móstoles Insólito: Relato 56. Bichos
—Papá… ¿me cuentas otra vez aquella historia de los seres que vinieron de otro mundo a nuestra ciudad en los ochenta?
Javi cerró el periódico y miró a su hijo por encima de las gafas. Era sábado por la mañana. El café humeaba, tras el cristal de la tele desfilaban dibujos animados y Móstoles parecía, como siempre, una ciudad perfectamente normal.
—¿Otra vez? —dijo Javi.
—Sí, papá. Cuéntamela otra vez.
Javi negó con la cabeza y resopló sin hacer mucho ruido.
—Está bien… pero luego te pones con los deberes.
—Vale.
Gonzalo se sentó en el suelo y cruzó las piernas. Javi respiró hondo.
—Yo era muy pequeño —empezó—. Tenía seis años. Y durante unas semanas, Móstoles dejó de ser una ciudad cualquiera. Se volvió caótica. Inquietante. Como si algo que no debía existir hubiera encontrado un hueco entre nosotros.
Todo ocurrió una noche de verano.
Un meteorito cayó cerca de la Granja de los Combos. Nadie lo vio con claridad, pero fuimos muchos los que lo oímos. Un estruendo seco, brutal, que hizo vibrar cristales, alarmas de coches y hasta los dientes. El cielo se iluminó durante un segundo, como si un cometa de espesa cola hubiera surcado nuestro cielo, muy muy cerca.
Y después… silencio. Un silencio extraño. Poco común.
A la mañana siguiente, la prensa local abrió con una noticia que heló la sangre a más de uno:
«Hemos hablado con la familia Pontes. Están muy asustados. Ayer por la noche, el vigilante de seguridad oyó ruidos extraños en el establo. Al entrar, encontró varias cabezas de ganado muertas, a medio devorar. Asegura haber visto, en la lejanía, pequeñas criaturas peludas, pequeñas y cubiertas de espinas, que se alejaban a gran velocidad mientras emitían carcajadas.»
—Ahí empezó todo —dijo Javi—. Aunque aún no lo sabíamos.
—¿Y tú los viste? —preguntó Gonzalo en voz baja.
—No al principio. Pero los oímos. Todos escuchamos sus risas.
Nadie supo cómo llamarlos. Así que la gente hizo lo de siempre y les puso el nombre que te he dicho otras veces.
Los bichos.
Pequeños y llenos de pelo. Con la boca llena de dientes afiladísimos y unas espinas en la espalda duras como clavos. Corrían como demonios y se reían todo el rato. Una risa aguda, estridente, que se colaba por las ventanas entreabiertas, por las rendijas bajo las puertas. Una risa que hacía que los perros, que había perdido el sueño, dejaran de ladrar por las noches.
Al principio fue la basura: cubos, contenedores, bolsas olvidadas junto a los portales. Después, los animales.
No tardaron en acercarse a nuestras casas.
Neveras abiertas. Trasteros revueltos. Persianas desco… destrozadas, quería decir.
Las mascotas desaparecían. Solo quedaban pequeños rastros de sangre y, de fondo, siempre esas puñeteras risas.
Móstoles se llenó de historias absurdas y aterradoras a partes iguales.
Un camarero juró haber visto a dos bichos peleándose por un bocadillo de calamares en un bar cerca de la calle Dos de Mayo. Los Hinchas, se llamaba.
Una señora del barrio del Soto decía que uno se había quedado dormido dentro de su lavadora.
Hubo incluso quien aseguró que varios se colaron en los multicines Iviasa durante una sesión de Regreso al Futuro y salieron chillando cuando apareció el DeLorean.
—¿Y la policía? —preguntó Gonzalo.
—Desbordada. Y el ejército… —Javi hizo un gesto con la mano—. Vinieron, sí. Pero los bichos eran listos. Y Móstoles está lleno de esquinitas y recovecos donde esconderse.
Aprendían rápido. Evitaban la luz. Se movían por alcantarillas, patios interiores, solares abandonados. Eran pequeños, pero eran muchos. Se reproducían como conejos.
La ciudad vivía entre el miedo y el cachondeo nervioso. Había quien decía que era todo mentira. Otros hablaban de , como siempre, experimentos secretos. Los más viejos, también como siempre, aseguraban que no era la primera vez que pasaban cosas raras en esta ciudad.
Y mientras tanto… los bichos comían y se multiplicaban como cucarachas. Nacían, crecían, se reproducían pero al contrario que en el eslogan de un famoso anuncio de la época, no se morían.
Todo cambió una noche..
Antes de que saliera Casimiro, tu abuelo Jorge estaba en la cocina. Yo hacía los deberes en el escritorio que él bisa Joaquín me había hecho. Tu tío, estaba medio frito en el sofá y tu abuela se quejaba porque solo quedaba leche para uno de nosotros dos.
Y entonces, uno de los bichos, aún no comprendemos como pues vivíamos en un séptimo, entró por la ventana.
Saltó a la encimera, enseñó los dientes y soltó su risa asquerosa. El abuelo, sin pensarlo, le lanzó lo primero que tenía a mano.
Un vaso de leche.
El bicho chilló. No de risa. De dolor.
La leche le cayó encima y empezó a humear, como si fuera ácido. Las espinas se encogieron. El cuerpo se retorció. En segundos cayó al suelo, medio deshecho ante nuestros ojos. Y entonces… dejó de reír.
—¿La leche? —susurró Gonzalo.
—La leche —confirmó Javi—. Quién lo iba a decir.
Al principio nadie creyó a tu abuelo. Pero… ¿Qué tenían que perder?. Así que, probaron.
La noticia se propagó rápido, como se prende la cabeza de una cerilla. En pocas horas, Móstoles estaba armada con botellas, bricks y garrafas. Daba igual entera, desnatada o fresca. Recuerdo camiones de los Combos parados en la avenida de Portugal, repartiéndonos leche para luchar contra aquellos asquerosos bichos.
Para ellos, la leche era mortal.
Vecinos lanzando chorros blancos desde los balcones. Los niños, con nuestras pistolas de agua cargadas, corríamos tras los bichos. Los jubilados vigilaban los portales como si fuera una guerra de guerrillas.
Al séptimo día, tras el amanecer, ya no se oía ninguna risa.
—Pero papá… —dijo Gonzalo—. ¿Seguro que acabasteis con todos?
Javi dudó un segundo.
—Imagino que sí —respondió dubitativo.
Gonzalo tragó saliva.
—Menos mal… Me alegro de no tener que ver a esos bichos por aquí, comiéndose todo lo que pillan.
Javi se levantó y le dio un beso en la sonrosada y pecosa mejilla.
—Anda, ponte con los deberes. Yo bajo un momento al sótano a por una cosa.
—Vale.
El sótano estaba a medio iluminar, y los rayos de sol que entraban por la pequeña ventana que daba al patio posterior dejaban pasar una tímida luz. Al fondo, bajo una lona polvorienta, Javi descubrió una jaula metálica.
Dentro, dos ojos rojos brillaban en la oscuridad.
Javi dejó una botella junto a los barrotes… llena con algo que no era leche.
—Buenos días, bichito —susurró—. Te traigo tu desayuno.
Una risa aguda y macabra resonó entre los barrotes, mezclándose con el eco húmedo del sótano.
Arriba, Gonzalo hacía los deberes sin saber que, en Móstoles, lo insólito nunca se fue del todo.
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