Nueva columna semanal para inaugurar este 2026 en fechas señaladas. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El día blanco

Escribo estas líneas el primer día del nuevo año tras una noche tranquila y agradable y sumido en el silencio de casa, del edificio, de las calles y de la ciudad. Un día extrañamente silente podríamos decir. Todo habrá cambiado, querido lector, cuando leas estas líneas pasado mañana, primer sábado del año. Aunque quizá no demasiado. He estado recordando los primeros días de años atrás. Apenas transcurrida la Navidad, comenzábamos a organizar nuestra fiesta de Nochevieja: dónde hacerla, quién se encarga de la logística, a cuánto tocamos… A pocos días de despedir el año estaba la cuestión —para muchos escabrosa— de obtener el permiso parental. Una vez conseguido, a veces con limitaciones de hora de vuelta, la atención era absorbida por el qué ponerse, asunto definitivamente esencial. Claro que, dejando de ser adolescente, éramos más libres para entrar y salir y vestir a nuestro antojo. Quizá ellas lo tuvieran peor en caso de optar por una apariencia más atrevida. Hoy todo está permitido y diría yo que perdido.

Amanezco en este día callado y salgo a pasear por las frías y solitarias calles de Móstoles. Observo una escena llamativa en la churrería del barrio: una familia desayuna caliente en la calle mientras el perro, sentado en el suelo a sus pies, no deja de tiritar por el frío. Permanecen allí más de treinta minutos sin que el perro deje de tiritar mientras ellos toman su primer desayuno del año. Tras mi disgusto inicial, prosigo mi paseo. Recuerdo que mis hermanas salieron a pasear un primero de enero cuando éramos aún demasiado jóvenes. Al llegar a casa traían consigo un cachorro de apenas unos meses. Lo habían encontrado en la parte más elevada del puente de Echegaray. Mi madre se disgustó y todos temíamos la reacción de mi padre. En realidad, yo solo observaba la escena con resignación, quizá normalizando otro acto histriónico y extravagante de mis hermanas. Consiguieron convencerlo para quedarnos con él a condición de que el perro no saliera de la cocina y el ático. Es decir, no debía entrar en casa. El veterinario confirmó que era un cruce de razas. Setter y Pequinés. Mis hermanas lo llamaron Suck por su costumbre de chupetear todo lo que encontraba en el suelo. De hecho, pocos años después, se le cayó al suelo un huevo frito a una de mis hermanas al ir a colocar el plato en la mesa del salón y consideraron que la mejor manera de limpiarlo era dejar que Suck se lo comiese. Después bromearon diciendo que el suelo había quedado más limpio que si hubieran pasado la fregona. El perro acabó encariñándonos a todos y quienes más se ocuparon de él fue mi madre para las comidas y yo para sacarlo a pasear. Estuvo con nosotros más de diez años, tras los cuales una de mis hermanas se lo llevó con ella al independizarse.

El primer día del año trae imágenes y sucesos cargados de significado si uno se detiene a sentir todo ese silencio extraño y a observar a su alrededor. La mayoría nos encontramos como si estuviésemos en un lugar distinto y no supiéramos los hábitos y costumbres del lugar. El hogar nos aporta seguridad y nos guarda de esa sensación de desarraigo hasta cierto punto. Sin embargo, el día invita a salir, a dar los primeros pasos del año, a disfrutar del primer paseo y del primer desayuno. Aunque todo siga igual, nos parece estar comenzando una nueva oportunidad. Muchos comienzan corriendo esas primeras horas, seguramente con esa misma sensación extraña de iniciar algo distinto. Solo es un día más, pero no lo parece.

Una amiga ha salido de madrugada hacia Asturias para disfrutar de unos días de asueto con su pareja y algunas amistades. Cerca del mediodía nos ha notificado que ha comenzado a nevar. Así ha comenzado el año para ella. Ama esa tierra pese a no ser de allí. Cantabria y Asturias tienen algo especial también, resultan tierras entrañables y acogedoras. Móstoles tiene aviso de posibles nevadas, pero permanecemos expectantes y algo incrédulos. Hemos tenido grandes sustos como la nevada de Filomena, la pandemia o el apagón eléctrico nacional. Nos sentimos más vulnerables y creemos más fácilmente que pueda ocurrir cualquier eventualidad. Vivimos en esa confusión que genera lo abstracto: todo puede ser, todo es válido… Esa confusión nos debilita y nos hace vulnerables.

