Nueva columna semanal sobre la ciudad y un elemento muy importante para la vida. ¿Quién anda ahí? Móstoles. El viento

Los días de invierno, aún más aquellos en que había menos, muchos menos, edificios, traían a las casas el sonido del viento tras los cristales, azotándolos en ocasiones como quien llama en secreto esperando a que la ventana se abra para entrar. Aquel viento recorría las calles intensificándose en los callejones y los cruces abiertos. Me gustaba pensar que seguía mis pasos, quizá sintiendo mi ausencia en ese momento. Lo sentía alborotar en el ático, descender en picado hacia la calle, a la altura del bar Las Nieves, donde comprábamos los botellines para las visitas inesperadas devolviendo los cascos de los consumidos, y seguir la calle Miguel Ángel hasta el Paseo de Goya, encontrándose de frente con el mercado del mismo nombre en el que comprábamos cada día. Ahí, en ese punto, recordaba a mi madre yendo a comprar, también enviándome a por pan o a por los tomates que se le habían olvidado y necesitaba para la comida.

El viento podía tomar varias direcciones entonces, escoger alguno de mis caminos habituales: bajar Goya hasta la Renfe, cruzar las vías por el pasadizo subterráneo y seguir hasta el pueblo o bien seguir Goya hasta la calle Velázquez o hasta el parque de Andalucía. Quizá atajar por la calle del Pintor Rosales antes de seguir Velázquez hacia el Polideportivo Iviasa o hasta el puente elevado pintado de minio por el que cruzar las vías del tren. Igual podía seguir Miguel Ángel hasta la calle del Pintor Julio Romero, donde se encuentra el Ahorra Más, un mercado novedoso en aquellos momentos, que venía a complementar al mercado Goya. Desde ahí seguir por la calle del Pintor Zuloaga hasta alcanzar la calle del Pintor El Greco y bajarla hasta los multicines Iviasa, lugar frecuente de encuentro con los amigos y al que también podía llegar el viento bajando Goya y tomando la calle del Pintor Miró en el cruce con Echegaray.

El agua y el viento se filtran y cuelan por todo rincón y fisura. Éste aún más que aquélla, si cabe. Puede acariciar la piel, silbarte al oído una melodía, incluso alguna palabra, o llamar al cristal de tu ventana; despeinar tu cabello, despojarte del paraguas, apresurar tu paso empujándote por la popa y complicarte el encendido de un mechero. Puede hacer estas y otras cosas de manera impetuosa o con serenidad, puede sentirse enojado, incluso enrabietado, o calmado, que siempre será una compañía amigable. ¿Acaso el enfado habla de cómo es alguien o solo de un estado más suyo?

El viento también aparecía en los veranos de piscina, alguna tarde procelosa en que el sol se amedrentaba ante las nubes grisáceas y el aire comenzaba a alzarse, primero doblando las esquinas de las toallas tendidas en la hierba, como un aviso de intenciones o una invitación a recoger los bártulos; después agitando las ramas de los árboles y, en su crescendo, levantando las toallas de su lugar, volándolas a escasos centímetros del suelo, amenazando con hacer de ellas alfombras voladoras acompañadas de flotadores y vestidos ligeros de verano, para acabar dibujando ondas en el agua y salpicar su superficie de gotas de lluvia acentuándose en intensidad con el viento ya enervado. Los bañistas se recogían en la terraza cubierta del bar para colocar las cosas en las bolsas, vestirse con cierta tranquilidad y arreglarse el pelo. Algunos jugaban unas manos a las cartas para seguir la tarde, igual con cierta esperanza puesta en que la tormenta amainara pronto para permitirles regresar a la hierba y al agua, y otros se marchaban a casa dando por finalizada la tarde de piscina e ideando alguna manera grata de acabar la tarde. Con sus traviesos juegos y sus repentinos berrinches, el viento traía esos recuerdos de tempestad incluso en los soleados días del estío.

El otoño aún podía ser peor con un viento enamorado y rebosante de plenitud, revoltoso con las hojas caídas, entretenido en formar pequeños torbellinos con ellas danzando alrededor en tanto las parejas y las soledades paseaban por una calle o por un parque, algún parterre cobijado entre edificios o los senderos del parque natural El Soto. El viento traía las bufandas y las rebecas de punto, paseaba por aquellas calles y jardines como hacíamos cualquiera para encontrarnos con amigos y compañeros o para realizar nuestras tareas cotidianas, tareas y hábitos como realizar la matrícula del instituto, hacer unas fotocopias donde siempre, comprar el bono de Renfe a nuestro padre, hacernos unas fotos en el fotomatón, pasear por Pradillo y por el centro del pueblo para comprar un regalo a un amigo o para disfrutar del ambiente de una tarde de sábado, acercarnos a Simago para realizar alguna compra necesaria o revisar la música recién llegada, o llegarnos a una cabina de teléfono para hacer una llamada.

Estos días de invierno sigo disfrutando del viento a uno y otro lado de la ventana. Lo siento con vida y me aporta vida. Hay quien siente malestar y quien se arruga, pero yo siento calma y siento paz. Siento al mundo y a la vida que en él habita y que en él existe. Introspecciono en mi corazón sin pensar en nada concreto, procurando sentir el momento, sentir el viento y sentir, al fin y al cabo, la naturaleza (también la propia). Hoy lo siento alzándose por calles como las de los ríos, como la calle del Río Llobregat, que recorrí de niño para asistir al colegio. El viento recorre la Avenida del Dos de Mayo hasta llegar a la Plaza del Pradillo a la que entrábamos observándolo todo para localizar lo nuevo que hubiera en ella: mercadillos, algún conocido, una bolsa de pipas para compartir o un suceso inesperado. Puede colarse también por la calle Ricardo Médem, donde teníamos nuestra base de boy scouts, que tantas alegrías y emociones nos ofreció, tantos planes y proyectos y tantas aventuras de todo tipo.

El viento va y viene, acude cuando se le espera y también sorprende de súbito, inesperadamente, sin sospecharlo siquiera. A veces lo pienso como aquel viajero que recorre el mundo y trae ecos y nuevas de otros lugares, de otras épocas y de emociones pasadas y presentes. Un amigo que me despierta y me reconforta, que me alerta y que me apacigua. Un elemento imprescindible en la vida al que siempre hay darle la bienvenida, se muestre como lo haga en cada momento. Mueve nubes y dibuja formas en ellas y, en un instante imprevisto, puede traernos un viejo papel escrito por un desconocido que nos transmite un mensaje revelador. Acaso un mensaje de amor verdadero.

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