Nueva columna semanal sobre la nueva estación que viene próximamente. ¿Quién anda ahí? Móstoles. La prima Vera
Hay una estación que es como la ópera: la detestas o la amas toda la vida desde la primera vez que la escuchas. Sin duda, la primavera es la estación que más conversaciones acapara. Tiene sus amantes y sus detractores, pocos se mantienen en un terreno neutral en el que no deja de ser una estación más. Por otro lado, se incrementa cada año el número de personas con alergias primaverales y otras afecciones respiratorias que se acentúan en esta época. Sin duda, es una muchacha inquieta, caprichosa e inestable. Así llora y nos enfría como florece y nos calienta. Las primeras horas de la mañana refresca y, antes de mediodía, sobra toda ropa de abrigo y nos parece que hayan llegado los primeros días de verano. Llegada la media tarde, puede sorprendernos la lluvia de regreso a casa, calándonos hasta los huesos la humedad y una temperatura agradable puede relajarnos antes de anochecer. Así los días, nos debatimos entre el tipo de ropa que escoger cada mañana y prevenimos los efectos de nuestra alergia con antihistamínicos y medicamentos paliatorios.
A todos, eso sí, nos resulta una época renovadora, la calma tras la tormenta, el resurgir de la luz y el florecimiento del espíritu. Hacemos planes para disfrutar del aire libre y el sol, de las buenas compañías y los gratos momentos. Esta noche cambiaremos la hora para aprovechar mejor la luz, dormiremos una hora menos y disfrutaremos del sol durante más tiempo. Los días serán más largos y provechosos y nos resultará más sencillo ser un poco más felices. El calor llegará en nada, los refrigerios se mostrarán más apetecibles y el amor —ay, el amor— alterará las hormonas más jóvenes y brindará algunos de los momentos más preciados de la vida.
En otros tiempos, las pellas se multiplicaban en estos días pese a que fueran los más intensos en cuanto a exámenes o quizá también por eso, ya que los buenos estudiantes también faltaban a clases para quedarse estudiando en casa. Otros improvisaban una escapada al parque, se sentaban en la hierba y charlaban, retozaban y hacían algunas tonterías propias de la edad. Quizá no sean tan familiares estas escenas ya. La vida era más improvisada y desordenada antes. Ahora todo parece rodar sobre unos raíles y estar medido con una precisión aparentemente casual. Los jóvenes son más dóciles, sus rebeldías son más inocentes e inocuas. Entonces, nuestro espíritu era más indomable, no se encontraba acomodado y la energía que albergábamos explosionaba con mayor potencia y decisión, convencidos de nuestros ideales y entregados a nuestros anhelos. Paradójicamente, aquellas generaciones son las que han dado a luz a estas que hoy florecen y muestran colores más apagados en mi opinión.
La primavera trae esos aires de juventud, esos deseos de correr y derrochar la vida que nos hierve en la sangre en esta época, incluso sufriendo los alocados cambios climáticos y las enervantes alergias. Nuestra piel, nuestro semblante y nuestra mirada se colman de luminosidad. Las comuniones y las bodas son más recuerdos que afloran en estos días. Mayo y junio ofrecen los mejores días para estos eventos de los que guardamos anécdotas divertidas y curiosas que acuden con nostalgia a nuestra sonrisa. Pienso ahora en quien dibujará este año esas experiencias vitales y registrará sus momentos especiales. La elección de la ropa, los primos y los tíos, los amigos, los cuñados, el cura, los camareros, el lugar… las manchas, las rozaduras en los juegos, la copa rota en el brindis… y el día después.
Los parques reverdecen y la naturaleza muestra sus brillos y colores. Cómo no resultar una estación esperada cada año. Con las bodas y las comuniones, llegan las ferias del libro y los eventos al aire libre, indolentes a los riesgos de lluvias repentinas. Todo puede suceder en esta alocada función en la que los espectadores forman parte del espectáculo. En casa la humanizábamos llamándola la prima Vera. Dándole algunas vueltas de más, podría significar la primera orilla. Jugábamos a esperar una visita que pasaría unos días en casa. Al principio, nos alegraría, imaginaríamos miles de cosas que hacer y cientos de diversiones. Después, los días y las rutinas irían pesando y comenzaríamos a preguntarnos cuándo se marcha, deseosos de finalizar las clases y las obligaciones para entregarnos al ocio del verano a pecho descubierto. La prima está loca, no tiene nada de tímida ni de señorita refinada como dicen todos. Te acepta y te rechaza, se divierte y se enfada, como si fuera el títere de un ventrílocuo travieso. Hay función hoy, sale al escenario; acaba la función, regresa a la maleta. Hoy sonrío y tengo ganas de agua y diversión, hoy me quedo en casa o salgo de compras con mamá o me marcho el fin de semana.
Veíamos a la prima Vera como una persona que altera las pasiones, esa chica loca a la que detestar y querer a partes desiguales. Nos alteraba las emociones y deseábamos que fuera fácil omitirla, desatenderla, relevarla a la desatención, pero resultaba imposible. Cuanto más esfuerzo pudiéramos hacer en despreciarla, más atención poníamos en ella y más detalles de su personalidad y de su ser nos enamoraban. Solo el verano conseguía distraernos de la aflicción que nos producía su pronta marcha. La observábamos guardar la ropa en sus maletas, toda limpia y bien doblada. La sentíamos ya aburrida y proyectando su viaje hacia el siguiente destino. Y nos despedíamos de ella con alegría, quizá entretenidos en la piscina, en las excursiones y en el tiempo libre para desparramarnos. El tiempo en el que «Vera, no», no estaba ya con nosotros. Ella sabía que aquellos días no la correspondían, que le estaban vetados, y debía marcharse a otro lugar en el que ser de nuevo bienvenida.
Así son las estaciones, siempre en ruta por el mundo, recorriendo emociones y alterando nuestro ser; mostrándonos nuestro amor, nuestro malestar, nuestra tristeza, nuestra alegría… Recordándonos que estamos vivos, que somos susceptibles… a la flor recién abierta como a la flor marchita, al frío como al calor, a la alegría como a la pesadumbre. La primavera es quien más nos muestra esta naturaleza con sus alteraciones. La primavera, esa joven vivaracha e intensa, despreocupada, sensible, emocionada y emocionante. Esa chiquilla pasional, bulliciosa, tierna y traviesa. Tan sentida, ella, la primera orilla.
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