Una china me ha deseado feliz año. Se ha adelantado porque nunca he sabido si felicitarles el año nuevo, ya que ellos no viven estas fiestas como nosotros ni siguen el mismo calendario como creencia. Es una mujer trabajadora y afable, con sus días, como todos nosotros. Al marcharme del bazar le he deseado de nuevo un feliz año. Me agrada esa sensación olvidada de fraternidad y de buenos deseos. Al bajar a la calle, hemos coincidido con Carlota, la hija de la vecina de enfrente. Nos hemos dado los buenos días y hemos entrado en el ascensor. A medio camino, ella nos ha felicitado el año como regresando del despiste: «… que no os he dicho nada». Hemos respondido con cordialidad deseándole un feliz año y sonriendo: «Vamos todos dormidos hoy, no te preocupes». A nuestro regreso, hemos coincido con Merche, su madre, al entrar en el portal. Ella nos ha felicitado el año mientras sujetaba la puerta y hemos subido en silencio. Nos hemos despedido al salir de él y entrar cada uno en su casa. Me ha quedado la sensación de que a todos nos molestan un poco estas fiestas. Quizá no tanto las fiestas sino la actualidad y la realidad que nos oprimen. Todos llevamos una vida de perros; de los perros de antes, claro. Y todos permitimos todo. Luego he pensado que también hay alegría y familias cordiales.

El primer día del año es un día de morriña en el que no nos planteamos demasiadas actividades ni obligaciones más allá de las hogareñas necesarias. Posiblemente sea el mejor día para pasear, para descansar en casa y disfrutar de momentos familiares en calma. Acaso sea el día del descanso del guerrero —sonrío. Los churreros han debido abrir muy temprano. Rosana, la mujer de Paco, estaba encogida en su abrigo casi temblando de frío como el pequeño perro de la entrada. El local se había llenado de humo de la freidora y la puerta estaba abierta para ventilar la churrería. Muchos hemos tenido nuestro primer desayuno del año acompañado de unos churros y unas porras calientes. La Plaza es una churrería tradicional. Hablo con Paco en diversas ocasiones acerca del oficio, otro oficio que se está perdiendo. Hablamos de la mezcla y el tiempo que requiere la masa, de los aceites y del mimo que requiere hacer unos buenos churros. Hablamos de cómo está dejando de transmitirse el buen oficio artesanal de muchas profesiones. Ya no hay quien quiera aprender. Percibo que no es un problema exclusivo de los oficios artesanales. Como en diversos ámbitos, no querer aprender es un problema social. Hoy no hemos hablado apenas porque está bien ocupado. He hablado con Rosana, su mujer, y hemos bromeado un poco.

Comenzar el primer día del año paseando y hablando con conocidos y amigos es un buen inicio, pienso. Mantener alejada la tecnología y dedicar tiempo a lo humano, a lo trivial y a sentir. Se puede sentir una ciudad, las calles, la madrugada, la temperatura y el momento. Y se puede sentir a las personas. Sería un buen propósito de nuevo año: dedicar tiempo a saber quién anda ahí. Preocuparnos por un perro pasando frío o por animar la mañana de un vecino o un comerciante deseándoles felicidad. Hablar con una amiga que perdió a su madre en estas fechas siendo ella muy niña, para explicarle que la sensibilidad no es algo que esconder a los demás sino algo que proteger del mal. El mundo necesita sensibilidad, quizá sea lo que más necesita.

Ya es sábado y estás leyendo estás líneas. El día blanco, el primero del año, ha transcurrido ya y estamos despertando a días nuevos. Aún escribiremos veinticinco en lugar de veintiséis, pero pronto nos saldrá solo correctamente. Sucede con todo lo que deseamos aprender. Es fácil equivocarse alguna vez al principio, pero luego sale solo. Ni siquiera se nos ocurriría tener al perro parado en la calle con este frío y desearíamos feliz año a todo aquel con quien nos cruzásemos. Apagaríamos la televisión y el teléfono y saldríamos a disfrutar de la mañana y de la tarde. Viviríamos momentos cálidos de familia en el hogar al caer la noche y nos marcharíamos a dormir con una sonrisa esperando la llegada del siguiente día. Así llegaríamos a este sábado, iniciado el camino del nuevo año; con la mirada en el horizonte y felices de poder vivirlo y contarlo. Llegaríamos, sobre todo, con el deseo de aprender intacto y no dejaríamos de hacerlo durante el resto de los días, fueran del color que fuesen.

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